I.Entre humanos

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Año 2037

Nadie tenía permiso para salir de casa antes de las seis de la mañana, las reglas eran muy claras al respecto. Por eso, una hora antes, Ferdynand Zieliñski aprovechaba para escapar y pasear por la solitaria y triste ciudad. A esa hora no se escuchaba nada más que el rechinar de las máquinas congregadas en el centro, y el tic-toc incesante de los relojes flotantes con los que contaba cada colonia. Existía un sitio en particular que le gustaba visitar: una vieja tienda de discos que nadie podía escuchar ya y que había sobrevivido al cataclismo por puro milagro. Ya desde antes de la invasión los discos se habían convertido en un gusto adquirido, habían estado a punto de ser reliquias, desplazados por lo digital, así que parecían tener una doble connotación nostálgica. Se refugiaba ahí y contemplaba las portadas, leía los títulos de las canciones; a veces imaginaba cómo sonaba cada una, lo que decían, si acaso habrían sido un éxito o no. Quince minutos antes de las seis, volvía a su casa, sintiéndose satisfecho por haber burlado a las máquinas un día más. Seguiría haciéndolo mientras sus poderes no se debilitaran, mientras los usara con cautela.

Ferdynand era un mutante, la amenaza más terrible para las máquinas, pero había sabido mantener sus poderes a raya para no ser descubierto. Podría haberse unido a cualquier alianza rebelde que existiera en la zona, pero desde la muerte de su compañero Clayton no había querido estar con ningún otro grupo de choque y se había dedicado a mantener un bajo perfil, mezclándose entre los humanos. Había sido sencillo porque su poder, la invisibilidad, no era fácil de detectar. Vivía en el límite de la ilegalidad, consiguiendo identificaciones falsas cada tanto para cambiar de zonas y cambiar su edad. Las máquinas te obligaban a emparejarte a los veinte años, y para los treinta ya debías haber procreado tres veces. Era obligatorio. En los documentos actuales de Ferdynand aparecía el nombre Bogdan Kava y se indicaba que tenía dieciocho años, cuando en realidad estaba rozando los veintitrés.

Ningún humano sobrevivía más allá de los cuarenta años, pero la raza no se extinguía porque las máquinas alentaban la procreación. Si las parejas asignadas no lograban tener los tres hijos reglamentarios, su esperanza de vida era aún menor. Una vez que el último niño de la familia cumplía los diez años, la familia era disgregada: los padres iban a las granjas de las máquinas a cumplir con su misión de vida en un último sacrificio de sangre y carne, y los hijos eran desperdigados por zonas aleatorias de la ciudad, condenados a sobrevivir con compañeros de su misma edad también recientemente separados de sus padres, y desde esa edad eran asignados a granjas creadas para generar alimentos nutritivos para ellos mismos; las máquinas necesitaban sangre sana.

Los mutantes, en cambio, eran cazados y repudiados por las máquinas. Su sangre no servía como combustible vital, para las máquinas era una sangre enferma y por tanto, innecesaria. Así, los mutantes se habían convertido al mismo tiempo en el último bastión de esperanza de la humanidad, los únicos capaces de volver el mundo a la normalidad, y la guerra por la misma llevaba ya varios sangrientos y terribles años.

Ferdynand había sido separado de su familia cuando tenía once, cuando empezó el verdadero cataclismo, un año después de que las máquinas descubrieran el poder de la sangre humana como combustible, y no había pasado las pruebas médicas. Se había salvado en el último minuto gracias a Clayton y desde entonces, su vida había sido un constante escape. No se sentía capaz, además, de ser un héroe para nadie. No se enfrentaba a las máquinas, solo huía de ellas en un loop interminable, moviéndose entre las zonas de Livohka y Litis, antes territorios de Polonia, Lituania y Letonia.

Volvió a su casa asignada, a la que entró por la ventanilla mal clavada del sótano; siempre ponía mucho cuidado en que no hubiera ningún Vigilante rondando por la zona que viera cómo se movía la ventanilla por la que se deslizaba. Cada movimiento debía ser premeditado y preciso, aun siendo invisible. Una vez adentro también debía tener cuidado de no despertar a sus compañeros; ninguno de ellos sabía que convivía con un mutante y era mejor así. Había humanos que habían aceptado el poderío de las máquinas no solo de forma estoica, sino con un clamor fanático, como la llegada de un mesías o el cumplimiento de un destino que habían esperado toda su vida sin saberlo. Esas ideas que habían empezado desde el principio de la guerra y que se habían enraizado durante el cataclismo, habían sido transmitidas de padres a hijos, y había muchos jóvenes que se entregaban libremente a las máquinas convencidos de que cumplían un propósito elevado.

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