Ya entrada la noche, mientras la marea mecía el barco suavemente y cuando no podía consiliario el sueño me encontraba vagando por la cubierta de acero, esperando encontrar un sentido más allá del oscuro horizonte de agua. El olor a agua salada era habitual, tener los zapatos húmedos también lo era, pero tener la mente en blanco no lo era. Me dirigí hasta la popa del barco, aunque en medio del océano la dirección no parecía tener sentido.
-Yo los he visto-
Entre mis pensamientos y la nostalgia, no repare en la presencia de ese viejo sentado a unos pasos de mi. Me acerque un poco, y viendo al vacío le pregunté que era lo que había dicho.
-Yo los he visto- contesto con el mismo tono. Empezaba a creer que lo que decían de él los demás era verdad y no era más que un viejo que había perdido la cordura ya hace mucho tiempo. Creo que lo llamaban " demencia salada" un nombre demasiado coloquial.
Me volví y decidido en regresar siguiendo mis pasos y tratar de dormir un poco, de nuevo hablo.
- Yo los he visto, he visto a los dioses-. Si que estaba loco.
- ¿Y donde los ha visto?, sí me permite preguntar.-
- Están entre nosotros, los he visto caminar entre nosotros. Se esconden a simple vista, lo ven todo a su alrededor siempre maravillados. Tan diferentes de todos nosotros aunque pretenden ser iguales.-
- ¿En serio?- le pregunté sarcásticamente- Los vio caminar entre las personas y después subieron al cielo en un rayo de luz-
- Esos no son dioses muchacho- me contestó entre lo que creí que era una risa y una tos flemática creada por las décadas de fumar tabaco.-
- Los dioses que se encuentran en el cielo, que poseen todo tipo de nombres, que te castigan si no haces o dejas de hacer lo que ellos quieren. No. Esos dioses son producto del hombre. Yo te habló de dioses verdaderos, personas, personas capaces de mover el mundo con su voz y sus acciones.
-¿Porque los llama dioses entonces, sí solo son personas?-
-Sí una persona no puede llegar a serlo, entonces la palabra no debería ser usada.-
Después de eso cayo y no volvió a decir palabra alguna. Su mirada se perdió justo como antes.
No comprendí nada de lo que quiso decir, tal vez ni siquiera se dirigía a mi cuando hablaba. Así entendí que hay personas más perdidas que otras, no en el mundo, si no en sus propias mentes.
