~01~

16 2 0
                                        


          Eran las diez y media, y ya había terminado de cenar, estaba tumbada en la cama, concretamente la de mi habitación. Esperaba a mi madre para que me llevara a una pequeña discoteca, la única que se podía encontrar en este pueblo, aunque era bastante conocida. No quería vestir ni muy formal, ni muy fiestera; solo llevaba un pantalón negro de pitillo, una camiseta ceñida y unas zapatillas blancas, de esas que se llevan tanto de moda; me las había dejado mi prima porque nunca había entendido muy bien esos estilos, era nueva en eso y me sentía como un bicho raro.

          Me había invitado Jean, y por un día que acudía, no iba a pasar nada; además, quería cambiar un poco esa rutina de estudiar todos los sábados por la noche. Después de todo, ya tenía 16 años, era verano y quería tomarme un descanso, ¿cómo no hacerlo yendo a pasarlo bien con mi amigo?

          Realmente... Hasta ahí me podía quedar, porque no recordaba absolutamente nada de lo que pasó, ni siquiera si llegué a la fiesta, o si volví a casa; tampoco sabía nada de mi amigo Jean. El único problema que había, es que no tenía ni idea de dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado, ni cómo había llegado ahí. Veía todo blanco, no había rastro alguno, apenas podía ver las palmas de mis manos ya que había una niebla muy intensa que no me dejaba ver con claridad. Gritaba, chillaba y voceaba con todas mis fuerzas, con la esperanza de que alguien me respondiera, no obstante, solo escuchaba el eco de mis propios gritos.

          Comencé a agobiarme, así que me senté en el suelo, abrazándome las piernas y, como buena llorica que soy, desahogué todas mis penas en un último grito desesperante y duradero, acompañado de, cómo no, un abundante sollozo que apenas me dejaba respirar, era como tener numerosas manos alrededor del cuello.


 De verdad, ¿alguien podía explicarme dónde me encontraba?


El otro lado.Stories to obsess over. Discover now