I.
Cuando era pequeña, fui al circo con mi muñeca. A la mitad de la función, la muñeca cayó por una de las estrechas separaciones que tienen las gradas.
Sentí como mis manos comenzaban a picar, y como mi cabeza me repetía constantemente que era una idiota por soltarla.
—Está bien, cariño. Podemos comprar otra. —dijo mamá, y yo no pude hacer nada más que gritar, porque no podíamos reemplazar una muñeca solo porque se había caído. ¿Acaso si yo me pierdo me reemplazarán por alguien que no esté enferma?
Tenía muchas ganas de bajar para recogerla. Pero pensé en todos los gérmenes y las bacterias que tendría la tonta muñeca al recogerla, y con ello, las millones de enfermedades que tendría conmigo. Después y sentí como una pequeña electricidad viajaba por mi espina dorsal, generando un montón de escalofríos en mi cuerpo. ¡Qué asco!, ¡qué asco!, ¡qué asco!
Lloré tanto esa noche, que nos vimos obligados a irnos. Papá se veía enojado, a él le gustan mucho los payasos y los números de los trapecistas, y antes de que se hubiese caído la muñeca había comenzado su función favorita.
—¿Por qué tuvo que nacer así? —Le escuché decir a papá. Se veía enojado, como si le saliera un montón de humo por las orejas. Mamá le reprendió por decir aquello. Pero él en ningún momento se retractó.
—Descuida, papá—Le hubiese dicho—. Yo también me lo pregunto.
Mamá me miró con lástima aquella vez, y me entregó una pequeña botella de alcohol gel que guardaba siempre en su bolso.
—Para que no rasques tus manos, pedacito de algodón. —Me miró con dulzura en su mirada, y yo le sonreí, mientras asentía dos veces.
—Te amo, te amo, te amo. —Me dijo, y besó mi frente.
Yo realmente quise sonreír al sentir su cariño. Pero lo único que pensé fue en verter alcohol gel en mi frente y restregarla con mis manos hasta enrojecerla.
Papá y mamá se separaron tiempo después de aquel evento. Estoy segura que fue mi culpa. Él se encarga de repetirlo cada fin de semana por medio, ya que sólo lo veía esos días; eso fue lo que dijo un juez. Y yo le creo a los jueces.
Mi calendario era normal, los días de semana mamá y yo convivíamos. Ella y yo tomábamos taxis después de la escuela, y yo le pedía al señor taxista que apagara su estúpido GPS y que me dejara guiarlo. Un día no lo aceptó, y no podía hacer nada más que gritar y rascar con tanta fuerza mis mejillas, que tuvimos que bajarnos.
—Me gusta caminar—dijo mamá. Y yo tomaba sus manos (después de verla limpiándoselas), mientras saltábamos juntas las grietas de la acera.
Un domingo me quedé en casa de papá. Él estaba de buen humor. Se reía de todo y aceptaba cada petición extraña que le pidiera, como apagar la luz dos veces antes de ir a dormir.
—Adivina qué, princesa de papi—me dijo, y me sentí realmente extraña al oír su tono de voz—, mañana no hay clases para nadie en el país, por lo que te quedarás conmigo. ¿No es eso genial?
Oh no.
Recuerdo haber sentido como mi cerebro se descontrolaba inexplicablemente, como el calendario mental que poseía se volvía loco. Mis manos, el cuero cabelludo y mis mejillas comenzaban a picar. Y no pude dejar de desesperarme. ¿A quién se le habría ocurrido crear tal calvario?
—No. Eso no puede ser posible—alcancé a decirle, antes de rascar mi cabeza—. ¡Los lunes son de mamá!, ¡yo no te puedo ver los lunes, papá!
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23 (Kaylor)
FanfictionKarlie Kloss tiene once letras. Seis en el nombre, cinco en el apellido. Y tenía once años cuando ella supo que algo estaba mal con ella misma. Taylor Swift también tiene once letras. Seis en el nombre, cinco en el apellido. Y tenía once años cuando...
