CAPÍTULO VEINTIDÓS.

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Narra Jaime.

Llegué a mi apartamento y me eché en la cama. ¡Dios! No daba crédito a lo que acababa de ocurrir. Volvía a estar con Leire. Mi Leire. Desde que me dijo que tenía que hacer que volviera a confiar en mí, mi mente no paraba de divagar. No sabía como hacerlo. Tenía muchas ideas en la cabeza, pero no conseguía poner ninguna en práctica. Le pedí ayuda a sus amigas las que ya me habían ayudado en otras ocasiones. Les dije que podía hacerle algo por la ciudad y se les ocurrió el plan que hace tan solo unas horas pusimos en práctica. Al principio creí que no me perdonaría, pero solo con ver su cara... su expresión, su forma de mirar, su forma de sonreír, la forma en que sus lágrimas surcaban sus rosadas mejillas, la delataban. Me amaba y yo a ella. Demasiado. No sé cómo describirlo, pero sé que nos complementábamos de alguna manera. Estuve con alguna chica antes de conocerla y nunca sentí esas pequeñas descargas eléctricas que me producía cuando me agarraba la mano o las mariposas que me hacía sentir en el estómago cuando me besaba. También tuve alguna cita con algunas chicas para poder olvidarme de ella, pero nunca fue posible. Cuando trataban de besarme, a la primera de cambio les daba alguna mísera escusa y las dejaba allí plantadas. No estaba orgulloso de ello, por jugar con los sentimientos de aquellas chicas. Ellas no tenían culpa de mi estúpida actitud en el pasado. Ahora, debía pensar en Leire y no volverla a cagar.

Me levanté y me dirigí al baño. Necesitaba una ducha urgentemente. Me deshice de mi ropa y de mis boxers y entré en la ducha. Dejé que el agua recorriera mi cuerpo y cuando quise dejar mi mente en blanco, me fue imposible. Leire. Leire. Leire. Leire. Leire. Tenía un serio problema con esa mujer. Reí. "Idiota". Me decía mi subconsciente. Sí. Era un idiota, pero un idiota feliz al fin y al cabo.

De repente sentí el timbre. Sabía quién era. Abrí la cortina y envolví mis caderas en una toalla. Salí y me dirigí a la puerta para abrirla.

- ¡Jaime!

- Pasa, Richard. - Le dije y una vez dentro, cerré la puerta.

- Ya veo que te pillo en mal momento.

- No te preocupes.

- Puedo esperar si quieres.

- No. De verdad. Dime.

- Bien. - Asintió y comenzó a recorrer con la mirada el apartamento. Luego volvió a mirarme a los ojos. - Me translado a España. Voy a compartir mi oficina con un amigo que tengo allí que también se dedica a lanzar gente a la fama.

- Espera, espera. Creí que al final preferías quedarte.

- Y así era, pero Leire me dijo que si algún día triunfaba, no dudaría en contar conmigo y sé que lo conseguirá porque tiene muy buen potencial y sé que acabará triunfando.

- Entonces, ¿vuelvo a ser tu ayudante? - Dije con una amplia sonrisa. Volvía a España. Estaba claro que no podría trabajar más con Richard y lo habíamos hablado. A él le parecía bien. Pero esto no me lo esperaba y me alegraba tanto porque me gustaba trabajar con él y... ¿qué cojones? se había convertido en mi amigo. Uno de los pocos que había hecho aquí.

- Nunca dejaste de serlo. - Hizo una pausa y desvió su mirada. - Pero... también hay otro motivo por el que quiero ir a España.

- ¿Cuál?

- ¿Te acuerdas de Carmen?

- ¿Carmen? ¿Aquella mujer española que vino por negocios hace un año?

- Esa misma.

- No me digas que...

- Estamos juntos. No le he dicho nada a nadie porque quería ver cómo se desarrollaban las cosas, pero ahora estoy más que seguro de que ella es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.

- Vaya, Richard. Me alegro mucho por ti. Ahora entiendo esas llamadas telefónicas misteriosas. - Le dije alzando las cejas y dejando mostrar una sonrisa picarona.

