Hacia la tierra volvía la sangre mientras cabalgaba bajo el misterioso manto de Nyx. Preocupado y con el corazón a punto de salirle del pecho, mirándo a todos lados frenético cruzó las angostas calles del pueblo con el diablo sentado sobre sus hombros. La simple idea de que un par de ojos curiosos lo atraparan en plena huída hacía que el aire le faltase, todo por lo que había trabajado se iría rodando precipicio abajo, además seguía teniendo la daga de luna que mantenía frescos sus gritos en busca de piedad atada a la cintura.
Escuchó los pesados pasos de su pata coja en la oscuridad de un callejón, sentía como ese gatuno par de ojos dorados lo observadan desde las penumbras, recorriendo su cuello como cucarachas, penetrando su carne, conciente de todos sus pecados. Sabía que se encontrarían tarde o temprano, pero no tenía intención alguna de parar su recorrido para eso, pensó a medida que jalaba con brusquedad las riendas del caballo para hacerlo avanzar, debía deshacerse de la carga que llevaba espalda. En ese instante reparó en el silencio que lo rodedeaba, cualquier criatura en su situación hubiese estado gritando con toda la potencia que sus poco desarrollados pulmones le hubiesen permitido, quizá se había desnucado por el camino, mejor para él.
Con el camino solamente iluminado por la luna y las estrellas avanzó hacia su destino decidido a terminar con ello de una vez por todas, ya se había alejado de la ciudad lo suficiente como para que nadie escuchara el galope de su caballo a unos considerables 50 metros a la redonda, además nadie vivía hacia esos lares, bueno, a excepción de las gentes del Duque de Rattingam, pero estaba casi seguro de que ellos tenían sus cabañas bastante más al sur. Tomar el sendero del este había sido la mejor decisión, aunque tenía que atravesar el barrio donde se había estado refugiando esa bruja, el cual tenía las paredes llenas de ojos y oídos poco le importaba, no era realmente mucho el efecto que podía causar ese tipo de gentuza a su reputación, además nadie saldría en defensa de esa miserable criatura. De todas formas eso era bastante más soportable que cruzar por el puerto el cuál estaba atestado de borrachos y ladrones a quienes le podría parecer muy interesante el pequeño bulto escondido entre las mantas de una canasta. No necesitaba problemas, no más de los que ya tenía, pero esa noche se acabarían todos y volvería a su tranquila vida.
Luego de haber cabalgado la distancia suficiente para que su ritmo cardíaco se estabilizara finalmente escuchó el llamado de las olas a lo lejos, había llegado al río.
El frío aire nocturo impactaba contra la desnuda piel de su rostro, enviando escalofríos por su columna vertebral, las olas impactaban contra las afiladas rocas de la costa y los árboles bailaban al son de la fuerte brisa. Bajó de la montura de un salto haciéndo uso de la vibrante juventud que poseía, admiró el lugar con sus pequeños ojos oscuros e inspiró profundamente tratando de liberar su mente de cualquier pensamiento, sentimiento que no duró mucho puesto que desde lo más profundo de su mente una pequeña voz interrumpió su momento de paz. Podrás descansar cuando termines, se dijo.
Finalmente avanzó, vacilación presente en sus pasos hasta el pequeño bulto envuelto en mantas y las retiró con la delicadeza propia de alguien de su estatus dejándo al descubierto una pequeña cabecita con unos pocos mechones de pelo coronandola. Aún quedaba la duda de a qué se debía su silencio durante el viaje hasta allí, así que con más cuidado del que se sentía capaz colocó su mano sobre el pequeño del niño, quien conformados por los pequeños latidos de su corazón, se encontraba apaciblemente dormido, y asombrado por el tierno palpitar alli se quedó. Una estrella fugaz cruzó por el cielo, y con ella un pensamiento ¿cómo hubieran resultado las cosas si él fuese otra persona? ¿seguiría a su lado como ella se lo había pedido en una de sus tantas cartas? Dejó escapar un largo suspiro, la verdad era que todo lo que pudiera pensar sobre eso no importaba, nada cambiaría ese horrible momento...solo un pensamiento. Algo anonadado ató el caballo a un árbol cercano y tomó la cesta, caminando encontra del viento hacia el conjunto de rocas más altas.
-Así que la criatura se te ha conmovido.-
La mandíbula del jinete se tensó y respondió sin voltearse.
-Ya te estabas tardando en aparecer.-
-Fuíste tú quien me dejó atrás.-
-Tengo cosas más importantes que hacer que malgastar mi valioso tiempo hablando contigo.-
-Es tu hijo, lo sabes ¿verdad?-
-No lo es, yo no tengo hijos. Esta es una criatura del diablo y por eso voy a acabar con ella.-dijo finalmente volteando a ver ese fijo par de ojos dorados.
-No te pedí explicaciones, eso que dices son puras excusas, sigues siendo tan burdo como una vaca. -respondió este.
-¿Qué te crees para venir a insultarme de ese modo? Déjame solo para terminar mis asuntos.-
El dueño de los ojos de oro, un hombrecito bastante anciano y arrugado de cara chata, con una pata coja y la ropa hecha jirones negó lentamente con la cabeza, con aires de que cualquier realizar movimiento le costaba un gran esfuerzo.
-No lo harás, eres muy débil para ello. Aunque también muy estúpido para darte cuenta de que no necesitas hacerlo.-
El menor de los hombres infló su pecho intentando mantener su orgullo firme ante los ataques del anciano, pero era inútil, sabía que podía leer fácilmente todo lo que le pasaba por la mente.
-Ya lo he hecho con ella.-respuso triunfante, con los dientes saliendose de la boca como a un perro rabioso para luego cambiar a un tono burlón.-¿Ah si? ¿Y cómo sugieres que me deshaga de este problema sin hacerlo?
-Quedándotelo.-
-Estás loco, de verás lo estás.- rodó los ojos y retomó su escalada por las rocas con el crío en brazos.
-Puede serte de utilidad. Los aldeanos y nobles pensarán bien de ti por adoptar a un pobre niño huérfano y llevarlo por el buen camino. A las mujeres les encantará, y bien sabes cuanto poder tienen algunas en sus maridos.-
Las palabras del viejo lo hicieron detenerse en seco, aunque no le gustase admitirlo él tenia razón, podría usar ese problema a su favor, además tendría un pequeño siervo por el resto de su vida. Podría serle bastante útil. Dirigió la vista hacia el pequeño cuerpo que sostenía entre sus brazos al sentir como una pequeña manito aprisionaba uno de sus dedos con fuerza. Suspiró y cerró los ojos, era un pecado menos con el que cargar hasta el cielo, y aunque a él todo le fuese perdonado, sabía que el anciano no desaprovecharía la oportunidad de torturarlo con ello por el resto de sus días. Bajó de la roca cuidadosamente y depositó al niño de nuevo en su canasta, quien sorprendentemente no se había despertado.
-Más vale que funcione, o no será solo un cuerpo el que arroje a estas aguas.-
El anciano soltó una carcajada llena de sorna y negó con la cabeza.
-Ya desearías poder deshacerte de mi.-
-No siempre fuiste tan horrible.- comentó el joven volviéndo a su montura.
-Tú me haz convertido en todo lo que hoy ves.-
