Rojo Escarlata

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Esa puerta, justo en el fondo de la habitación.

Lúgubre y penumbrosa al igual que entrada al cementerio. Entreabierta, deja entrar rayos de luz a la permanentemente oscura recamara. Manchada con profundas betas de chorreante apariencia, cual herida recién abierta. Manufacturada con una madera rojo escarlata.

Del otro lado de su inmensa potestad alaridos de dolor y desamparo, que hielan la sangre, se escuchan remanentes.

Envío una señal a mi cuerpo para levantarse, para cazar de lo que se esconde detrás de esa brillantez de inmensa profundidad o bien; para huir de ella. Pero el intento se dirige inminentemente al fracaso. Aprisionado en los barrotes de lo místico, siento fuertes ataduras en mis brazos y piernas.

Mis parpados, inmóviles, permanecen abiertos; observando solemnes las chorreantes marcas escarlata. Impotente me siento ante la idea de que detrás de la puerta habite algo que sepa de mi presencia o peor aún, que ya haya cruzado el umbral.

Siento pesadas y acechantes miradas sobre mí. Miradas de ánimas que, probablemente se escondan dentro de la eterna tiniebla; esperando el momento idóneo para atacar.

De un momento a otro; puntos de luz flotantes, como estrellas del firmamento, aparecen y desaparecen en pares, cual parpadeos. Pero no se mueven, no avanzan hacia su presa ni se alejan, solo se quedan inmóviles observándome con devoción desde las sombras.

Mi ansiedad aumenta al saber que lo que imaginaba, es un hecho:

No estoy solo en esta oscuridad.

El inclemente clima, frio como el hielo, azota mi cuerpo: no como como ente incorpóreo, sino que como si hubiese tomado un látigo y flagelara de a pocos mi piel. Esta se comienza a rajar, dejando a la vista una roja superficie; de punzante dolor que se siente hasta los huesos. Como un clavo en una tabla, se inserta el sufrimiento en mí.

Se escucha un chirrido que choca en las paredes. A velocidad de rayo mis reflejos apartan, contra mi voluntad, mi mirada de los cortes; hacia la escarlata puerta.

Con el rabillo del ojo, logro divisar que son más las estrellas que ahora me acompañan. La entrada a la luz está un poco más abierta...

Lentamente, el espacio entre la luz y las penumbras, se amplía. Veo como una sombra, más oscura que la tiniebla de la noche, hace contraste mientras se asoma desde la brillantez.

Escucho su respirar, lento; pesado e inconstante, hacer eco contra mis oídos.

Mi respiración se acelera; sabiendo lo que ese ente piensa hacer conmigo... o al menos suponiendo el destino más fácil y menos tortuoso:

La muerte.

El aire se ha comenzado a percibir con un pesado, con un fuerte aroma a basura que quema el olfato cada vez que se respira y aturde los sentidos en cada bocanada.

El frio se intensifica y el ardor de los cortes cala cada vez más profundo.

De pronto, todo queda en silencio; las estrellas titilantes han dejado de parpadear y la puerta se ha cerrado, la noche regresa a estar en normalidad.

Afuera de la casa comienza a llover...

En la lejanía se escuchan tres estridentes campanadas que estremecen mis adentros.El viento ha comenzado a soplar, arrullando ferozmente los árboles de la alameda, una leve llovizna comienza a caer sobre mi hogar.

Una centella ilumina mis aposentos.

Visualizo aquella figura que hace poco había invadido la morada: es de cuerpo encorvado, con una grande y majestuosa cornamenta de ciervo, sus ojos; lisos y brillantes como perlas. Está cubierto con un tinte rojo sangre, como el de la puerta.

Al cabo de un rato, el viento cesa, la lluvia se detiene y solo se escucha una pesada; rasposa e inquietante respiración que se acerca conforme pasan los segundos.

Junto a la respiración, se escuchan los pesados y pesados pasos de la inusual figura.

Otro rayo, cae más cerca que el anterior. Logro divisar que la fuerza de pesadilla ya está al lado de mi cama. Intento moverme otra vez para darme a la huida, pero las ataduras siguen firmes en su lugar.

De repente las dos perlas parecen esfumarce, pero el ambiente continúa pesado y la sensación de ser asechado está aún presente.

Pasados unos minutos comienzo a notar como algo se coloca sobre mí. Tratando de huir, forcejeando contra aquello que me ata, logro ver la luz del naciente rayo...

lo veo, escarlata y chorreante, sobre mí. Abre sus ojos, ya no son perlas; son puntos de luz pura.

De nuevo en tinieblas.

-Buenas noches- pronuncia aquello que me custodia.

Mientras comienzo a sentir que me arranca la vida.

Fin.

La PuertaWhere stories live. Discover now