las solitarias calles del soho
Son tapadas por los velos de la noche,
El escondite perfecto de camellos
Ladrones y rameras.
Al final de esa calle sostenida por dinteles y orines, se encuentra una luz pequeña, multicolor y vigorosa
que lanza haces de arcoiris como saetas.
Una puerta rebozada en titanlux enmarca los destellos tímidos de una bombilla roja, y como un acomodador te recibe un hedor a podredumbre y humo de colillas sostenidas por cadaveres vivientes.
Al acecho esperan las rameras, que en contra de su voluntad se avalanzan como hienas en carroñas por tan sólo mantener su propia vida.
Al fondo se ven ancianos cuyas manos huesudas y encurtidas acarician con ternura y un enfermizo deseo la jovialidad de una mujer eslava.
Tambien revoloten rameras viejas y feas aunque sabias, que aprovechándose de la soledad y enfermedad de los hombres, rasgan raudas y hábiles el cuero de sus carteras.
La peor de las criaturas son los clientes, negreros del siglo xxi, personas que compran el cuerpo de otras personas, personas que quieren comprar el vigor y la belleza que ya han perdido sus frías y marchitas vidas.
