Capítulo 2 - Mi odisea (parte 1).

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Al ver dormir a la criatura, el gran toro no pudo evitar que de su rostro se le escapara una amplia sonrisa llena de ternura y melancolía

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Al ver dormir a la criatura, el gran toro no pudo evitar que de su rostro se le escapara una amplia sonrisa llena de ternura y melancolía. Por un momento dejó volar su imaginación:

— ¿Qué se sentirá tener una familia? —dio un profundo suspiro—. Seguramente jamás lo sabré. Al final de cuentas, fui yo quien decidió esta vida. ¡Ahora no te quejes Aldebarán, y compórtate como lo que eres!

El ser se removió un poco.

— Creo que deberíamos ir a descansar —levantó la canasta y la llevó consigo hasta su habitación—.  ¿Y ahora qué? —el santo de Tauro no tiene ni mínima idea de cómo se debe tratar a un bebé, así que usando su lógica de un antojo vespertino ligero, se hará cargo el tiempo que dure en el Santuario, que espera no sea tanto.

— Sé que puedo hacer esto —se dijo entusiasmado—. Bueno, si estas en esa canasta, entonces ésta servirá como tu cuna, así queee, te dejaré aquí —colocó la canasta a un lado de su cama, pero sobre el suelo—, y me imagino que aún no sabes usar el baño, entonceees, dejaré esto a un lado —colocó unas cuantas hojas del periódico que estaba leyendo en la mañana junto a la canasta— ¡Listo! Oh, falta algo —esta vez, acercó un rollo de papel higiénico— ¡Ahora sí! Buenas noches, bebé.

Estaba por acostarse hasta que...

— ¡Buaaa! —la criatura comenzó a llorar.

—¿Qué te ocurre?, ¿te duele algo?, ¿tienes hambre?, ¿quieres whisky?

— ¡Buaahaahaa!

— ¡¿Qué te ocurre?! —en un intento de desesperación, Alde tomó al bebé en brazos, acción que le costó un poco, ya que sentía que se le rompería con facilidad en cualquier momento—. Bien, ya te ten-go. ¡¿Dónde está tu cabeza?! ¡Oh, no! ¡Ya lo descabecé! ¡¿Qué clase de ser humano tan despreciable soy?!

— ¡Buaaa...!

— ¿Cómo puedes llorar sin cabeza? Espera —separó al infante de su cuerpo, dándose cuenta que lo abrazó al revés—. ¡Ay!, casi me da un infarto —respiró aliviado—. Esto será más difícil de lo que creí.

El bebé de pronto se calmó un poco, ya que Alde había logrado abrazarlo de una manera menos extraña que la anterior.

— ¿A caso quieres dormir en mi cama? —el ser tenía los ojos entrecerrados—. Bueno, pero sólo hoy, ¿está bien? —se acostó en la cama y puso al pequeño bulto a su lado. Comenzó otra vez.

— ¡Buaaa...!

— ¿Qué ocurre ahora?

— ¡Buaaa...!

— ¡Shhh! No queremos que los demás se despierten —lo tomó en brazos y lo colocó boca abajo en su enorme pecho, lo que hizo que el bebé se acomodara mejor, comenzando a ceder ante el sueño y el cansancio—. Buenas noches, enano.

En la mañana muuuy temprano...

— ¡Buaaa!

El guardián de la segunda casa estaba saliendo del baño cuando el bebé comenzó a llorar de nuevo. Se le veía muy cansado y con enormes ojeras. En serio ésto no era lo suyo.

— Me voy cinco segundos y ya estas llorando.

— ¡Buaaahaa!

— ¿Ahora sí quieres whisky? —por un momento, el llanto paró, sustituido por pequeños pugidos y acompañado de muecas que indicaban que el bebé buscaba alimento.

— Ah, tienes hambre. Y ¿qué comen los bebés? Eso lo averiguamos en el desayuno. Ven acá —ya estaba dominando eso de cargar al bebé, y se sentía orgulloso por ello.

Llegó a la cocina.

— ¿Qué te gustaría desayunar? —el pequeño, seguía pujando y haciendo pucheros. Siempre manteniendo los ojos cerrados—. Oye, ¿tienes dientes? —abrió un poco la boca del infante, percatándose que no los tenía— ¡Rayos! Entonces, ¿cómo comerás? —pensó por un momento, luego abrió el refrigerador—. ¡Genial! Aquí hay leche, pero ¿te gusta fría o tibia? —el niño seguía con sus pucheros—. Está muy fría. La calentaré —prendió la estufa y en un recipiente vertió la leche—. Luego de que hierva, tenemos que esperar a que baje un poco su temperatura, no me gustaría que te quemaras la boquita.

Pasado un corto rato.

— ¡Ya está!, ¿en dónde la pongo para que la bebas? —no se le ocurrió nada ingenioso, así que utilizó una bolsa de plástico limpia y le hizo un pequeño orificio, acto seguido se la ofreció al niño que con desesperación comenzó a beber como podía de ella.

Con un brazo y con ayuda de su cabeza, sostenía a la criatura mientras se alimentaba y, con su mano libre desayunaba.

— Creo que eso estuvo, ¿bien? —dejó lo utilizado en el fregador y le retiró la bolsa vacía al pequeño, que ya se encontraba dormido nuevamente.

— Ahora, ¿cómo haré para llegar a Rodorio sin que los demás se den cuenta de tu existencia? —observaba al bebé recargado en su hombro.






















12 hombres y un bebé (Caballeros Del Zodiaco)Stories to obsess over. Discover now