Prólogo

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Los barcos lo mareaban. Le daban ganas de vomitar y dolor de cabeza.

Sabía que si salía a la cubierta, estaría nevando. Y que el aire helado lo despejaría. Le había ayudado en el viaje de ida, pero esta vez no se movió. Temía vomitar si lo hacía; los nervios no hacían maravillas en su estómago.

No era la primera vez que se arrepentía de haber ido, pero ahora las consecuencias de lo que había hecho empezaban a tomar forma en su cabeza. Todavía estaba tumbado en el diminuto camastro de la litera que compartía con Liam. No había pegado ojo.

Su hermano se inclinaba sobre un mapamundi pobremente dibujado sobre la parte de atrás de una vieja caja de cartón desarmada.

-¿Has visto las brújulas? Se vuelven locas con el polo norte, eso me han dicho... pero las agujas siguen quietas, y tampoco se movían en el viaje de ida, así que...

Harry realmente no estaba interesado en el polo norte magnético. El nerviosimo y el frío no obraban maravillas en su humor.

-Las brújulas no funcionan -dijo con cansancio.

-Están volviendo. Si vamos al este, las agujas se moverán.

-Si vamos al este, la corriente agarrará el barco y nos hundiremos.

Liam se rascó la cabeza. Dejó caer el lápiz.

-¿Qué te pasa?

-¿A mí? Oh, nada. Que llevo semanas caminando y cazando alimañas y oyendo quejas, y cargando con toneladas de cosas, el viaje ha sido inútil, esa gente es surrealista y absurda, y este barco es la maldita guinda del pastel.

Liam se encogió de hombros.

-No ha sido inútil. Tenemos las medicinas, sólo que son menos de las que esperábamos. Y te ofreciste para venir. Querías impresionar a Gala.

-No quería impresionar a Gala -gruñó-. Sólo quería ver algo que no fuese el mismo páramo helado que llevo viendo toda mi vida.

Liam se encogió de hombros.

-¿Y qué has visto? -dijo con sarcasmo-. ¿Ha valido la pena? ¿Has aprendido algo?

Harry soltó un gruñido y se dio la vuelta para darle la espalda a su hermano.

Había aprendido muchas, muchas cosas de esa tribu.

Sabía que vivían bajo tierra, en cuevas y túneles conectados. Sabía que llevaban ropa que parecía de papel, porque el frío no llegaba a sus casas. Sabía que tenían metales, máquinas, que sacaban piedras, cristales y tierras de colores de las entrañas de la tierra. Sabía que nunca se transformaban, que los ancianos ya no recordaban de qué color eran sus lobos y que los niños ni siquiera habían aprendido a hacerlo. Sabía que era una tribu rica, y que los consideraban poco menos que animales.

Sabía que guardaban secretos. Sabía que estaba en un aprieto.

Un sudor frío le recorrió la espalda,

-¿En serio no podíais hacer vosotros esas medicinas? -dijo con la boca seca.

-No tenemos con qué. Ellos tienen hornos, laboratorios. Aparatos de metal. Eso dicen. Nosotros ni siquiera sabemos cómo mezclan algunas de las medicinas.

-¿No pueden daros la receta?

Liam soltó una carcajada.

-Evidentemente no. Prefieren estafarnos cada vez que necesitamos medicinas, hacernos recorrer el océano para llegar hasta allí y luego exigir cosas que no hemos traído. Así funcionan las cosas. Probablemente ni siquiera podríamos hacerlas aunque supiéramos los ingredientes.

Harry frunció el ceño.

-No parecen muy avanzados. Viven bajo tierra como los topos y lo único que hacen es torcer el gesto como si oliesen mierda. ¡No se transforman, Liam! Y pretenden dejarnos a nosotros de imbéciles.

Liam meneó la cabeza.

-Llevan muchas generaciones sin hacerlo. Dicen que es salvaje y primitivo.

-Es la mayor sarta de tonterías que he oído en mi vida. ¿En serio hacéis tratos con esta gente?

-Hacemos. Y deja ya de quejarte. ¿Qué te ha dado de repente?

Harry le frunció el ceño.

-Creo que he colapsado por oír demasiadas tonterías -dijo con sarcasmo, y se dejó caer de nuevo sobre la cama. La había cubierto con las pieles que habían traído para abrigarse en el tramo más frío, pero el aire helado se colaba en el camarote por las rendijas de la madera y los hacía temblar igualmente.

Liam chasqueó la lengua.

-Son ricos -dijo con aspereza-. Pueden permitirse creerse superiores. Tienen metales, piedras, máquinas.

Soltó un bufido.

-Si fuesen tan ricos, saldrían a la superficie en vez de vivir en esas casas de topos.

-No viven en dos cuevas conectadas, Harry. Hay galerías y caminos y sitios grandes donde puedes correr. En verano, usan unos espejos y llevan la luz del sol al centro de la tierra.

Harry no se movió. 

-No he visto nada de eso -mintió. 

-Claro que no. -Liam sacudió la cabeza-. No has visto nada. Apenas hemos visto una pequeña parte de lo que ellos nos dejan ver.

Harry puso los ojos en blanco al oír su tono condescendiente.

He visto más cosas de las que crees.

Se levantó. Le dolían los huesos por el frío húmedo y de todas formas estaba harto de dar vueltas.

Su hermano levantó la cabeza.

-¿A dónde vas?

-A la cubierta. Necesito estirarme.

-No podemos transformarnos en el barc...

-Ya lo sé. Sólo voy a respirar un poco.

Liam entornó los ojos, pero no dijo nada. Harry dudó en el umbral de la puerta.

-...Liam.

-¿Hm?

-¿Crees que llegaremos a tiempo? -murmuró. Su hermano se giró para mirarlo.

-¿A tiempo?

-Con las medicinas. ¿Crees que... llegaremos a tiempo de salvarlos?

Liam suspiró. Se encogió de hombros.

-No merece la pena preocuparnos ahora -dijo con seguridad-. Lo sabremos cuando lleguemos. Ahora sólo queda rezar.

Harry tragó saliva y asintió. Se ajustó bien la ropa antes de salir y encaramarse por las eternas escaleras de madera que subían hasta la cubierta del barco. Gritos, risas y golpes se oían y se entremezclaban desde los demás camarotes. Le dolía la espalda.

Sólo queda rezar.

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