Capítulo 6

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Decidí dejar pasar unos días sin hablar con Sergio. Estaba muy dolida y no tenía ganas de explicaciones ni de saber nada de él. Además, estaba empezando a estresarme; en los últimos dos días tenía más de trescientos mensajes suyos. Decidí desinstalar el Whatsapp —al menos por el momento— hasta que las cosas se calmaran, sobre todo yo.

No había podido parar de llorar, tenía los ojos rojos e hinchados y no paraba de moquear. Además, el estómago se me había cerrado y apenas comía. Me molestaba, pero estaba segura que era de dolor. De todas formas, me sentía débil y la jornada universitaria me cansaba. No veía el momento de poder llegar a casa y refugiarme de nuevo en mi cama.

Las clases en la facultad pasaron lentas, pero por fin habían terminado por hoy y ya me iba a ir a casa cuando di otra vez con él. Estaba sin fuerzas para marcharme corriendo y no tenía ánimo para mirarle; así que decidí alejarme lentamente, ignorando su presencia.

Pero él no se rindió y se puso enfrente, bloqueándome el paso. Una mezcla de miedo e impotencia se apoderaron de mi interior e hicieron que un par de lágrimas brotaran, descendiendo por mi cara. Él las recogió con el dedo y me miró fijamente, con expresión apenada.

—¿Estás bien, nena?

Traté de decirle que no, que me dejara en paz. Pero en su lugar salieron unos balbuceos que ni yo pude interpretar.

—Ven conmigo, necesitas despejarte.

Le miré a los ojos, esos ojos marrones que me habían cautivado años atrás y me habían dejado tan tocada. Le miraba con miedo. Podía esperarme cualquier cosa de él y sabía que era lo que pretendía con esa invitación.

Entonces me cogió de la mano y tiró de mí, pero yo no quería y me aparté de él como pude. Él agachó la cabeza y escuché un «lo siento» casi en un susurro.

Me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Y yo, sin saber muy bien por qué, lo hice. Bajamos la calle de la facultad y nos detuvimos en el parque San Francisco, donde nos sentamos en un banco. Allí sentados se quedó mirándome, como dudando entre hacer algo o no. Al final se decidió y acarició mi cabello rubio.

—¿Qué te ha pasado, Alma?

Le miré pero no le contesté. Tenía ganas de expresar mis sentimientos a alguien, de contar lo sucedido; pero me costaba mucho abrirme a él. Aún tenía mucho miedo y desconfianza.

—Bueno, entonces hablaré yo. He venido a Oviedo por unos negocios y decidí quedarme unos días a conocer el sitio. Me han dicho que hay lugares muy bonitos.

Hizo una pausa esperando alguna respuesta por mi parte, pero al no haber ninguna decidió continuar.

—Mira, esto está siendo muy difícil y algo incómodo; no te voy a engañar. No sé qué te pasa, pero estoy preocupado y sé que tienes dudas hacia mí. Ya no soy el que era antes, Alma. Y quiero que lo sepas.

—Esto es un error... Ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí.

—¡Anda, al fin hablas! Pensé que te había comido la lengua el gato.

Le fulminé con la mirada y me dispuse a marchar, pero él me frenó cogiéndome de la mano.

—Déjame. Olvídame. Sal de mi vida —Las palabras salían de mi boca llenas de odio, pero también me estaba poniendo muy nerviosa.

Me soltó y aproveché a marcharme corriendo, echando la vista hacia atrás rezando para que no me siguiera. Él se había quedado parado con el semblante serio. Parecía pensativo, pero me negué a regresar.

Bajé unas cuantas calles y decidí meterme por un callejón para atajar, con la mala suerte de encontrarme con un hombre encapuchado que me daba muy mala espina. No le podía ver bien la cara, pero tenía más pinta de violador del bosque que de Caperucita Roja. «Por lo que más quieras, Alma, corre», pensé para mis adentros. Pero mis pies no querían responder.

El hombre iba acercándose cada vez más hacia mí y, cuando parecía que estaba a punto de atraparme, mis pies decidieron hacerme caso y me fui corriendo, chocando con gente que se quejaba llamándome maleducada.

Sentía ganas de mirar para atrás, pero tenía mucho miedo de que se encontrara cerca. Me sentía débil y temía marearme en cualquier momento. «Mierda para ti, Sergio» maldije en mi interior, «si no fuera por tu culpa podría correr mejor». Nunca había sido una gran deportista. Es más, odiaba correr con todo mi ser. Pero no me quedaba de otra.

Quería gritar para pedir ayuda, pero no me salían las palabras. Cuando me ponía muy nerviosa me quedaba completamente bloqueada. De todas formas, no entendía a las personas. ¿No podían darse cuenta de que algo iba mal? ¿Acaso mi cara no era preocupante? ¿No veían al hombre?

Decidí seguir calle abajo intentando regresar a mi casa. Estaba tan fatigada que mi corazón parecía que se iba a salir del pecho. Estaba quedándome sin aire. Intenté tragar saliva. Necesitaba agua urgentemente.

Para quedarme más tranquila y no morirme ahí mismo decidí mirar hacia atrás, buscando a ese hombre encapuchado. Parecía que había desistido.

Bajé el ritmo y me puse a caminar, intentando ir por sitios donde hubiera mucha gente; aunque no tenía muy claro si harían algo en caso de que me atrapara. Aún sentía la adrenalina por mis venas y tenía los oídos agudizados. Cualquier persona que estaba con capucha por la calle era motivo para sobresaltarme.

Acabé llegando al parque del teatro de Pumarín, un sitio muy socorrido para las familias para llevar a sus niños a jugar en los columpios o quedarse relajados mirando la gran fuente que presidía el lugar. Ya más confiada, decidí sentarme en un banco. Me encontraba tan cansada, tan débil... Se me empezaba a nublar el conocimiento. En vez de palomas veía píxeles. Finalmente me desplomé.

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Capítulo impactante, ¿verdad?

Espero que os haya gustado y esté despertando vuestra curiosidad :)

¿Quién será el que la persigue? ¿Porqué? :/

Esperemos que Alma esté bien...

Besos y muchos abrazos,,,,,,,,,

Karlee D.

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