Parte 1: Capitulo 1

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Todo el mundo decía que eran brujos.
     Yo ansiaba creerlo desesperadamente. Solo llevaba dos meses en aquel instituto, pero ya había comprendido cómo iba la cosa. Se movían por los pasillos como si fueran peces relucientes, dejando tras ellos una estela de ondas. Todas las miradas se les clavaban en la espalda y en la melena. A aquellas alturas, los chicos del curso ya estaban acostumbrados y se esforzaban por demostrar lo aburrido que les resultaba todo aquel rollo. Pero los de los cursos inferiores aún no habían aprendido a disimular la mirada embobada, ni la evidente expresión de asombro.
Summer Grace, la más joven, tenía 15 años y estaba en mi curso. Replicaba a los profesores cuando nadie más se atrevía a hacerlo y arrastraba las palabras con la impertinencia necesaria como para dejarlo claro que se estaba rebelando, pero no lo suficiente como para meterse en líos. Llevaba el clásico pelo rubio de los Grace teñido de negro azabache y siempre se maquillaba los ojos con kobl negro e ingentes cantidades de sombra. Vestía ajustados vaqueros y botas de hebilla o de estilo victoriano. Llevaba montones de anillos de plata en los dedos y solía ponerse 2 collares como mínimo. Afirmaba -siempre con una sonrisa sarcástica- que la música pop era «obra del diablo«, y, si pillaba a alguien hablando sobre bandas de chicos, amenazaba con matarlo. Lo peor, sin embargo era que todo el mundo se ponía de su parte, incluso quienes apenas 3 segundos antes estaban hablando con entusiasmo sobre la banda en cuestión. Y todo porque era una Grace.
Thalia y Fenrin Grace eran, a sus diecisiete años, los mayores. Eran mellizos y, por tanto, no idénticos, aunque se apreciaba en ellos un parecido familiar. Thalia era esbelta, ágil y de aspecto lánguido. Tenía las muñecas huesudas, y esa delgadez se veía acentuada gracias a los montones de tintineantes brazaletes que solía ponerse. Siempre llevaba un grueso mechón de su pelo color miel recogido con extensiones de un tono caramelo. Por lo general, se dejaba la melena suelta, en una cascada de ondas que le llegaban a los hombros, o se la recogía en un informal moño del cual siempre caían mechones sueltos que le llegaban hasta el cuello. Solía vestir faldas largas con delicados adornos de cuentas o hileras de minúsculos espejitos en el dobladillo, combinadas con escotadas camisetas que siempre le quedaban anchas y pañuelos de flecos, tejidos con hilo metalizado, enrrollados en torno a las caderas. Eran muchas las que intentaban imitarla, pero siempre daba la sensación de que iban al instituto vestidas de gitanas, lo cual les costaba tantas burlas que jamás volvían a intentarlo. Ni siquiera yo me había resistido a la tentación de probar algo parecido, aunque solo lo había hecho en una ocasión, recién llegada al instituto. Vestida así, yo parecía una idiota. Thalia, en cambio, parecía haber nacido con ella ropa puesta.
Y luego estaba Fenrin.
Fenrin.
Fenrin Grace. Hasta el nombre tenía un aire mitológico, como si fuera una criatura en lugar de un chico. Eral el Pan de instituto. Más rubio que su melliza, Thalia, tenía el pelo bastante largo y unos cuantos mechones vaporosos le caían sobre la frente. Solía vestir camisas blancas de muselina y pulseras de cuero en las muñecas. Todos los días llevaba colgado al cuello un cordel de cuero con una caracola torrecilla barnizada. Al parecer, no se la quitaba nunca. El collar formaba una V perfecta sobre su pecho. Era muy muy delgado, y sonreía siempre con tanta arrogancia como desgana.
Y yo estaba perdidamente enamorada de él.
Era lo más estúpido y obvio que podía hacer hecho, y me odiaba a mí misma por ello. Toda chica con ojos en la cara amaba a Fenrin. Pero yo no era como aquellas cotorras parlanchinas, con sus estudiados movimientos para sacudir la melena o sus labios recubiertos de empalagoso brillo. En mi interior, en algún lugar tan profundo que nadie podía verla, se hallaba mi alma. Y esa alma ardía eternamente, negra y reluciente como el carbón.
Los Grace tenían amigos y, al mismo tiempo, no los tenían. De vez en cuando, se rebajaban y se dignaban a a relacionarse con alguien a quien hasta entonces habían ignorado. Y, durante cierto tiempo, ese alguien era su amigo, pero por lo general no duraba más que eso, cierto tiempo. Cambiaban de amigos como la gente cambia de peinado, como si siempre estuvieran esperando que apareciera alguien mejor. Nunca salían de copas durante el fin de semana, ni tampoco iban jamás a la noche estudiantil de los miércoles en el pub local, como hacía todo el mundo. Según los rumores que circulaban, apenas los dejaban salir de casa, excepto para ir al instituto.
Nadie tenía detalles concretos de su vida personal, a no ser con quién se acostaba Fenrin cada semana. No se molestaba en ocultarlo; al contrario, se dedicaba a pasear por el instituto con la novia de turno mientras durase el idilio. Él pasaba un desganado brazo por los hombros y ella babeaba a su lado, riendo como una tonta, loca de felicidad. Nunca lo vi salir con la misma chica más de uno o dos meses. Para él no eran más que distracciones. Esperaba a alguien especial, alguien distinto capaz de captar de repente toda su atención, hasta el punto de obligarlo a cuestionarse cómo había podido sobrevivir tanto tiempo sin esa persona. Los tres esperaban lo mismo, de eso no me cabía duda.
Lo único que tenía que hacer era demostrarles que yo era la persona a la que estaban esperando.

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La Maldición de los GraceStories to obsess over. Discover now