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EL SUEÑO

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El crujir del piso de madera me despertó. Percibí un aroma, que no pude identificar. Traté de abrir los ojos, pero no pude. No podía moverme. Me puse nerviosa. Mi corazón latía tan fuerte que creí que iba explotar, comencé a temblar y una gota de sudor frío se deslizó por mi espalda. La cama se levantó bruscamente y bajó estrepitosamente, luego se corrió de un lado hacia otro. Fue entonces cuando me envolvió una sensación de no estar sola. Experimenté por primera vez lo que es tener miedo. Lloraba de la impotencia al no poder gritar, ni decir una palabra. Mis lágrimas se derramaban por mis mejillas. Escuchaba como se abrían y cerraban los cajones de mi cómoda, y se deslizaban las puertas del placar violentamente. Comencé a tener mucho miedo de lo que podría pasarme. En cuestión de segundos, que parecieron horas, los sonidos acabaron. Todas las sensaciones que experimenté se fueron diluyendo. Escuché como el ruido del piso de madera disminuía y se alejaba de mí. La tranquilidad invadió mi cuerpo. Me senté en la orilla de la cama porque ya podía moverme y vi la hora, eran las 03:33 AM, la hora del tiempo muerto, según mi abuela, tiempo donde suceden cosas paranormales. Al encender la luz y levantarme pensé que algo o alguien había entrado a mi casa. Agarré una zapatilla, que estaba debajo de mi cama para defenderme y me paré muy lentamente para dirigirme hacia el living, ya que era la primera habitación que había después de mi cuarto. Al llegar, observé que todo estaba desordenado, las cosas estaban fuera de su lugar y el piso estaba cubierto de papeles, cuentas y libros de la biblioteca. Me puse nerviosa porque efectivamente había entrado una persona extraña a mi casa. La policía entrevistó al portero del edificio y a los vecinos pero ninguno vió ni escuchó nada.

Todo empeoró con el tiempo, la policía no encontró rastros de haber sido forzadas las puertas y ventanas. Mis padres no me entendían, y creían que todo había sido inventado por mí para llamar la atención. Mi hermana se burlaba de mí diciendo que estaba loca. Mis amigos dejaron de llamarme y se alejaron. En los momentos de melancolía me acordaba de mi abuela, y me transportaba a los días de mi niñez cuando ella me contaba esas historias fantásticas y llenas de misterio. La soledad se convirtió en mi mejor amiga. Al otro día del acon...

- Señorita, la sesión culminó, la veo la semana que viene.

Al poner un pie fuera del edificio me encontré con una desagradable sorpresa, frente a mí estaban mis (ex) amigos en un restaurante, compartiendo entre risas, lo que parecía, una agradable comida. Me alejé lo más pronto posible de ese panorama que causaba estragos en mi estómago, al ver la felicidad de sus caras. Esa situación me lastimó más de lo que creía. Doble la esquina y mis ojos se nublaron por las lágrimas, se me formó un nudo en la garganta, no podía decir una sola palabra por miedo a largarme a llorar en ese preciso momento. Paré en seco al no reconocer donde me encontraba, estaba perdida. Comencé a caminar sin rumbo fijo, tratando de despejar mi mente. De pronto, nuevamente me envolvió el mismo aroma que sentí aquella noche, mi vista se oscureció, mis oídos dejaron de escuchar, el corazón me latía a mil por hora, pero esa sensación de miedo ya no la tenía. Seguí esa fragancia a pasos largos, y a veces corriendo para no perderla, quería alcanzarla, quería encontrar al responsable de todo lo que me estaba pasando.

Escuchaba a lo lejos ruido de máquinas, no podía identificarlos, menos aún el murmullo de personas, sirenas, utensilios. Veía borroso, después de un par de pestañeos mi vista se fue aclarando. Pude observar que estaba acostada y conectada a una serie de apartaros como los que veía mi madre en una serie televisiva de emergencias médicas. La habitación era de color blanco con un ventanal gigante que tenía unas cortinas blancas a sus costados. Observé con atención al hombre que estaba parado a mi derecha, le calcule uno 40 años más o menos era de estura bajita, vestía una bata blanca hasta los tobillos, me veía con un semblante preocupado.

- ¿Señorita, se encuentra bien? ¿Recuerda algo de lo que le sucedió? No se preocupe, la estamos cuidando.

- ¿Cómo llegué acá? Recuerdo que estaba... ¿Pero que me pasó?

- Tuvo un accidente

- ¿¡¿Un accidente?!? ¿¡¿Pero cómo?!?

- Cálmese señorita, según algunos testigos estaba cruzando la calle mientras los autos pasaban y uno de esos impactó con usted.

Estuve internada dos semanas, dos semanas en las que ocurrieron un centenar de cosas. En resumidas cuentas esto es lo que pasó, mis padres se pelearon enfrente mío, mi hermana me culpó por todo lo que me pasó y me estaba pasando, por la economía de la casa, ya que los tratamiento y la rehabilitación que necesitaba no lo cubría el seguro, y del por qué nuestros padres se pelearon, dos semanas en las que vi un millón de caras falsas, ya que pretendían mostrar una preocupación que no está ni estuvo ahí.

En ese momento, pude percibir que el aroma seguía acompañándome, no me había dejado, pero esta vez se mezclaba con otro, de hospital.

Pero la verdad, mi vida ya no era la misma. Me di cuenta que era una carga para mi familia. No les preocupaba lo que sentía, cuales eran mis miedos, mis sentimiento o mis sueños.

Una y otra vez, cada noche que dormía tenía el mismo sueño, a la misma hora 03.33 AM donde perseguía el aroma y llegaba a un precipicio. ¿Por qué ese sueño?

Ya en mi departamento, más tranquila, me aislé de todo el mundo, mi rutina diaria era nada más que dormir y comer, a veces solo dormir. Mis padres desde que me dieron el alta no me visitaron salvo para decirme que se iban a la casa de mi tía Sofía, ya que vendieron la casa para pagar sus deudas. A mi hermana no la vi desde que me dieron de alta, hace una semana y media. Y mis amigos desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra.

Ese aroma... que no podía olvidar.

Salí a dar una vuelta cuando de pronto comenzó a seguirme una persona que no conocía. Supuse que era un hombre por la forma de sus hombros y el de su caminar. Llevaba algo en su mano derecha que no pude identificar, era algo largo como un palo. Me asusté mucho. Apresuré mi paso y él también lo hizo, llegó un momento en el que estábamos corriendo. Corrí hacia el edificio, rogaba que el portero me dejara entrar. Cuando llegué a la puerta la empujé, para suerte mía estaba abierta, la cerré lo más rápido que pude y empecé a subir las escaleras de emergencia, ya que no iba a esperar al ascensor. Miré hacia atrás para ver si había entrado y cuando vi que no me tranquilicé, pero no tanto. En vez de ir hacia mi departamento, fui hacia la azotea del edificio y me inundó nuevamente la sensación de miedo, comencé a temblar a sentir escalofríos en todo el cuerpo. La noche estaba tranquila, sin estrellas, desde donde me encontraba no se podía escuchar el ruido de la ciudad, era la noche, mi miedo y yo. Percibí ese perfume que me estuvo enloqueciendo noche tras noche y pude comprender mirando mi reloj, 03.33 AM, que no pertenezco. El aroma me llama para que lo siga. 

Gracias a todos por hacerme ausente.


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