Capítulo 16

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Abrí los ojos y miré a mi alrededor, aún me encontraba consciente y no sabía muy bien dónde estaba. Sentía todo borroso, como en el local, temía volver a desmayarme de nuevo. Unos minutos más tarde me ubiqué, estaba echada en la cama de mi habitación. Giré la cabeza en dirección a la puerta al escuchar unos pasos y sentí como una figura se acercaba hasta mí, sentándose al borde de la cama.

—¿Daniel? —Tragué saliva, la pregunta había salido de mi boca con dificultad por tener la garganta seca.

—Sí, soy yo.

—Gracias por cuidarme.

—No es nada, ahora levanta las piernas.

—¿Tan pronto me desnudas? —susurré.

—Has vomitado la ropa y tengo que quitártela, a no ser que quieras dormir oliendo así.

Obediente, levanté las piernas y noté como los pantalones se deslizaban por mi piel, quedándome en ropa interior.

—¿También he manchado la camiseta? —pregunté con voz traviesa.

Escuché como Daniel suspiraba y me ordenaba que me incorporase y levantara los brazos para poder quitármela. Cuando ya había acabado su tarea volví a desplomarme sobre la cama, sentía que el cuerpo me pesaba el triple de lo normal.

Daniel se levantó y me acomodó en la cama, tapándome con la sábana. Yo me zafé de ella como pude, tenía mucho calor, y le rogué que se quedara.

Él accedió y se volvió a sentar en el borde de la cama pero yo quería más de él, así que me senté como pude y le cogí de la manga de la camisa, tirando de ella para intentar atraerle hacia mí.

Sé que hubiera sido más fácil pedírselo, pero mi mente no pensaba con mucha claridad e hice lo primero que se me ocurrió. Daniel pareció captar mi pretensión y se acomodó en el otro lado de la cama, echándose encima.

—Qué guapo eres... —suspiré.

No sé qué pasó ni cuánto tiempo había pasado, aún era de noche y al moverme, aunque no le apreciaba con claridad, sentí a Daniel mirándome.

—¿Qué miras? —pregunté curiosa.

—Tu belleza —ronroneó.

Sentí un calor intenso por toda mi piel, una electricidad que recorría mi cuerpo y llegaba hasta mi cerebro, el cual me decía "bésale". Le miré de soslayo, tenía la camisa abierta y el pelo despeinado, respiraba irregularmente y su corazón latía a toda prisa.

—¿Por qué no me has besado?

—Quiero que lo recuerdes.

—Y lo recordaré.

—¿Tú crees? Estás casi en estado de coma, no paras de dormirte.

—Es que...tengo sueño —contesté como si fuera lo más obvio del mundo.

—Es que tu mente necesita reponerse de todo el alcohol que has ingerido y no debes de recordar ni tu nombre.

—Quítate la camisa —Le imploré.

—Duérmete, Alma.

Ignorando su orden, me levanté y me eché encima de él, apartándosela yo misma y tirándola al suelo. Me mordí el labio mientras le contemplaba, deslizando mis dedos por la zona que había dejado descubierta.

Daniel cerró los ojos, saboreando las sensaciones que le estaba provocando. Observé con detenimiento su brazo derecho, tenía un gran dragón enroscado con la cabeza descansando cerca de su pecho. «Qué raro, nunca me había percatado de este tatuaje con lo grande que es» pensé para mis adentros.

Decidí torturarle un poco más y me agaché para comenzar a darle besos cortos desde el cuello, haciendo un recorrido por sus hombros y bajando por su pecho y abdominales, hasta llegar a la zona del pantalón.

Daniel jadeaba, gruñía y maldecía, parecía que estaba perdiendo ese control que últimamente le estaba caracterizando tanto.

Al volver a incorporarme encima de él, me tomó las mejillas con sus manos y tiró con suavidad, acercando mi cara a escasos milímetros de la suya. Podía notar su nariz rozando la mía y como sus labios se abrían y se cerraban, como si estuviera dudando en decirme algo.

—Te amo —susurró con vergüenza en mi oído.

Sin pensármelo dos veces, le besé. Mis labios atraparon los suyos con suavidad, saboreando la dulce sensación. Con torpeza comencé a explorar su interior, moviendo la lengua, encontrándose con la suya. Escuché un gemido de su parte, haciendo estremecer toda mi piel.

Me giró sobre la cama, quedando esta vez él encima de mí. Me besó con pasión la zona de la clavícula y el cuello, pasando después su lengua logrando que no parara de moverme y de estremecerme a causa del placer que estaba provocándome.

—Eres mía, Alma.

No le respondí, estaba muy ocupada sintiendo su lengua moverse entre mis pechos, explorando todos los rincones ocultos. Siguió bajando, tirando de mis bragas hacia abajo en el momento que empezaban a molestarle.

Con todas mis fuerzas le empujé para incorporarme, quedándome sentada encima de la cama. Daniel me miró con una mezcla de frustración y deseo, sin comprender muy bien qué acababa de hacer.

—Estoy en situación de desventaja —Le informé con una sonrisa de satisfacción—. Creo que te toca desnudarte un poco más.

Mostrándome unos ojos llenos de deseo y lujuria, asintió, bajándose los pantalones despacio, torturándome y deleitándome a la vez.

Volvió a acercarse a mí, besándome la boca con pasión mientras enredaba sus manos en mi pelo, atrayéndome más hacia él y haciéndome gruñir. Quería más, deseaba sentirle dentro de mí.

Desesperada por el deseo, le quité de un golpe los bóxer que llevaba, mostrándome en todo su esplendor su parte más íntima. ¿Era posible babear viendo eso? Sí, lo era.

—¿Quieres sentirla dentro de ti? —Me miró deseoso.

Tragué saliva, asintiendo con la cabeza.

—Prepárate para viajar al paraíso, nena.

Daniel me abrió las piernas de golpe, acomodándose en medio de ellas.

Pero no fue lo único que Daniel abrió, todo se volvió negro al sentir como movía la cortina de mi habitación y abría la ventana, borrando el sueño más real que nunca antes había sentido, dando paso a un enorme fogonazo de luz.

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