El Beso de Ñuñoa

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   No queríamos que nos vieran. Por alguna razón que hasta hoy desconozco, nos sentíamos perseguidos, en la clandestinidad absoluta. En el comienzo de nuestra adolescencia, donde hasta tomarse de la mano era algo especial, nunca nos atrevimos a decirnos nada, nunca hicimos nada fuera de la amistad, pero nuestros ojos brillaban en cada conversación, en cada encuentro casual, en cada silencio.

   Un día, en medio del ocio de las vacaciones de invierno, decidimos escondernos en uno de esos rinconcitos de los que abundan en Ñuñoa: un edificio altísimo donde vivía Luis, un amigo de hace muchos años, al que íbamos a ver prácticamente todos los días. Tan frecuentes eran nuestras visitas, que éramos caras más que conocidas en aquel lugar. Así que, con la excusa de esperar la supuesta llegada de nuestro amigo, pedimos al conserje que nos abriera la azotea para esperarlo ahí, quizás buscando el instante preciso, el lugar indicado, el escondite perfecto.

   Por supuesto nuestro amigo jamás llegaría. Mientras nosotros mentíamos con descaro a aquel anciano lento y amable, Luis se encontraba por esos días fuera de Santiago, en un funeral.

   Subimos las escalas y llegamos a la puertecita que daba al techo del edificio. Desde que cruzamos el umbral, aquella azotea dejó ver la tarde Ñuñoína en toda su magnitud: el sol incandescente al poniente tiñendo de naranjo rojizo las nubes, que se extendían desde el horizonte hacia nosotros; el reflejo amarillo sobre el pavimento de la enorme Irarrázaval, que se perdía entre los edificios hacia el centro; el lejano sonido de los autos, que desde tan alto se escuchaban como un oleaje constante y lejano; y el sol, metiéndose tras los cerros que cerraban el inmenso valle santiaguino hacia el poniente.

   Me senté en una de las sillas que estaban ahí como ruinas de algún viejo verano, para disfrutar mejor de la luminosa postal: de los rectángulos verticales a contraluz, de los pequeños autos circulando por las calles, mientras el viento helado golpeaba mi cara.

   Camila acercó otra silla y se sentó a mi derecha. La sentía tan cerca que me hice un manojo de nervios, sin saber qué hacer, qué conversar, ni qué decirle.

   Nos quedamos en silencio un instante, y percibí su mirada fija en mí, mientras yo intentaba disimular los nervios, que sumados al frío me hacían temblar.

   Sin mayor aviso ni vacilación, su cabeza se acomodó en mi hombro, apegándose más a mí, haciéndome sentir su cercanía tibia. Su frente en mi cuello me removió el estómago, con esa exquisita mezcla de sensaciones, que van y vienen desde los nervios hasta el placer. Despegué mi vista del horizonte para voltear hacia ella. Me acerqué a su pelo y lo besé despacito una y otra y otra vez, sintiendo por accidente su leve aroma adolescente, con esa sensación intensa en el estómago, mientras mi mano acariciaba sus dedos buscando entrelazarse con los suyos.

   Y mientras pegaba mi mejilla a su cabello castaño claro, subió la mirada lentamente y en silencio, para clavarla en mis ojos desde sus verdes pupilas cristalinas que, iluminadas excesivamente por el sol de la tarde, parecían más hermosas que de costumbre.

   Luego fue esa sonrisa un tanto tierna y un tanto traviesa, antes de bajar la mirada y comenzar a acercarse lentamente, hasta que su frente quedó pegada a la mía. Podía sentir el golpeteo intenso del corazón en mi pecho, esa sensación en la boca del estómago tan parecida a la ansiedad, su respiración tan cerca de la mía, lanzando esa brisita que golpeaba mi boca con suavidad. Luego fue la tibieza de su rostro cerca del mío, en un exquisito instante antes de empezar a sentir el tímido rose de sus labios con los míos. Me tocaban la boca como buscando una respuesta, como si a pesar de lo evidente de aquel momento, aún cupiera alguna duda de que yo fuese a corresponderle.

   Lentito cerré los ojos y coloqué mis labios en los suyos. En silencio nos mordimos suavecito, y mientras lo hacíamos, fui extraordinariamente consciente de todo lo que nos rodeaba, como si mi mente quisiera guardar cada detalle de aquel mágico momento: del sonido constante de la ciudad allá abajo; del viento que nos acompañaba con su suave insistencia; y el fulgor del sol que se despedía de Santiago, siendo el mudo testigo de una experiencia que recordaría para siempre.

   Mientras sentía la suavidad de su boca besándome despacio, y la tibieza de su cercanía en medio del frío, recorrí cada instante de nuestra historia: de la primera vez que la vi en la plaza Ñuñoa, con su mirada alegre y simpática; de la noche en que nuestros amigos nos dejaron plantados en el centro, y que aprovechamos para conversar hasta tardísimo en una banca del paseo Bulnes; de la primera vez que visité su casa, aquella tarde soleada después de clases, en que no me cansaba de mirarla con fascinación, mientras me conversaba de lo mal que le estaba yendo en el colegio.

   Y pensando en lo afortunado de ese instante, que pareciera haber existido solo para nosotros, perdí la noción de todo. Fue como si Santiago se hubiese detenido en su bondad, para que nada nos molestase. Ya no escuche nada, ya no pensé nada, ya no vi nada. Solo podía percibir la luz del sol a través de mis ojos cerrados, los latidos del cuerpo, la felicidad, la plenitud de vivir, así hasta la hora en que el sol ya no se dejó ver, y tras los cerros hacia la costa, irradiaba sus últimas y tenues luminosidades, que cada tarde hacen del cielo santiaguino un espectáculo natural simplemente maravilloso

   Luego de eso, bajamos los escalones en silencio, nos despedimos del conserje, y caminamos incansables por las calles de Ñuñoa hasta bien entrada la noche, haciéndonos el cariño que tantas veces nos guardamos por pura vergüenza.

   Libres del pudor y la timidez, las luces de los autos hoy alumbraban a otros, a los que fuimos por ese instante, que emergieron desde la cobardía para respirar esas sensaciones exquisitas que hubiese querido sentir para siempre.

   Hasta Macul con Irarrázaval nos llevaron las piernas aquella vez, a la realidad de aquel paradero en la esquina de su casa. Dejé pasar muchas micros para despedirme. No me importaba nada en ese momento: ni la hora, ni el ruido, ni la gente que nos miraba, algo incómoda, por lo  poco común que es ver a la gente besándose y abrazándose por las calles, aunque eso sea mucho más inofensivo que mucho de lo que ya es costumbre sobre el pavimento santiaguino. Pero la locomoción no pasaba hasta tan tarde, y mi mamá estaría furiosa por la hora.

   Me subí a una máquina que el rojo de un semáforo obligo a detenerse, y aquella luz me dejo mirarla por última vez. Yo la sabía linda, pero ese día era especial: cada detalle de su rostro, de su cuerpo, todo me parecía bien.

   Y crucé el Santiago nocturno de vuelta al centro, mirando con otros ojos las luces que pasaron, los autos que se cruzaron, la gente que caminaba allá afuera, inconsciente de haber vivido una experiencia irrepetible, de haber sentido cosas que no volvería a sentir... nunca más.

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⏰ Last updated: Jun 20, 2017 ⏰

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