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Estaba en un salón de la planta baja, a punto de abrir mi cuaderno de Taller, en una escuela Secundaria Técnica, en una delegación de la actual CDMX.
Sentí el fuerte golpe de la tierra, la sentí moverse. La idea del temblor me llegó a la cabeza como una idea fría y cruel, por ese segundo, olvidé todo menos correr.
Al salir, mi primer visión fue de una secretaria quitando tambos para abrir paso a los demás estudiantes, me sorprendió la manera en que lo hizo, la manera en que Víctor corrió a dar la primer campanada..., todo pasó tan rápido que al darme cuenta, ya estábamos incados en el suelo del patio principal.

La directora del plantel habló por el micrófono, y al otro lado del zaguán, se escuchaba el llanto de unas madres desesperadas por la vida de sus crías.

Todos salimos en orden, y no quedó ningún alumno en el plantel, no hubo clases para el siguiente turno y no habría clases para nadie más dentro de unos días.

Antes de cruzar el zaguán, sentí la desesperación de poder ver bien a mi familia.

Después de 32 años, México había vivido otro temblor de esos a los que solemos llamar el pueblo "de los pesados"; entre paredes, todos sentimos el pánico mínimo por unos segundos.
Vimos la caída de escuelas y edificios, pero peor aún, vimos la caída de nuestros hermanos, de nuestra gente.

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