"Que te toquen vivir tiempos interesantes"
Antigua maldición china
A esta historia me tocó escucharla de boca de varias personas, con ligeras variaciones y en diversos momentos. Intentaré rendirles honor reuniendo las características narrativas que me parecen más veraces o útiles literariamente hablando. Lo haré sin caer en el ejercicio periodístico de validar las fuentes, ya que no es mi intención narrar aquí la verdad sino el exponer cómo y qué podría haber ocurrido si lo que me contaron hubiera sido cierto. Dejo al lector la interpretación de los hechos y el juicio de veracidad, que logrará con mejor valía que quien esto escribe.
Ubiquémonos en el Buenos Aires de 1952, momento cumbre peronista, hacia el final del primer gobierno. Una parejita joven, de clase media, hacía pocos meses había tenido un bebé. Ella era ama de casa y él trabajaba en el Ejército como administrativo. Como ella estaba todo el día cuidando el nene y la casa se encontraba descuidada, decidieron contratar a una mujer para que los ayudara. Es decir, emplearon (como comúnmente se llamaba en aquella época a las trabajadoras domésticas) a una mucama, palabra malsonante, anacrónica y cargada de resentimiento. Ella era recién llegada del Interior y no tenía recomendaciones porteñas, pero como era trabajadora, callada y respetuosa se ganó poco a poco la confianza de sus patrones. Unos meses después de que empezó a trabajar en la casa, la pareja estaba rememorando la época de salidas al centro porteño antes de que naciera el nene, cuando caminaban por avenida Corrientes, tal vez iban al teatro, si podían comían en una pizzería, paseaban por la Costanera oliendo el Río, iban a escuchar a alguna orquesta de tango. En fin, el paseo de una parejita joven que no estaba en mala posición económica en aquel principio de la década del 50.
- ¿Y si le decimos a la mucama que nos cuide al nene y hacemos una salida juntos? - preguntó, casi proponiéndolo, el marido.
Ella al principio fue reacia, pero terminó cediendo. Le costaba concebir la idea de separarse de su hijo tan chiquito y desprotegido al cuidado de una advenediza del interior, pero ¿por qué no? Al fin y al cabo iba a ser un paseo breve, de no más de dos o tres horas, para rememorar los tiempos previos a su nuevo rol, para distraerse de la presión de ser padres primerizos. Le dijo entonces que sí a su marido, pero sin abandona rsu inquietud de madre con un niño pequeño.
Le preguntaron a su empleada si podía quedarse unas horas más para que cuidase al nene y le diera de comer hasta que volviesen a su hogar. Le dijeron que no sería más de tres horas, que saldrían para relajarse un poco y no volverían muy tarde. La entonces diigente mujer sonrió de oreja a oreja y respondió inmediatamente que sí, que lo haría con todo el gusto del mundo, que le fascinaría pasar más ratos con el nene. Aliviados, realizaron los dueños de casa los preparativos y saldrían esa misma tardecita de viernes.
A las 18 dejaron a la mucama con el nene, tomaron el colectivo que iba al centro, pasearon un poco, vieron una obra cómica en un teatro cuyo nombre no viene al caso, caminaron hasta el Río tomados de la mano, pararon un taxi y volvieron a su casa relajados y contentos, como si hubiesen vuelto a ser los novios de antaño, olvidando la pesada carga de su hijo.
Alas 20.15 ya estaban en la puerta de la casa. Habían hecho todo relativamente rápido, tardaron menos de lo previsto. Pero lo que siguió, aunque pareció atemporal o vertiginoso dependiendo de la óptica de los protagonistas y sus narradores, tardó solamente diez minutos en ocurrir. El primero en notar algo raro fue el marido, cuando abrió la puerta del hogar al llegar. El living estaba extrañamente iluminado, demasiado iluminado. Entró y detrás suyo lo hizo su mujer. Ella también notó que el tocadiscos pasaba algún tango festivo. Podemos adivinar que tal vez sonara Garufa, por Hugo del Carril (que cinco años antes lahabía cantado en la película La Cumparsita). Ambos se miraron extrañados ante la situación. Luego dirigieron sus miradas para ver llegar a la mucama, que venía desde el comedor y los recibía, literalmente, de punta en blanco: llevaba puesto el vestido de novia de la madre del niño. Aún perplejos, le escucharon decir:
- Pasaron una hermosa velada, ¿no? Esperen, no terminó aún. - y a lo siguiente hay que escuchárselo decir con un indisimulado orgullo – No se queden ahí, pasen. Les tengo preparada una sorpresa. Vengan, siéntense en la mesa que les traigo la deliciosa comida que les preparé. Siéntanse como en su propia casa.
Entre risas nerviosas y con los ojos como dos platos, sin saber cómo reaccionar, pasaron y se sentaron en la mesa del comedor, cada uno en su lugar habitual, mirándose y sin comprender todavía qué era lo que ocurría. Iban a objetarle diciéndole que ya habían comido en el Centro, pero la doméstica pasó a la cocina, vestida de gala, con un rictus neurótico, mezcla de risa y nervios.
Mientras la empleada estaba fuera del comedor, la madre le preguntó en voz baja "¿Sabés de qué locura se trata lo de esta cabecita?" y su marido indicó silenciosamente, levantando los hombros, abriendolos brazos y girando levemente la cabeza de izquierda a derecha, que no tenía idea de nada, que no sabía que era lo que estaba pasando. Después de todo, ¿cómo iba a saberlo? Había salido con su mujer y ambos tenían la misma información. Pasaron no más de dos minutos tensos y silenciosos.
- Sé que esto les va a encantar. No lo probé, pero creo que me salió delicioso. - dijo la mucama mientras volvía con la bandeja de plata entre sus manos y la colocaba atenta y delicadamente en el centro de la mesa.
La ovalada fuente estaba finamente decorada con hojas de lechuga atenta y prolijamente colocadas en la circunferencia de la bandeja de plata, mezclado ordenadamente con rodajas de tomates, algunos champignones y papas al horno. En el medio y puesto finamente sobre este colchón de delicias, desnudo, boca abajo, atado de piernas y brazos, dorado y cocido, estaba dispuesto como si fuera un pequeño lechoncito el pequeño bebé de la familia.
La madre del nene, mirando fijo el hórrido espectáculo de la mesa, se levantó de la silla aterrorizada, caminó hacia atrás y se refugió en un rincón, sin dejar de ver a su hijo muerto y en ese lamentable estado. Sabemos por los diversos testimonios que enloqueció y desde entonces nunca más pronunció palabra alguna. La empleada doméstica sonreía y le caían inexplicables y dementes lágrimas de emoción, tristeza y enajenación. El padre, tal vez presa de locura vengativa, salió corriendo a la pieza, del estante superior del placard tomó la pistola Mauser que le habían dado en el trabajo, volvió al comedor y le vació el cargador en la cabeza a la mucama, que hasta entonces lloraba y reía a la vez, con locura y pasión. El padre partió con rumbo desconocido y nunca más volvió a saberse de él.
Como dije al principio, no sé si ocurrió esto en la realidad o se realizó en la fantasía perversa de varios, pero sí me inclino por la segunda opción como una trágica fábula de dos colectivos enfrentados, que otorgaron a sus pensamientos y a estos hechos que narraron de boca en boca unos simbolismos complejos y contradictorios tal vez sin saberlo. ¿Qué clase de mujer cocinaría a nuestros hijos? ¿Qué tipo de gente despreciaría así a quien le deposita su confianza? ¿Qué habrán querido dar a entender quienes construyeron este relato urbano intrigante, revulsivo, feroz y salvaje? Ni Edgar Allan Poe o Guy de Maupassant podrían haber imaginado tal vez semejante cena sangrienta en una noche de garufa (joda o celebración en lunfardo), pero tampoco quienes la dieron a conocer de boca en boca. "Que te toquevivir tiempos interesantes" reza cierta maldición china. Nunca mejor aplicado a todos los protagonistas involuntarios de esta historia.
Así terminó la carnavalesca noche de garufa para todos.
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Pesadilla de una noche de garufa
HorrorUna pareja decide salir a pasear tras haber sido padres hace poco. Nunca pensaron lo que les traería semejante abandono.
