El pasillo era largo, como todos los demás pasillos, pero al joven Arturo; escoltado por dos policías, le parecía más largo aún, interminable, como si no tuviera fin. Sus pisadas resonaban en un seco y apagado eco, mientras sus piernas parecían ralentizarse a cada paso. Le llevaban por primera vez hacia el locutorio de la prisión en donde le esperaba, según le habían dicho, tan solo una persona. Una visita... ¡por fin! No sabía quién podría ser, pero deseaba con gran fervor que fuese la que siempre tenía en su corazón y la que en aquella dura y amarga situación, ocupaba su atormentada cabeza. Se llevó una gran decepción cuando vio al orondo y trajeado joven que tenía frente a él, al otro lado del cristal de la cabina de comunicación, pues no era precisamente esa, la persona que deseaba ver en aquellos momentos. No obstante, se sentó con cierta resignación en la silla que se encontraba colocada delante del cristal e imitando la acción del joven gordo, descolgó el auricular que descansaba en su horquilla, en el lado derecho del pequeño habitáculo y tras pegarselo a su oreja preguntó a bocajarro, sin ni siquiera saludar.
-¿Quién es usted? No le conozco.
-Soy tu abogado.
-¿Usted es mi abogado?
-Sí- contestó éste.
-Yo no he pedido ningún abogado.
-Pues es lo primero que tenías que haber pedido al ser detenido. ¿No te lo dijeron en comisaría?
-Sí. Pero yo no tengo dinero para pagar a ninguno.
-¿Y no te dijeron que todo detenido tiene derecho a uno? Si como has dicho, no puedes pagar uno particular, te lo ofrecen de oficio. Por eso estoy aquí, para ocuparme de tu defensa.
-Sí, ya. Pero es de oficio.
-Sí, soy de oficio. ¿Y qué?- preguntó el joven rábula un tanto sorprendido-. ¿Tienes algo en contra de los abogados de oficio?
-Pues que no ponéis mucho interés. Si no hay una buena pasta de por medio os importa una mierda lo que nos pueda pasar. Venís obligados, a cumplir por puro trámite.
-Bueno, tanto como eso...
-¿Cuánto le pagan por defenderme? Seguro que una miseria.
-En eso tienes algo de razón- dejó escapar casi en un suspiro el joven abogado-. Además de hacerlo como suele decirse, tarde, mal y nunca.
-¿Cuántos juicios ha ganado?- preguntó Arturo de golpe.
Aquella pregunta del muchacho dejó un poco desconcertado al joven picapleitos, pero respondió con toda naturalidad.
-Para serte sincero, ninguno.
-¿Ninguno? ¡Vamos, no me joda!- exclamó Arturo perplejo y sin poderse contener -. ¡Tiene cojones la cosa! ¡Encima me mandan a un puto novato!
-¿Te importaría no soltar esos improperios, por favor?- dijo el abogado.
-¿No soltar qué?
-Tacos. Al menos delante de mí. Por favor.
-Está bien, pero no le garantizo nada. A lo mejor se me escapa alguno más.
-Pues procura no hacerlo.
-Lo intentaré. Pero si tan listo es, eso le demostrará lo que tengo en contra. Estáis tan recién salidos de la facultad; que puede que en la teoría sepáis mucho, pero enla práctica... no tenéis ni puñetera idea de como ganar un juicio.
-Mira, chaval, el que yo sea un puto novato...
-Ahora ha sido usted- soltó el joven a bocajarro.
YOU ARE READING
Espíritus Errantes
Teen FictionArturo es un joven cuya vida se verá truncada al saber que no es hijo de quien cree ser. Al hacerse mayor, en su desesperación acude a una pitonisa, la cual le desvela que ha de hacer una regresión al pasado a través de la hipnosis, para encontrar l...
