1. Mi Whatsername

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–¡Ya es hora de levantarte, Nath! Llegarás tarde a la escuela si no te levantas en este momento –La voz de mi madre retumbaba por las paredes de mi habitación y me hacía querer seguir acostado en mi cama y no ir a la escuela–. ¡Hoy es tu primer día en este nuevo instituto y tienes que llegar temprano!

–¡Es lo mismo que dices cada año!

–Lo sé, pero esta vez es diferente. ¿Sabes por qué? – Negué con la cabeza mientras me espabilaba –. Porque después de 10 años por fin hemos vuelto aquí.

Oh, cierto. Ya no estoy en Alemania (que es el lugar donde nací) estoy en París, otra vez.

–¿Y eso que tiene de bueno? Ya no he hablado con ninguno de los amigos que tenía a los... ¿5 o 6 años?

–Sólo tenías uno, cielo. Ese lindo niño rubio.

–Si, gracias por recordármelo –Dije rodando los ojos mientras me levantaba de la cama –. Ahora sí me disculpas debo darme un baño.

Mi madre salió de la habitación y yo tomé un pequeño gato de peluche. Mi Sr. Pez, el único recuerdo que tengo de aquel chico. Entré con el al baño y lo deje en el lavamanos mientras me desvestía y bañaba.

Si me empeñaba a fondo podía verlo sonreírme y diciendome aquel apodo tan infantil (producto de no saber pronunciar mi apellido).  Tenía unos ojos verdes hermosos que asemejaban a lo verde del pasto o a las hojas de los arboles. Más de una vez he querido pintarlo, pero mi memoria me ha estado fallando y cada vez que lo intento todo se nubla y lo olvido.
Me encantaría verlo una vez más.

Terminé de arreglarme y salí de casa con mochila en mano. Mi nuevo instituto no está muy lejos de casa así que no tardaré en llegar. En el camino vi a muchas personas curiosas, pero ninguna como aquella chica que dejó caer una caja de pasteles por ayudar a un anciano o el chico rubio que ayudó al mismo anciano.

Ese rubio me parecía conocido y creí que estaría en el mismo instituto que yo, pero se subió a una limusina y no lo volví a ver en todo el día.

Entré a la escuela y busque mi salón. Lo encontré y al parecer fui el primero en llegar. Me senté hasta arriba y por suerte un chico mucho más grande que yo se sentó frente a mi. Me saludo con la mano, le sonreí y devolví el saludo.

Saqué mi cuaderno de dibujos y comencé a dibujar aquella chica con el cabello color azabache. Justo cuando la estaba terminando ella entró por la puerta. No me había dado cuenta de que el salón ya se había llenado y ella comenzó a pelear con otra chica rubia y con otra con el cabello naranja.

Esta última parecía sólo seguir las órdenes de la primera. La azabache parecía odiar a ambas con ganas. Después de ver la pelea decidí analizar a mis compañeros. Una chica con el cabello de dos colores parecía demasiado emo, otra chica rubia pero más bajita parecía haber sido sacada de una historia con final feliz, una chica con el cabello rosa parecía ser más chico que chica, un tipo con cabello bicolor se veía bastante fuerte, una chica con lo que parecían ser rastas se veía muy miedosa, y podría seguir pensando en cada uno de ellos pero no me apetece.

Ahora intente dibujar a aquel niño. Aunque lo hice sin éxito y termine arrancando la página y haciéndola bolita.

–Hola, ¿Tú eres el nuevo? –Preguntó la princesita.

–Si, eso creo. Me llamo Nathanaël.

–Yo soy Rose. ¡Es un placer conocerte! –Dijo con una voz chillona mientras me abrazaba.

–Y yo soy Juleka, no me gustan los abrazos –Dijo la que parecía emo.

Correspondí el abrazo de Rose y le sonreí a Juleka. Hablamos de mí y de ellas, les platique sobre mi vida cambiando de ciudad entre otras cosas. Llego la profesora y comenzó la clase.

La verdad fue un día muy aburrido hasta que uno de nuestros compañeros enloqueció de furia y se transformó en un gigante de piedra.

Salí corriendo de la escuela hasta llegar a mi casa y le conté a mamá. Ella me dijo que todo estaría bien y me mando a mi habitación. Al final del día el monstruo había sido derrotado por unos "nuevos superhéroes", no sabía que en París ocurrían estas cosas.

Dibuje a aquellos héroes y me dispuse a hacer la tarea, ya que dormí durante toda la tarde. Cuando termine la tarea me acosté en mi cama y mire el techo  durante un rato, me puse los audífonos y puse mi música en shuffle. La primera canción que sonó fue "Whatsername".

Comencé a pensar en aquel niño rubio. En su sonrisa, su cabello, sus ojos, sus manos... En la última vez que nos vimos. Tomé instintivamente aquel gato de peluche y lo abracé.

¿Se puede hablar de amor a los 6 años? Porque es la edad que tenía cuando lo conocí y lo deje de ver. El día que me fui fue cuando me regalo el peluche. Llego cantando una torpe canción sobre ese peluche mientras yo le leía un cuento a un zorro de peluche, me vio y me abrazó. Al abrazarme sentí mariposas en el estómago y quise que nunca me soltara, aquel abrazo duro segundos aunque yo sentí como si hubieran sido minutos. Cuando me soltó recordé que debía irme y lloré, le conté lo que pasaba y creí que me abrazaría de nuevo, pero en su lugar me dio ese peluche y dijo que cuando volviera lo buscara porque él me recordaría.

Ahora se que eso era mentira, ¿Quién podría recordar a alguien como yo durante 10 años? Soy fácil de olvidar.

Seguí pensando en este tipo de cosas hasta que me quede dormido.

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