Languidece

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Mi nombre es Lisa Andham, tengo veintiséis años y vivo en un cuarto sola. Me gano la vida como mesera en una provincia de un país de Sudamérica, Perú, el país de los Incas. Mis padres eran backpackers o mochileros, mi padre era de Estados Unidos y mi madre canadiense, y tengo vagos recuerdos de ambos. Me concibieron en Cuzco y camino de regreso a Estados Unidos, ya en el norte del Perú, pasó algo que no recuerdo por más que intento cuando me asaltan esas imágenes. Es doloroso, ya no emocionalmente sino físicamente, me duele la cabeza en esos episodios en que asaltan esos hechos difusos. Lo cierto es que una señora me recogió de una esquina, desmayada, se llamaba Marta y después de dejarme una semana en la comisaría regresó por mí al ver que me llevarían a un hogar para niños. Tenía, según me contaba, cuatro años y ella me adoptó a pesar de ser muy humilde y tener un hijo más llamado Yimy, que es mi hermano. El padre de Yimy tenía la costumbre de aparecer después de mucho tiempo, encolerizado para amenazar a mi madre adoptiva, Yimy trataba valientemente de defenderla, consiguiendo duras bofetadas de ese hombre alcoholizado. Así que mi niñez y adolescencia la pasé así, ayudando mucho en los quehaceres, jugando un ratito con Yimy como verdaderos hermanos y llamándome a mi misma Lisa Chulpa. A veces incluso salíamos y jugábamos con la pelota y otros chicos. Mi mamá Marta logró alimentarnos y darnos vestido a duras penas, y a los dieciocho años mandó a Yimy a trabajar a un taller de su tío, y dos años después, me mandó a un menú, de ayudante de cocina a una cuadra de la casa. Ahí conocí a doña Peta, una señora maciza que nunca se cansaba y que me enseñó a lavar, trapear y limpiar mesas en poco tiempo.

Aunque era poco lo que ganábamos, todo parecía mejorar pues entonces teníamos tres ingresos para la casa. Hasta ese día en que llegamos Yimy y yo de regreso y vimos a mamá tendida en el suelo. Mi hermano, en su desesperación, salió corriendo a la calle, por mi parte me acerqué a verla, si tenía heridas y pude ver que había un golpe en la parte de la nuca, de manera instintiva tomé su muñeca. No pude dejar de soltar una lágrima, me paré firme y avancé hacia el cuarto. La cama estaba destendida, la pequeña cómoda estaba con dos cajones abiertos. Parecía que alguien había enfrentado a mi madre y habían robado algo. ¿Mi madre habría ahorrado dinero? Escuché entonces a Yimy, estaba con el señor Rodríguez, un vecino de abajo que nos tenía aprecio, sin más, cargó a mi madre y nos acomodamos en su mototaxi. El señor Rodriguez era muy diestro con su mototaxi y nos llevó a la posta de la Villa, donde estuvimos unos minutos y nos dijeron que teníamos que ir al hospital Almanzor. Subimos de nuevo, y contra la ley, porque las motos estaban prohibidas en esa zona, llegamos al hospital, el señor Rodríguez cargó a mi madre. Una vez ahí, un doctor de emergencia le revisó, dio órdenes a un par de enfermeras y llamó otro doctor. Mi hermano preguntaba si estaba bien pero nadie respondía. Unos quince minutos después, el doctor dijo que mi madre había llegado ya sin pulso, que habían tratado de reanimarla pero había sido muy tarde.

Esa noche, ni Yimy ni yo pudimos dormir, nuestra madre había muerto con apenas cincuenta y seis años, y no teníamos idea de qué íbamos a hacer.

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⏰ Última actualización: Nov 12, 2017 ⏰

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Lisa Andham. El éxodo es personal.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora