Consejo

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La cabeza me da vueltas. En mis pocos diecisiete años de vida jamás había sufrido una crisis literaria, el famoso bloqueo. Escribir siempre me fue fácil, las palabras fluían y los personajes se desenvolvían en un mundo paralelo sin tener que hacer mucho esfuerzo. Idear, plasmar y publicar eran mi pan de cada día. 

Creo que todo comenzó hace dos semanas, cuando leí por puro morbo una de esas típicas historias donde la empollona—que resulta ser una belleza exótica después de una sesión de maquillaje— llama la atención del tipo musculoso, masculino y lleno de testosterona. 

Todavía cuestiono esa decisión. Pero no les mentiré, me la leí completa. No por su magnífica redacción o riqueza semántica, lo original de los personajes o cualquier otra mierda aburrida. En el fondo de mi corazón esperaba que la empollona mandara para el carajo al estúpido y egocéntrico co-protagonista y se echara un buen polvo con su mejor amigo, el único que la quiso de principio a fin.  

Cosa que no pasó, y yo desperdicié mi tiempo con un poco más de doscientas páginas llenas de vacíos y superficialidad. 

Siguiendo con la problemática, estoy sufriendo del síndrome de abstinencia al no ser capaz de redactar un mísero párrafo. La inspiración se esfumó sin dejar rastro y mi desespero incrementa en demasía. Las manos me pican; necesito superar este estúpido letargo artístico y ponerme a componer historias exquisitas.

—Señorita Smith, ¿me está escuchando?—escucho que me llaman. Alzo la vista, aburrida, y asiento varias veces con desanimo—. En ese caso, la invito a pasar al tablero y contarle a sus compañeros un poco de la historia de Pakistán.

Me levanto ante la mirada de satisfacción de la profesora Murgs. Empiezo a anotar fechas, nombres raros y ubicaciones antiguas mientras veo como poco a poco la satisfacción de mi querida Lucy se transforma en una mueca de fastidio. Y con una destreza oratoria que sólo poseemos las mujeres Smith, comienzo a narrar la historia de aquél pedazo de tierra remontándome hacia los años antes de cristo.

...

—...que fue llamado dinastía Mauria y duró cerca de 180 años— el timbre suena, y los alumnos que anteriormente se encontraban roncando salen de su letargo y corren desesperados hacia el comedor escolar. Con cierta diversión, observo el rostro rojo de furia de la mujer ante mí; sus ojos parecen dos flechas dispuestas a clavarse en mi cerebro y sus labios se fruncen hasta casi desaparecer.

Supongo que eso no entrará en el examen.    

—Ni una palabra. Conozco muy bien tu cínico sentido del humor—farfulla—. Nos vemos en casa, Smith. Recuerda que tu padre llega tarde esta semana.

Al salir del aula dejo escapar un gruñido. Perra, zorra, brincona... la lista de sinónimos era larga cuando se trataba de describir a la indeseada de mi madrastra; una sanguijuela que odié en cuanto puso el primer tacón en la casa. Ella era mi musa para la mayoría de antagonistas que invento, la dueña de la manzana de la discordia y del repelús de los lectores. Sin embargo, es la mujer que mi padre eligió, y nada puedo hacer respecto a eso.

Un gimoteo me devuelve a la realidad. Suspiro, es un llanto que conozco demasiado bien. Entro a un aula diferente, encontrándome al patán de Clark rompiendo las horrendas gafas de Thomas en mil pedazos. El séquito de perros a su alrededor me analizan de pies a cabeza; las chaquetas beisboleras combinan a la perfección con la poca materia gris en sus huecas mentes.

¿De verdad este tipo de imbéciles son los que protagonizan la literatura juvenil? Retengo la arcada de asco que me produce el mero pensamiento.

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⏰ Last updated: Feb 07, 2019 ⏰

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