6- Llegada a puerto

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Hoy hace cuatro días que embarcamos, y está previsto llegar a puerto. Hay un excursión programada para visitar la ciudad en la que pasaremos la noche, pero ni Estela ni yo iremos, y tampoco Valery, entre otros, porque preferimos ir a nuestra bola.

Después de comer, nos avisan de que ya se divisa la costa, y salimos fuera a mirar, aunque queda cerca de una hora para llegar a puerto.

Lo cierto es que después de tres días sin ver, al mirar al horizonte, nada más que agua, se hace raro ver tierra, pero la vista es preciosa.

-Llevamos cuatro días de crucero, y aún no nos hemos bañado en el mar, resulta irónico- Comenta Óscar, cuando ya hemos llegado a puerto, y estamos observando la ciudad desde la rampa.

-Pues eso no durará mucho- Contesta Estela que, en cuanto baja la rampa que conduce a tierra, se dirige a la playa más cercana.

Al acercarnos, vemos que es de aguas cristalinas y arenas suaves y blancas.

Dejamos las toallas en la arena, y vamos todos al agua.

Somos muchos más chicos que chicas, y ellos nos arrastran a la zona donde el agua les llega al cuello que, por alguna extraña razón, para ellos es más cómoda para detenerse a charlar que la zona donde el agua les llega al pecho.

Tengo que añadir que, dado que todos los chicos son altos, la zona donde a ellos el agua les llega al cuello, a Estela y a mi nos cubre por completo, y a Valery le llega a la frente. Es más alta que nosotras, pese a tener menos edad.

A ellas les importa bien poco, porque se han agarrado al cuello de algún chico (Valery al de Óscar), y no tienen que hacer esfuerzo alguno por mantenerse a flote, pero yo sí, y a los diez minutos estoy exhausta, y pensando en volver a la arena, ya que la conversación no me interesa lo más mínimo, pero no me apetece estar sola.

Me dejo hundir un rato después de coger aire, para descansar.
Al salir a la superficie, me encuentro con los ojos de Adam, de un azul más intenso que el del cielo.

-¿Estás bien?- Me encojo de hombros.

-Cansada, yo no toco el suelo, como vosotros...- Sonríe y extiende los brazos hacia mí.

-Ven, anda- Después de pensarlo durante un momento, accedo. No le hará gracia a Estela, pero es muy fácil molestarse cuando no te estás ahogando.

Me acerca hacia él, y hace que rodee su cintura con mis piernas. Oh, Dios... No esperaba una posición tan... Íntima. Sólo estamos en bikini y bañador.

Pero ahora no puedo hacer nada. Me abraza por la cintura, sujetándome bien, y continúa la conversación con el resto de chicos por encima de mi hombro.

Apoyo la cabeza en su cuello, y cierro los ojos, escuchando el sonido del mar y la voz de Adam, que tapa las de los demás.
Además, él traza dibujos por mi espalda con sus dedos.
La verdad es que se está muy bien aquí.

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Abro los ojos lentamente, olvidando por un segundo dónde estoy.

Luego siento los brazos de Adam a mi alrededor y me siento bien de nuevo. Me he dormido, no sé cuánto tiempo, pero no creo que haya sido mucho, si él no se ha dado cuenta.

Todavía están todos en la misma posición que cuando los vi la última vez. "¿De qué están hablando para entretenerse tanto sin moverse?" Entonces escucho un momento.

-Pero ese tío no vale nada, no tendrían que haberle pagado esa millonada por meterlo en el equipo, no han ganado más veces que cuando no estaba- Estaba diciendo el chico que estaba sujetando a Estela. Ella se veía frustrada, no le estaba prestando la atención que le gustaría.

Valery tampoco parece divertirse demasiado, mientras juguetea con el pelo de Óscar.

Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando una brisa fría nos encuentra. Está atardeciendo y, aunque no hace frío, al haber estado tanto tiempo quieta, y mojada, la piel se me pone de gallina.

Necesito moverme. Me separo de Adam, y las partes de mi piel que permanecían calientes al estar pegadas a la suya, ahora se congelan al contacto con el agua.

Adam me mira, los demás se callan. Todos esperando que diga algo.

-¿Cuánto llevamos aquí?- Ha debido de ser más tiempo de lo que pensaba, si el sólo hecho de que me mueva yo hace que todos guarden silencio.

-Cerca de una hora- Me contesta Valery, sin siquiera mirar el reloj. Ha debido estar tan aburrida que contaba los minutos.

-Vale, me voy a nadar un rato. Me estoy congelando- Anuncio mientras me giro hacia lo profundo del mar. Doy un pequeño bote, flotando boca abajo, y comiendo a mover brazos y piernas.

Pronto el frío desaparece, y mis piernas, brazos y respiración, se acostumbran a un ritmo constante.

Las aguas son tan transparentes que, aún estando a siete metros por encima del fondo, lo sigo viendo.

Entonces me doy cuenta de que los demás me han seguido. Bueno, lo están haciendo, porque no me han alcanzado.

Hasta que llegan, sigo mirando el fondo. Hay arena blanca, y algunas algas, pero además, hay muchos peces, de muchos colores. Es precioso.

-¡Mira eso!- Grito, emocionada- Es una manta.

Acabo de ver una nadando sobre el fondo del mar, alejándose hacia aguas más profundas. Nunca había visto una de cerca.

-¿La has visto?- Le pregunto a Adam, que es el que nada más rápido, y el que llega primero.

-Sí, pero seguro que tú no has visto el tiburón- Me contesta.

-¿Qué?- Exclamo, nadando hacia él lo más rápido que puedo. Él se ríe.

-Tranquila, es un pececillo de este tamaño- Marca con sus manos unos 50 centímetros, luego señala hacia el fondo- ¿Lo ves?

Miro donde me indica, y es cierto, es una de esas especies de tiburón en miniatura, o algo así. Aun así no me fío.

Ya sé que cada año muere más gente por culpa del corcho de una botella de champán que por tiburones, pero seguro que hay muchísima más gente cerca de una botella de champán que de un tiburón.

Empiezo a nadar de regreso a la costa, y hacia los otros del grupo, al mismo ritmo que antes.

-Por cierto- Me dice Adam cuando nos detenemos junto a los otros, a unos cinco metros del fondo marino- Nadas muy bien.

-Gracias, tomé clases de natación de los 5 años a los 15- Respondo, encogiéndome de hombros.

Estamos un rato nadando, buceando y charlando (esta vez una conversación mucho más entretenida que antes) Y luego, salimos a la arena. Uno de los chicos ha traído unas palas y un balón de voley.

Estela se tumba en la arena, intentando broncear su piel con los pocos rayos de sol que quedan, "Como si en el barco no tomase suficiente sol" Pienso, girando los ojos.

Valery y yo cogemos las raquetas, y el resto se ponen a jugar a voley. De vez en cuando alguno de los de voley se cambia con nosotras, y así no estamos todo el rato haciendo lo mismo.

Cuando anochece, volvemos al barco para ducharnos y cambiarnos de ropa.


CruceroWhere stories live. Discover now