RETRATO

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No puedo imaginar un día sin ese retrato. Es sutil, tímido, personal; maquiavélico, incluso. Pintado por algún ególatra y vendido al mejor postor. Contemplado por lo que queda de un ser sin nombre, una sombra del desamparo. Fue creado por un pincel melancólico movido por una muñeca dolorida. Cada día, sus colores parecen adaptarse a las circunstancias: unos días, fríos; otros, cálidos.

Día tras día, al levantarme, observo detenidamente cada tramo de su lienzo decorado y pienso: "¿Por qué decidió pintar eso? ¿Qué pretendía expresar?". Un aura mística rodea el marco. Miradas acusadoras, distantes y oscuras intentan evadirme de la realidad. Y no hay mejor autor que esa misma realidad. Pues cada gesto es imitado, sin quererlo, por la asquerosa marioneta pintada en el cuadro. No es más que el retrato de un animal miserable, si es que puede considerársele animal.

Los escombros de un mundo distante descansan a la espalda del personaje. Trato de imaginarme su vida, la esencia del paisaje desolado por la mano artista. ¿Qué querías transmitirme, pintor? ¿Qué pretendías? No es mayor la soledad del escenario que la del sentimiento mutuo. Tal vez fuera eso. Sí, tal vez fuera soledad. Un campo destruido por el paso de la figura que ahí se encuentra representada, inmóvil y con mueca de desamparo. Puede que tratara de agredirme desde el desconcierto, desde el anonimato, para acarrear en mí un desasosiego tal que ni la más feliz de las canciones pueda sanar. Mas sé que es su vida la que se haya desmoronada en aquel paisaje desconcertante. Es el paso de aquella figura la que arrebata vida y propósitos. El pueblo arde tras de él, mera carnaza de las circunstancias. Porque eres un ser despreciable, un personaje sin méritos; porque destruyes con tu veneno todo lo que una vez te amó.

Sin quererlo, en el seno de mi frustración, nace un vínculo inherente entre ese retrato y yo. La marioneta sonríe, y yo la imito. El actor jadea, y el mimo repite. Un juego insulso comienza desde que entablo contacto con el cuadro. Todo forma parte de una misma partida. Contemplo lo que pudo ser, lo que debería haber sido. Mi vida al completo se dibuja dentro de ese marco, y el actor interpreta la obra. La pintura cobra vida en esas cuatro paredes imaginarias. Y soy deleitado por la composición artística del arte. Disfruto de la vida que podría haber sido y que nunca será. Sí, contemplo, admiro. Envidio; porque soy yo, y no otro, quien contempla ese mismo cuadro cada mañana. Porque nunca podré alcanzar lo que en el retrato se halla plasmado. Las horas pasan, y el paisaje arde. Las cenizas de una vida idealizada se esparcen por las inmediaciones, cruel metáfora del espectador que la contempla.

Y en esa obra mímica, ventana de un porvenir que nunca llegará, sigue moviéndose al son del tiempo, férreo contendiente de una guerra sin fin, un personaje sin alma ni escrúpulos. ¿Cómo pudo un héroe, el protagonista de su propia obra de arte, dejarse vencer ante la desventura? ¿Quién fue capaz, en su más tranquila demora, de retratar a un derrotado? Pues no es sino alguien que lo tuvo todo y no supo poseer nada, quien se encuentra retratado en esa obra. Un ganador de miseria; una rata entre ratones. No hay peor vencedor que el derrotado; no hay peor derrota que dejarse vencer. Y sigo imitando, sin quererlo, los gestos de ese mismo vencedor.

No puedo imaginar un día sin observar ese retrato y contemplar el rostro desformado de un héroe caído. No puedo evitar, por mucho que me esfuerce, mirarme al mismo espejo cada mañana sin recordar aquella fatídica noche en la que decidí convertirme en el peor vencedor de todos.

RetratoWhere stories live. Discover now