MANICOMIO

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MANICOMIO

"Cuando un loco parece completamente sensato,

es ya el momento de ponerle la camisa de fuerza".

-Mire, usted, señora- le decía con voz agrietada aquel hombre- yo no estoy loco para que me quieran meter ahí, en ese chiquero de recuerdos hechos polvos y que deambulan por los pasillos a cualquier hora, aparte del tufo interminable a medicinas y otras sustancias del demonio, que se le pegan a uno en el pellejo, y por más que uno se pastee una y otra vez no sale...no sale.

El hombre se levantó y golpeó con su puño la mesa: "¿usted piensa que yo no sé lo que es el manicomio? Es como visitar una tienda de desconsuelos y más cuando lo dejan a uno ahí tirado, olvidado, muerto en vida, te pasan el cerrojo del olvido y te obligan a desayunar, almorzar y cenar los restos de soledades y abandonos". El hombre volvió a sentarse y miraba fijamente a aquella mujer.

-Pero es lo mejor para usted- trataba de convencerle ella- y en todo caso...

- ¡Le digo que no! - le dijo en tono cortante- yo no iré ahí señora. No y no. El hombre movía la cabeza de un lado a otro, negando y odiando. "Yo vi cuando se llevaron a Nacho Boronas. Andaba con un balde vendiendo unos nacatamales y como le dio ganas de cagar se metió al patio de la Colindres y se quitó toda la ropa. Los chavalos que jugaban ceca le vieron toda la jugada y se asustaron; la policía llegó y se lo llevaron. Luego lo dieron por loco y lo mandaron allá al kilómetro cinco. Yo lo fui a ver varias veces. El manicomio lo volvió loco, porque él no era loco" contó el hombre.

Edison, como decía llamarse, se negaba a aceptar su condición esquizofrénica que en años anteriores le causó muchos problemas, como aquel día de julio que en plenas fiestas patronales se fue a meter al bar "Las dos hermanas", y arremetió con todo contra un hombre que se encontraba en una mesa disfrutando de una cerveza. Edison le dejó ir un botellazo en la cara, que le partió la nariz y le arrancó dos piezas dentales que cayeron al suelo mientras un grupo de alegres mujeres bailoteaban al compás de una cumbia chinamera con un viejito rabo verde y en medio del alboroto se pasaron llevando los dientes caídos y los patearon hasta perderse. El golpeado ni tiempo de capearse tuvo. Posteriormente Edison afirmaba que una dulce voz lo indujo a «quebrale la vida a ese desgraciado que quiere matarte a la salida del bar. Adelantátele vos".

La mujer que estaba con Edison era una doctora. Trataba de convencerlo de que la mejor solución a su situación era la cruda resignación de internarse y aceptar el tratamiento que le ofrecía el hospital psiquiátrico. Era una mujer de huesos menudos y firmes, cabellera larga y rizada, de tez canela y unos ojos marrones. Vestía un pantalón kaki y una blusa roja que le resaltaba los atributos de manera salvaje.

-Mírelo por el lado bueno para su familia y usted- seguía tratando de convencerlo. Pero Edison no dejaba de ver su muñeca de la mano derecha. "¿Qué miras?" le dijo ella. Edison no respondía y más bien movía de forma agitada los pies. La doctora le repitió la misma pregunta. Edison no respondió. Hubo un silencio temporal.

-Este reloj anda malo- dijo Edison luego de un rato- las agujas giran al revés. Edison le mostraba la muñeca a la doctora. "Este reloj anda malo y es el único recuerdo que tengo de mi padre desde el día que se fue a la guerra y jamás regresó a la casa. Luego mi madre nos abandonó con mi tío Javier, a mi hermano menor y a mí. Ella se fue con un hombre, dicen, y tampoco volvió por nosotros. Este reloj anda malo: está regresando el tiempo y no quiero que regrese el tiempo" mascullaba Edison. Con un frío repentino, Edison se abrazaba a sí mismo y unas lágrimas empezaban a correr pos su cara demacrada.

- ¿Y por qué no quieres que el tiempo regrese? - preguntó con un tono curioso la doctora.

-Mi tío Javier golpea. Y golpea fuerte. A mi hermano lo metía a un cuarto y salía todo sudado de ahí luego. ¡Mire este reloj, doctora! Está regresando el tiempo y yo no quiero volver a casa de mi tío. La doctora volvió con su tono acechante: "¡Por lo mismo, Edison, aceptá el tratamiento, hombré!

