Mamá hacía pan para mí y para mis hermanos, mientras nosotros jugábamos felices en la pequeña mesa de madera que papá creó. El olor tan delicioso y perfecto del pan llegó a mis orificios nasales; pero de pronto todo se desvaneció.
-Ismat, despierta. Ya tienes que salir.
-Ya voy mamá.
Me levanté con rapidez de mi dulce catre. Me vestí, y mamá me dio lo que quedaba de agua junto a los bidones que deberé rellenar. Mi hermano vendrá conmigo, así que le di la mayor parte del agua; pero no me gusta que me acompañe porque es peligroso.
Atamos los bidones, ya preparados para la travesía diaria de 10 Km, todo con tal de llegar al arroyo.
Paso tras paso, Abú y yo nos fuimos alejando de la aldea. De pronto comienzo a sentir el rocío frío en mis pies descalsos, me gusta esa sensación me recuerda que sigo vivo y que en la vida hay dolor; pero por ello mis pies estaban llenos de cicatrices y cayos.
Abú en sus pies llevaba unas cosas que hizo hace tiempo. Él creó esas cosas con cuero de un animal que matamos tiempo atrás, lo cortó a medida y con lianas los ató a sus pies. Sin duda mi hermano es muy inteligente.
Llevábamos 1 o 2 Km cuando la oportunidad se presentó. Divisé a unos cuantos metros a un jabalí solitario. Nosotros, ya acostumbrados a la forma de cazar, nos dividimos. Mi hermanito le lanzó un dardo y el animal se distrajo, yo aproveché y salté sobre él, corté su garganta; pero el pobre animal todavía se retorsía. Sin duda sabemos lo que hacemos.
-Ismat, ¡lo matamos! ¡Tendremos algo para comer!
-Sí. Abú llevalo a casa.
Llevo dos años saliendo a cazar y todavía me siento mal al matar pobres animales. El pequeño Abú iba a llevar al animal al pueblo, lo puso sobre una hoja muy grande y comenzó a arrastrarlo.
Cuando el hambre es grande tu haces todo para terminar con el.
Seguí caminando y la sabana se convirtió lentamente en bosque, con enormes monos en los follages de los gigantescos árboles. Cantos de aves de todo tipo inundaban mi cabeza y oídos. Veo, mientras camino, como la luz del magnífico Sol penetra en la frondosa vegetación. Llevo 3 o 4 Km recorridos y la peor parte del día inicia, el medio día. La temperatura comienza a subir. El Sol comienza a ser molesto y, como es normal, comienzo a sudar. Mi piel morena es bañada por el salado líquido.
5 o 6 Km y comienza una subida algo empinada entre lujuriosa vegetación. Se desacelera mi paso y la sed me ataca, el sudor me hace perder líquido. Mi boca se reseca lentamente, esto me hace pensar en comer y recuerdo que hace tres días no como nada. El deseo de volver y provar esa deliciosa carne es cada ves mayor. No estamos en temporada de buena cosecha, la sequía es grande y el arroyo que nos mantiene vivos se esta secando.
7 Km alcanzados, llegué a la sima, desde aquí se puede ver todo. Desde aquí me siento bien, puedo ver todo. La naturaleza es bella. Los pájaros cantan, mis ojos ven un hermoso cuerpo de agua. Es el arroyo, deseo demasiado llegar a ese lugar mágico. No falta demasiado, solo unos pocos kilómetros.
De pronto, de la nada, entre los matorrales sale un animal salvaje. El peligro es grande. Recuerdo mi vida. Moriré como el jabalí. El miedo se apodera de mí. Todo esta claro, moriré. No lograré llevar la tan importante y deseada agua a mi familia. Mi cuerpo no quiere luchar, me quedo inmóvil ante tal animal. La vida se va con rapidez. Moriré, dormiré para siempre.
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7 Km
Short StoryUna historia corta que nos demuestra que la vida es efímera, y que aunque todo se vuelva monotono hay que disfrutar de las cosas sencillas que nos rodean. Esta es una historia que te muestra el otro lado del mundo y te hace entrar en un lugar al cua...
