Está lloviendo.
Hay un par de cigarrillos en la mesa
y en esencia cenizas de otras reminiscencias.
Una foto en la pared evocando
tu nombre.
Una canción en la radio
palpitando en mi pecho.
La puerta está abierta y el alma a medio vestir
se despide de los árboles.
Escribo un poco de
caos en mis manos con el aire.
Hace frío.
Son las tres y cuarenta y cinco de la madrugada
y aún sigo esperando una llamada
la cual sé que nunca llegará
mientras el insomnio juega a ser Altaïr.
Mis monstruos andan sueltos
jugando en mi cabeza,
queriendo arrancarme del mundo.
El silencio es desgarrador pero
sabe besar justo donde
más nos duele la vida.
Un gato en el tejado corre,
alza el vuelo,
hace estruendo
mientras me consumo
con el humo de la noche y de un par de cigarros.
Basura en el suelo,
trozos de papel envueltos,
ocultando soles y letras
cuales deje en libertad.
Moscas en la casa,
huracanes en mis labios
jugando a domar mariposas
que jamas volverán a bailar en mi estómago.
La lluvia golpea sutilmente
y mi mente te trae de vuelta
eternizando este hecatombe bajo la piel.
Son las cuatro y cuarenta y tres,
y aún sueño despierto, coqueteando con el eco
que deja el tiempo cuando eres más herida que persona.
La luna se ve inquieta a través de mi ventana
y la taza de café ha perdido la fe
por el sorbo no deseado
y mi sed por la tormenta que ha dejado tu recuerdo
se ha tomado un último trago.
Las luciérnagas caen en una esquina,
ya no bailan con mi sombra.
Libros sobre la mesa susurrando a los poetas:
"Todo se hace infierno"
y mis ojos piden tregua.
