Cuando marchan los demonios

118 5 0
                                        

  Fue allí, en ese momento... cuando las sombras lo envolvieron todo.

«Que Dios se apiade de este mundo», «la humanidad está muerta», «¿nos han abandonado?». Esas, y muchas otras eran las palabras que se leían en las calles que entonces nos rodeaban. Las del viejo mundo habían sido borradas por la sangre, que en esos momentos abundaba más que la misma agua.

—¿La han encontrado? 

—No... No hubo ni rastro —respondió Arianna.

—Ya veo... ¿A cuántos perdimos esta vez? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

— A tres. Y William no podrá caminar más.

Miré por encima del hombro de Arianna y lo vi. La sangre que lo cubría lo hacía casi irreconocible. Se hallaba en los brazos de Lester, uno de los compañeros comprometidos con nuestra causa, que con cada intento se habían ido disminuyendo hasta el punto de que ahora sólo quedábamos cinco. Cinco y un inválido. Le pedí que lo bajara y me acerqué; William levantó la cabeza con dificultad y me miró. En aquel momento, observé que la luz de sus ojos se había desvanecido. Parecían opacos, pusilánimes, como si ya no quisieran ver más allá de lo que tenían frente a sus narices. Me di cuenta de que aquel hombre se había rendido, de que el peso de este nuevo mundo lo había aplastado como a un insecto en el momento más crucial. Temí por nuestro futuro y por la voluntad de los que restábamos.

—Hiciste lo que pudiste. —Sostuve su hombro—. ¿No es así?

—Yo... Sólo mátame; nunca estuve hecho para esto.

Lo miré por un segundo más y me descolgué el rosario del cuello para presionarlo contra su frente. Un poco de sangre lo manchó.

—Que Dios se apiade de mí —murmuró William.

—Ojalá fuera así —sostuve, haciéndole señas a Lester, que lo apuntó con su arma—. Pero Dios nos ha abandonado. —Y presionó el gatillo.

A medida que su alma dejaba el cuerpo, el rosario se vestía de brillo hasta que William pasó a ser un cadáver de nada más que carne y hueso que se pudriría al poco tiempo. El brillo se apagó y mi rosario ahora cargaba con el alma de otro compañero, otro caído.

—Nos moveremos al amanecer, es hora de buscar otro refugio —declaré mientras me levantaba y me colgaba de nuevo el rosario. Todos asintieron sin más.

Apenas comenzaba a salir el sol y nosotros ya estábamos en movimiento. Habíamos quemado el cadáver de William; no queríamos dejar rastro. Las calles estaban vacías, repletas de automóviles cuyos dueños probablemente ya no existían. Conseguimos uno con gasolina y nos montamos los cinco que restábamos. Yo estaba al volante y Arianna de copiloto. Aparte de Lester, los otros dos que nos acompañaban se llamaban Mario y Alexis. Este último era nuevo, lo habíamos encontrado escapando de uno de ellos y lo ayudamos a desaparecer. Desde entonces quiso tomar parte en nuestra causa.

—¿Cómo llegamos a esto? —preguntó Alexis con la mirada perdida en las paredes ensangrentadas que íbamos dejando atrás en el camino— Me pregunto si todo está pasando por una razón, si seguir luchando vale la pena.

—Ya te hemos contado un poco de eso —afirmó Arianna.

—Sí, sí, lo sé, los demonios cada vez tienen más terreno y se supone que nosotros debemos encontrar la espada del arcángel Miguel —pausó, como un niño cuando no entiende algo—. ¿Pero por qué? ¿Cómo es que podemos hallar un artefacto así?

—No lo sé... Pero es nuestra única posibilidad —respondí.

—¿Cómo estas tan seguro de que siquiera existe?

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: Aug 22, 2017 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

Cuando marchan los demoniosStories to obsess over. Discover now