¡Ya le dije que no! - respondió con furia- Esta es mi casa, esta es mi sala, mis sillas, mis retratos, mis cortinas estampadas de flores, mi mundo. Yo no estoy loco. Usted está loca. El mundo está loco. Hasta el presidente está loco. Y aquí nadie va a venir a decirme que estoy loco, porque no lo estoy, ni tampoco a tratar de convencerme que abandone lo que es mío y me lleven a un sanatorio de animales... ¡No!... No me va a pasar lo de Nacho Boronas.

Edison se levantó de su silla y la tiró contra la pared. Arrancó de un solo tirón las cortinas que embellecían aquel cuarto solitario, se arrancó el reloj y lo lanzó contra la pared también, los pedazos salieron volando por los aires como cuervos despiadados. En un movimiento rápido, Edison se abalanzó sobre la humanidad de la visitante con unos deseos voraces de arrancarle la cabeza. En un salto, cayó encima de la mujer, con su rodilla izquierda y huesuda, la inmovilizó. Edison le apretaba el cuello con fuerza. La mujer empezaba a perder la respiración, un mareo repentino le daba vueltas por el cerebro. Sintió la muerte.

Ya miraba negro la doctora cuando de pronto dos hombres corpulentos sujetaron sorpresivamente por detrás a Edison y lo inmovilizaron. Edison era un toro para brincar y les costó aquietarlo a los hombres. Un babasal le salía por los lados de la boca.

- ¿Con quién peleas, amigo? - le peguntó uno de ellos, mientras el otro le ponía una inyección. Edison callaba, buscaba a la doctora por todos lados, en aquel cuarto que de pronto se puso gris, que no tenía una sola ventana. Se miró a sí mismo: descalzo, con los pies agrietados, con una barba ancestral llena de piojos, con las manos ásperas. A como pudieron, los hombres lo subieron a una camilla toda destartalada, pero que al menos le servían las pequeñas ruedas, lo amarraron fuertemente, y Edison seguía con su cabeza buscando a la doctora.

-¡Juro que aquí estaba esa mujer que me quiere llevar al manicomio!- empezó a gritar- Yo la vi...Yo la vi...Aquí estaba...La quiero matar...Yo la vi.

-Calmate, viejo- lo reprendió uno de los hombres- Aquí no hay ninguna mujer. Pero Edison no se sentía convencido. "Me amarran porque saben que yo la vi. ¡Putaaaaaaaá! Yo sé que aquí estaba. Andaba de blusa roja. Yo la vi" gritaba sin para Edison. En un último vistazo, Edison buscaba sus cortinas, su reloj quebrado, buscaba la luz que él miraba refractarse por el vidrio de la ventana de su cuarto, por donde contaba en horas de aburrimiento todos los autos que pasaban por la calle, y los clasificaba en inútiles o útiles, y anotaba el número de placa en una libreta rosa, y en donde también anotaba lo más relevante de su día. Pero ahora ya no estaba la ventana. No había calles ni autos. "Llevátelo" ordenó uno de los hombres al otro. La inyección empezó a hacer efecto y Edison poco a poco se iba quedando dormido. Respiraba como un buey cansado ahora. Resoplaba lentamente. El hombre se llevó la camilla con Edison a lo largo de un pasillo de ladrillos blancos y curtidos, donde las bujías de pronto tiritaban en aquel lugar lúgubre. Cuando llegó al final del pasillo el hombré dobló a la izquierda. Desde la puerta del cuarto el otro hombre vio toda la trayectoria por donde se llevaron a Edison. De entre sus bolsillos sacó una cajetilla de cigarro. Era el último que le quedaba. Lo encendió. Pego un sorbo y escupió a un lado. Entró a la habitación. Levantó la única silla que había. Y la vio: ahí estaba la doctora, sentada en el rincón de la habitación, en una de las esquinas, con la cabeza metida entre las rodillas, en posición fetal. Lloraba. Ella alzó a ver al hombre. Estiró su mano cerrada. El hombre la quedó viendo. Ella abrió su mano y en la palma estaba un reloj negro, intacto, que giraba en sentido contrario las agujas. El hombre se acercó y lo tomó.

- No se preocupe mi reina- le dijo, mientras se ponía el reloj en la mano derecha-Espéreme aquí. Cuando salga de turno, yo vendré por usted. El hombre le pegó el último guiñón al cigarro, tiró la chiva al piso y la apagó con su zapato. De largo le lanzó un beso a la doctora y cerró con llave y candado aquella fría habitación.

Omar Alí Moya García.

2017

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⏰ Last updated: Jul 24, 2017 ⏰

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