El Abismo

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—Imagina amar tanto a una persona que todo lo que puedes ver y tocar, te recuerda a ella. Te duele si está sufriendo, te causa incertidumbre cómo lo estará haciendo aún si lo tienes en el otro extremo del salón de clases. —La voz de Jeno era baja, pero no por eso menos firme. El frío viento chocaba contra su cuello y parecía invadirle desde ahí hacia el resto de su cuerpo, a pesar de estar cubierto por varias capas de ropa. Era algún momento de la madrugada, por lo que no podía hacer mucho para conservar su calor. Forzándose a sí mismo para no castañear con sus dientes, continuó. —Sólo piensa en lo mucho que pesa el corazón de alguien que no puede decir libremente lo feliz que se encuentra de estar enamorado; enamorado de una persona fantástica, de alguien con quien quiere pasar el resto de su vida, por más intenso que suene.

Jaemin apretó sus labios con fuerza, notándose a sí mismo temblar con cada nueva palabra que salía de la boca del mayor. Ya había llorado demasiado esa noche, y no pareciera que fuera a detenerse pronto.

—Si me amaras, tú... ¿se lo gritarías al mundo?

—Te amo, Jeno. —Fue su única respuesta, con una voz tan frágil que parecía la más delicada porcelana. Sus manos continuaban entrelazadas en un agarre que nada tenía de cariñoso. Era cruel, y estaba pidiendo una explicación.

—Eso no fue lo que te pregunté.

—No puedo... —Jaemin ni siquiera le miró después de susurrar aquello.

La rapidez con la que ocurrió lo siguiente a sus palabras, fue demasiado abrumadora. El castaño notó una mano hundida en su cadera, mientras otra jalaba su camisa para acercarlo al cuerpo ajeno. Había labios fríos contra los suyos, conectándolos en un beso que sabía a dolor e incertidumbre, con la misma dosis cegadora que Jeno siempre se encargaba de proporcionarle.

Jeno era noche, su cabello azabache se confundía entre la oscuridad que les proporcionaba la intimidad entre las ramas y montones de hojas. Sus dedos quemaban como hielo que mantienes paseando entre tus palmas por pura diversión. Era una nevada nocturna que no podías disfrutar porque no lograbas ver, sólo recibir la helada sensación sobre tu piel.

Se apartó por más que su corazón le rogara que no lo hiciera y golpeara dentro de su pecho, desesperado, dejando tras él la horrible sensación de estar haciendo las cosas mal. Jaemin cerró sus ojos y empujó a Jeno, se resistió a que lo tomara entre sus brazos de nuevo, deseando deshacerse del otro chico cuanto antes.

Al volver a abrirlos, no estaba ahí. Se encontraba completamente solo, y miró hacia el suelo solo para comprobar que era como estar de pie sobre un abismo, donde tu única opción es saltar hacia él y rogar porque no te hagas daño.

Pero Jaemin no lo hizo. Él era un sol, y aún tenía cosas por entender antes de arriesgarse a que su luz se extinguiera.

Jaemin despertó de un salto, el cabello pegado a su frente debido al sudor que la cubría de una manera bastante incómoda. Sin embargo, le importó muy poco, porque lo primero que hizo apenas se dio cuenta que estaba consciente, fue ponerse de rodillas sobre la cama y apartar la cortina cercana a esta.

Observó el paisaje a través de su enorme ventanal: Grandes y frondosos árboles, uno tras otro; te daba la sensación de que podías andar kilómetros y kilómetros, pero jamás dejarías de verlos a tu alrededor. Una imagen calmante y muy hermosa desde el segundo piso en que se encontraba su habitación, pero últimamente estaba harto de ella. No podía hacer nada más que sentarse y esperar.

Fue hace poco menos de un mes que su madre, en un intento por quitarle esa obsesión en contar los días que faltaban para el invierno, retiró cada calendario disponible en la gran casa. No tenía idea del día exacto en que estaban, pero apostaba que eran mediados de noviembre. Porque, incluso si le preguntaba a alguna de las personas que trabajaban ahí, ninguno le quería dar una respuesta exacta.

Soltó un gruñido de frustración, pateando sus sábanas de mala gana para volver a recostarse sobre la cama.

Al diablo con su madre y sus horribles reglas.

Jeno le dijo que volvería el día en que los árboles estuvieran llenos de hielo, en que el susurro del viento helado no le dejara dormir por las noches y en que todo a su alrededor gritara que las festividades se acercaban más que nunca. Él sabe dónde se encuentra, y Jaemin estará atento a su ventana todos los días, a todas horas de ser necesario, porque ya no soporta la soledad en la que se encuentra. Él vería una eternidad pasar frente a sus ojos, las estaciones corriendo una tras otra en una carrera sin fin, sólo si puede encontrarse con él, con su ángel.

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⏰ Last updated: Mar 20, 2018 ⏰

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