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Llegas a casa después de un largo día de clases. Cansado y hastiado, el regreso no fue de los más placenteros que has tenido en toda tu vida. Llovió y no llevabas paraguas, y para acabarla, los vagones del metro iban a reventar y ni hablar del trolebús que siempre tomas para regresar a la casa. Lo único que tienes que hacer es quitarte la cazadora y el maldito sombrero de pescador que creíste que te resguardaría de las lluvias. Te quitas las botas y coges las sandalias de la zapatera y te recuestas en el sillón, tratando de relajarte, pero el frío impide que te relajes completamente, tienes que ir a tu recámara por aquella vieja camisa de franela que a veces ocupas como pijama. Te preparas una taza de café y lo acompañas con una pieza de pan dulce. Cierras un rato los ojos mientras sientes que el café pasa por tu esófago, calentándote por dentro y cómo es que llena de ese aroma tan característico tu boca y garganta. Terminas la última comida del día y vas a la recámara a ver la televisión aunque bien sabes que no habrá nada interesante. Te levantas y vas al librero, tomas ese libro que compraste para la materia de historia y tratas de leer, pero ese pensamiento que te ha abordado desde hace muchos días no te deja hacerlo. Dejas el libro botado al pie de la cama. Apagas las luces y te cubres hasta la cabeza para que no se cuele el frío, intentas dormir. No lo logras. Aquel pensamiento te sigue abordando incluso cuando estás a punto de quedarte dormido. Molesto, enciendes las luces y vas hacia el comedor, coges la cajetilla de cigarros y tu encendedor, lo accionas y apenas suelta una triste chispa, no tienes fósforos en la cocina, por suerte, tu estufa es accionada por una chispa, enciendes el quemador de la parte inferior derecha, pones la flama lo más baja posible, te colocas el cigarrillo entre los labios y jalas aire para encenderlo. Apagas la estufa. El humo del cigarro impregna tus pulmones. Otra vez, el calor te llena. Te acercas al ventanuco, lo abres y observas cómo fluye el tráfico, inundando las calles de luces amarillas, rojas, naranjas y blancas; no falta el idiota que pita el claxon a sabiendas de que no se moverán los vehículos de en frente. Tiras las cenizas en una taza. La lluvia golpea con suavidad a todo lo que se interponga en su camino. Inhalas otra vez el humo del cigarro, lo mantienes por unos segundos y lo sueltas. Dejas de pensar en aquello que te abrumaba. Apuras en terminarte el cigarro y lo apagas, vas a tu habitación e intentas dormir nuevamente. Cierras los ojos, dejas que la oscuridad te abrace completamente y finalmente logras aceptar que estás solo, sonríes, te aceptas a ti mismo, suspiras como liberándote de esa gran carga, duermes con esa sonrisa. Mañana será un nuevo comienzo... 

PENSAMIENTOSWhere stories live. Discover now