Parte Única

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"Corre...¡Corre!...Sigue...No pares"

Eso es lo único que podía pensar, no estaba segura de qué o quién me estaba persiguiendo, pero si sabía que iba a por mí, y no precisamente con buenas intenciones.

Desde que había entrado en esa casa para recuperar mi apreciado broche, regalo de mi abuela, me perseguía un mal presentimiento, sentía que en aquella casa tan tenebrosa y lúgubre no iba a encontrarme precisamente con una cálida bienvenida ni con un hogareño ambiente.

Cuando me adentré en la mansión, la oscuridad se cirnió sobre mí, aun así, continué caminando, mientras el aire se volvía más denso a mi alrededor y a la vez que mi vista se empezaba a acostumbrar, comencé a ver sombras aterradoras.

De un momento a otro, llegué a las escaleras, y aquellas malignas proyecciones parecían bailar una terrorífica danza que bien podría ser un ritual de sacrificio.

Temblando de miedo, me decidí a subir las escaleras, las cuales tenían aspecto de que se iban a romper en cualquier momento, y al poner un pie en el primer escalón, la madera crujió de tal forma que rechinó en toda la casa. Seguí subiendo, y aquella desvencijada escalinata que no parecía tener fin continuó chirriando, hasta que de repente, vino de la segunda planta un atronador y fantasmagórico ruido. Al instante me congelé, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras por mi nuca bajaba una gota de sudor frío, a la vez que todo a mí alrededor parecía moverse al son del eco de aquel estremecedor sonido.

Tras unos eternos segundos, la casa entera se sumió en una extraña y atemorizante calma, por lo que retomé mi camino, y para cuando llegué al segundo piso, la oscuridad me había engullido completamente, aun así, intente en vano distinguir algo. Entonces, al girarme para bajar las escaleras, vi que al fondo del pasillo izquierdo había iluminación, y entonces recordé que mis amigos habían estado hablando de hacer una prueba de valor en una casa de la cual se decía que estaba encantada, y creyendo que sería algún tipo de broma hacía mi persona por no haber querido participar, me encaminé furibunda a la habitación de la cual provenía la luz.

Rápidamente llegué a la puerta, y al abrirla descubrí que la habitación estaba vacía, y mi sorpresa fue inmensa cuando, al echar un vistazo al cuarto, hallé encima de un tocador de aspecto antiguo aquel broche que tantas jaquecas me había dado hoy. Atropelladamente corrí hacía el mueble y cogí la joya, y después, como pude me lo coloqué.

En ese momento, comencé a escuchar unos pasos que se dirigían hacia la estancia en la que me encontraba, y en un acto reflejo causado por el miedo de pensar que no estaba sola en aquella casa, me escondí bajo la cama rezando a todos los dioses que conocía para que fuese quien fuese no me encontrara. Tras unos instantes, la puerta se abrió, y todo lo que podía ver a través de los pocos huecos de la frazada de lino, eran unos tacones de aguja rojo fuego, adornados con brillantes, que se detuvieron justo delante de la cama, aunque tan solo duró unos segundos así, pues justo después salió a toda prisa.

Cuando me hube asegurado de que no había nadie cerca, salí de mi escondrijo y comencé a correr como alma que lleva el diablo para dejar aquella casita lo antes posible. Continué corriendo hasta que vislumbre a lo lejos mi pueblo, lo cual me llenó de alivio, y aquella extraña sensación de que había una presencia persiguiéndome desapareció cuando llegué a mi casa, en la cual solo se encontraba mi madre esperándome para cenar.

Tras aquella exquisita comida, me despedí de mi madre, alegando que estaba exhausta, y me dirigí a mi cuarto tras desearle las buenas noches. Al entrar a mi cuarto cerré la puerta con llave, y al girarme me encontré con una mujer rubia que poseía unos apagados ojos violetas que parecían no tener vida, su piel pálida como la cera, cuerpo esbelto enfundado en un precioso vestido rojo, y sus pies adornados por los mismos zapatos que había visto cuando estaba escondida bajo la cama, y sin que me diera tiempo a gritar siquiera, la joven se abalanzó sobre mí, y me sumí en una espiral de dolor, sentía un frío helador, mi ojos se cerraban, y ultimó que alcancé a escuchar fue como un hermoso susurro que parecía casi irreal salía de su boca. Lo que ella me dijo fue: "Tú robaste mi broche, mi más preciada posesión, invadiste mi morada y éste es tu castigo. Recuerda mi nombre mientras pagas tus pecados retorciéndote entre fuego y clavos. Recuerda a La Sombra de la noche".

FIN

El brocheDonde viven las historias. Descúbrelo ahora