- Siento no habértelo dicho.

- ¡Eh, tranquilo! No pasa nada. - Vi como a Richard se le formaba una pequeña sonrisa en sus labios. - Así que, te quedarás en su casa, ¿cierto?

- Te invito a una cerveza. Vamos al bar que hay aquí al lado y hablamos.

- Vale. Dame cinco minutos.

- Está bien. Te espero en el bar.

- De acuerdo.

Richard me dedicó una sonrisa y salió del apartamento. Fui corriendo a mi habitación y me puse unos boxers, un par de pantalones, una sudadera y unas deportivas y salí de mi casa. Bueno, por muy poco tiempo "mi" casa.

Salí del bloque de apartamentos y crucé la calle para poder adentrarme en el pequeño local. Abrí la puerta y vi en una mesa a Richard con dos cervezas en la mesa. Me dirigí hacia allí y me senté en frente de él.

- Le voy a pedir que se case conmigo.

Soltó de repente. Abrí los ojos como platos. - ¿EN SERIO? - ¡No podía creérmelo!

- Sí, pero no sé cómo hacerlo.

- Eh, tranquilo. No te agobies. Tómate tu tiempo y si necesitas ayuda, ya sabes.

- Gracias, Jaime.

Le dediqué una gran sonrisa y le di un sorbo a mi cerveza.

- Y, ahora, cambiando de tema.

- ¿Qué pasa? - Fruncí el ceño.

- Mi amigo ha contratado a un chico como ayudante, o sea, como tú y yo, pero acaba de empezar y me ha dicho que podías ayudarle, ya que tú ya llevas bastante.

- Claro, ¿por qué no?

- Bien. Perfecto. Es de tu edad así que os llevaréis bien. - Dijo con una gran sonrisa. - ¿Se lo has dicho ya a Leire?

- Le dije que volvería a España con ella. Quería decirle mañana, con más calma, lo de la Universidad y que había abandonado el trabajo.

- Bueno, ahora tienes que cambiar un poco la historia del trabajo. - Dijo y se rio.

- Se alegrará de que vayas con nosotros. Te ha cogido mucho cariño en estos días por haberla apoyado tanto.

- Y yo a ella. La verdad, he trabajado con muchas chicas de su edad y ninguna me ha demostrado la madurez y la forma de enfocar y tomarse las cosas como Leire. Otra al decirle que no había beca me hubiera insultado y me hubiera dejado tirado, pero ella no. - Dijo con una gran sonrisa. Me encantaba la manera de la que hablaba de Leire.

- Mi Leire es así. - Dije mientras se formaba una gran sonrisa en mis labios debido solo al mencionar su nombre.

- ¿Tu Leire? - Dijo alzando las cejas y una sonrisa picarona apareció en sus labios. - O sea, que ya lo habéis arreglado, ¿no? - Dijo bebiendo de su cerveza.

- Sí. Esta tarde. - Dije aumentado mi sonrisa de satisfacción.

- Me alegro mucho.

- Y yo.

Y seguimos hablando de Leire, de Carmen y de la oficina hasta que ya se hizo un poco tarde.

- Bueno, va siendo hora de irse.

- Sí, ya es tarde. - Me levanté, Richard pagó al camarero que pasaba por nuestro lado y salimos del bar.

- Mañana te paso a buscar para ir a recogerlas.

- De acuerdo.

- Hasta mañana, Jaime.

- ¡Qué descanses! ¡Hasta mañana!

Subí al apartamento, abrí la puerta, me adentré en el lugar y cerré la puerta. Me dirigí a mi habitación, me deshice de la ropa y me tiré en la cama únicamente en boxers. Me quede pensando en toda la conversación que había tenido con Richard. Me gustaba la idea de que viniera a España con nosotros y que fuera a pedirle matrimonio a Carmen. Era una mujer muy agradable y sociable. También me gustaba la idea de conocer y trabajar con alguien que fuera de mi edad. Estaba seguro que me llevaría bien con él... o eso creía yo.

Tu mirada me hace grande.Where stories live. Discover now