La Busqueda

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Esa fue la primera sombra que vio, fue un relámpago, un abrir y cerrar de ojos pero sus ojos nunca se cerraron, fue la sombra rectangular que, al igual que un pequeño ratón, se alejó de él una vez la vio.

Ella había partido hace unos 4 meses y no fue por culpa de él, fue por la precipitada decisión de cambiar de aires, cambiar de vida. No por él, y eso era lo que más dolor le causaba.

Aunque en un principio, digamos el primer mes después de su partida, el tiempo fue bien empleado, su concentración en el trabajo se elevó a tal punto que cada fin de semana tenia escritos tres artículos de los cuales elegiría uno para su publicación en la revista Voces y en las clases de francés se volvió atento y participativo. Se sintió bien al desear su partida; ya sus ojos de farol no llamaban su atención a cada instante y tampoco estaba pendiente de lo que decía su perezosa voz de invierno cuando, al tener la palabra y haciendo una contracción sensual de los labios pronunciaba la palabra avenue. Eso era lo mejor, las clases de francés, ahora no era aquel lugar donde tenía que comportarse, ser otra persona, hacerse notar, no, ahora él llegaba a la hora que quería, escogía el descolorido asiento de atrás, ultimo asiento de la última fila y se recostaba sobre la carpeta y dormía con una sonrisa. Se sentía libre sin ella. A la mañana siguiente después del primer mes se maldijo.

Ahora... -Hace tres meses no le veo salir del edificio - comentaba la posadera a la vecina del cuarto de al frente.

-José Mantillo, el alumno José Mantillo - No vino profesora - Professeur alumno. ¿Alguien sabe que es de la vida de ese muchacho? – Las caras veinteañeras se miraban entre ellas como buscando una respuesta en sus silencios. – Hoy el alumno queda suspendido.

Tenía un ejemplar de la revista Voces en las manos, revisaba la penúltima hoja donde se encontraba una sección de chistes muy amplia y un gran pupiletras .Lo veía con una cara de fastidio.- Ey cholito ¿sabes por qué ya no sale la sección de entrevistas? Esa pues ¿Cómo se llamaba? Ah si la Entrevista al Día. – El quiosquero aparto, como si fueran cortinas, los periódicos que le cubrían la cara para ver mejor al taxista que le hacía la pregunta. – No lo sé amigo, hace como tres meses no publican nada en esa columna.
 
Tres silenciosos meses, y fue la sombra la que le indicó su locura, su tiempo en soledad que para él habían sido solo segundos. Las conversaciones con el aire que no era otro que él mismo mirándose a los ojos y flotando. Y ahí fue donde lo vio, antes de entrar al baño y verse en el espejo, antes de echarse agua al rostro, comprobar lo demacrado que estaba y afeitarse con una navaja sin filo que irritaba su piel. Estaba, sino completamente, lo suficientemente loco como para darse cuenta que lo estaba y seguir así, caminando hacia la locura absoluta, ese espacio privado donde no podrían hacerle daño sus recuerdos. Sin embargo el sol en las mañanas y la luna en las noches le recordaban que seguía en este mundo por lo tanto seguía rodeado de personas, que ella tenía que estar en algún lugar tratando de no hundirse cogida de alguna estrella. Y si algo había aprendido de esos tres meses fríos y solitarios, meses de cafés amargos y poemas crueles, de madrugadas abiertas y humos invisibles, era que el tiempo es relativo y por lo tanto la vida también, pues no somos más que tiempo, no somos más que la millonésima parte de un segundo y nada y todo.

Gracias a la soledad había obtenido las agallas para mirar al mundo de frente y aguantar el golpe, no agachar la cabeza, seguir peleando, caer y sangrar, embestir como los buenos bueyes antes de la estocada final, que para él sería no volver a verla, no morir, sino morir sin antes volver a verla. Sabría saborear el polvo una vez destruido, el polvo de su habitación, el de la calle, el polvo de su ciudad, Lima, el polvo de Perú, de Francia, España, México, sabía que el polvo sabe igual en cualquier lugar del mundo, salvo dentro de uno mismo; entonces volvería a sentirse mal, pero también sabría cómo aliviarse, un buen cigarro y una copa de vino y una que otra visita a los burdeles de los países por donde pasaba en su búsqueda.

José partió a los 22 años, ahora en México, recién llegado hace 48 horas iba a pasar su cumpleaños número 40 y ya no envejecería más, llevaba  puesta una mascarilla, la tuberculosis había hecho estragos en él, había peleado tan bien, sus arrugas tempranas eran sus mayores galardones de una vida llena de sentimientos intensos, de amores oscuros e insondables, de habitaciones rojas y de dinero muy bien desperdiciado. La sombra, que un buen día se acostumbró a su presencia, lo acompañó a recorrer el mundo de la mano.

Saco de su bolsillo y volvió a leer la carta, en ella Fernanda le había dejado otro indicio, era mala, jugaba con José pero los dos estaban de acuerdo con ese juego. Salvo que ahora José ya no podía seguir jugando, y ella lo sabía. Así que este indicio era el último, el definitivo, el que pondría fin a todo el viaje. Ahora las sombras de los dos podrían encontrarse y por fin conocerse.

Él bien vestido, se terminó de arreglar la corbata, había escupido sangre en la mañana pero ahora estaba mejor, se sentía volver a tener 20 años, aunque a decir verdad toda su vida los tuvo. El encuentro iba a darse en la plazuela de algún barrio de Nuevo México. Ella por primera vez esperando, siempre lo amó y también siempre estuvo loca.

Pero nadie llegó. Ella saco de su bolso las últimas cartas que José la había escrito, las cuales llevaba para tener de qué conversar en el encuentro, leyó la última en la que José le contaba donde se quedaría hospedado, enseguida cogió un taxi y fue en su búsqueda. Al llegar al hotel preguntó a la recepcionista por el cuarto 40, ésta le comunico la terrible noticia – Han llevado al señor… umm… déjeme ver… José Mantillo al hospital Riochico, vinieron en ambulancia a llevárselo. – Primera vez que ella oía su apellido, le pareció raro no habérselo preguntado nunca, pero en su locura sabía que eso no importaba, ellos no eran de ese tipo de gente que necesita datos personales ni nombrecitos tontos para amarse. Salió del hotel sin decir nada a la recepcionista, cogió otro taxi que la llevo al hospital Riochico, el más pobre de la ciudad. Llegaron y  tan apresuradamente bajo del taxi que casi olvida pagar al chofer, corrió hacia la puerta del hospital, no tuvo tiempo ni para darse cuenta de los niños desnutridos de alrededor, ni de los vagos, ni de toda la gente pobre a la que ella de alguna u otra forma siempre había evitado, entro al área de cuidados intensivos pregunto por el señor Mantillo ( se le hacía muy raro) – Cuarto 6 señorita – entro al cuarto como presintiendo lo peor, su parte cuerda lo presentía, y no se equivocaba, José estaba con los ojos cerrados, con un respirador artificial, y sus cabellos una mezcla de color negro y gris claro la hicieron derramar lágrimas; sino estaba muerto aún solo era cuestión de minutos. Ella lloraba y lo abrazaba, mientras sus sombras, por fin separadas de ellos, hacían el amor en una esquina del cuarto.

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