El cielo gris y aplastado me rodeaba mientras caminaba hacia la escuela con el uniforme gris del Estado. Observaba esos algodones hinchados e inmóviles, esperando que se tornaran grises y que una enorme ráfaga de lluvia me impidiera avanzar, aunque sabía que era poco probable. Avanzaba paso a paso, mirando a los costados: estudiantes que conversaban tan alegres, tan cansados, tan tristes... y yo, tan sola.
Siempre me he considerado una observadora. Trato de comprender a los demás a través de sus actos y miradas, aunque sé que llevarse bien con alguien no significa entender lo que piensa. No me quejo; me gusta la compañía, pero prefiero permanecer varada en un mundo donde la única persona que comprendo soy yo misma.
Sin darme cuenta, llegué a la entrada de la escuela. Allí estaba, como siempre, la mujer mayor que recibía a los estudiantes con una sonrisa amable antes de cerrar la puerta. Me saludó y le devolví el gesto. Como si supiera que cada día me tienta aquello que tintinea, sacudió las llaves no más de dos veces y las guardó en los bolsillos. Aparté la mirada y, cuando volví a observar, ya se había ido.
Las clases están por comenzar. Al entrar al salón recibo apenas algunos saludos de ciertos compañeros en mi supuesto día especial. La verdad es que preferiría no tener cumpleaños. Es uno de esos días que me recuerdan lo desdichada que soy, sobre todo este martes 13 apenas estaba comenzando.
Hasta ahora había soportado los sucesos de cada cumpleaños, pero algo había cambiado. Comenzaron a aparecer en mi mente escenas extrañas, imágenes que solo veía en mis sueños y que, aun así, se sentían demasiado vívidas. Intentar recordarlas bastaba para atormentarme, especialmente hoy. Tal vez por eso, esa mañana estuve distraída y terminé teniendo un accidente en las escaleras.
No sé por qué presiento que no estaré aquí por mucho tiempo. Aunque el día recién comienza, ignoro qué es lo que me espera.
Estamos a mitad del receso. Solo alguien como yo preferiría quedarse en el salón, sumida en cada palabra que cae sobre el papel. Cualquiera escribiría en su diario una narración detallada de lo observado; yo, en cambio, observo mis propios pensamientos. Las palabras se quedan ahí, contenidas, sin salir. Lo distinto es que escribo poesía: una poesía que ni yo misma comprendo, algo que ya no sé si ocurrió realmente o si solo lo soñé.
Escucho el bullicio al otro lado de la ventana. El ambiente se ve animado. Por un segundo pienso en lo mucho que me gustaría que alguien me llamara y me dedicara un poco de su tiempo, pero pronto vuelvo a la realidad. Las decisiones que tomé al inicio me trajeron hasta aquí.
Finaliza el receso y todos regresan a clases. Escucho los mismos rumores de siempre; por suerte, ninguno es sobre mí. Hablan de las sillas y carpetas viejas, apiladas cerca del auditorio, y de la pintura negra esparcida por varios salones. Solo a un estulto se le ocurriría una broma tan mala. Muchos especulan que se trata de un espíritu que ronda la escuela. Yo, como observadora, puedo pensar en varios sospechosos: aquellos que solo buscan llamar la atención.
Debido a esto, en la siguiente clase de inglés nos cambian de salón. Todos eligen el lugar que desean y a mí me dejan el asiento de adelante: el peor sitio, sin buena vista y con el profesor fijando su atención en mí. Me rodean personas que hablan de cosas que no comprendo ni me interesan.
—¿Qué cuentas, Sara? —pregunta la chica a mi costado, intentando iniciar una conversación.
—Cuento los minutos que han pasado ignorándome. ¿Y tú? —respondo con total sinceridad.
—Eh... perdón, no quise... no importa —dice apenada, desviando el rostro.
¿Era necesario ser tan dura? Aquí es donde doy el primer paso, y al mismo tiempo me arrepiento de haberlo dado.
YOU ARE READING
Cada martes 13
Short StoryEra el cielo lo único que esperaba ,era yo jugando entre las nubes ,hasta que vine aquí en un desdichado día, que dentro de poco cuando cierre los ojos lo único que veré es una profunda oscuridad... Si aquella vez hubiese escogido un camino diferen...
