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Tic-tac, tic-tac, tic-tac...


El sonido de la sentencia que marca mi reloj es casi imperceptible en medio del ruido de la vida.

Por el momento, presencio con menos interés del que esperaba mis últimas horas como estudiante en la academia SALAMDE, mi academia de toda la vida, y los chicos discuten sobre cómo deberían vestir en el hipotético caso de deber viajar a La Luna para competir en la final de una competencia «galaxial» de videojuegos con habitantes del planeta Neptuno.

Luego de unos segundos (que quizá se acumularon en un par de minutos sin que me percatase de ello), Cris se apoya en la mesa y acomoda su cabello simulando una pose sexy e interesante, luego interrumpe la conversación (junto con mis pensamientos) para decir que debemos levantarnos con sigilo e ir con él. Es entonces cuando me percato de algo que debí notar antes: los demás chicos lo observan de una manera que yo ya conozco bastante bien... Era una mirada de complicidad.

De cualquier manera, salimos del patio sin problema, y seguí caminando con Cris sin saber qué había de interesante en la sala de presentaciones, pues al parecer no había nada ni nadie además de nosotros. Santiago y Karl llegaría en poco tiempo, pues no íbamos a salir en manada sin llamar la atención de los docentes en guardia, ¿O sí?

En susurros nos dice 

— No todos los días encuentras que tras la tela de la parte trasera de la tarima, hay una pequeña puerta...

— ¿Eh? —Mi mirada se detiene en sus ojos color avellana, y mi expresión le indica que no tengo idea de qué me está hablando.

Con los ojos abiertos, como si él no hubiese dicho nada, me indica hacer silencio colocando su dedo índice sobre mis labios.

Tic-tac, tic-tac...

Los segundos pasan mientras el silencio se vuelve un poco incómodo. ¿En dónde se han metido estos chamacos? ¿Tan difícil era burlar una vez más los «muro-profesores» que impiden a los estudiantes salir de los patios y la cafetería en el recreo? Antes que alcanzara a formular mi siguiente pregunta, vemos que entran torpemente a la sala.

— Casi nos atrapan —dice Karl, risueño cual niño travieso— Pero aquí estamos.

— ¿Cómo que casi los atrapan? —pregunta Cris mientras hace la típica pose de madre preocupada al ver a su hija regresar de una fiesta en la madrugada 

— La profesora de historia no dejaba de ver la puerta, así que salimos por aparte —explica Leo

— Exacto. Total, nosotros no podemos fingir ser parejita feliz como ustedes dos —se queja Karl

Su respuesta generó una curvatura en los labios de Cristian... Estaba... ¿Sonriendo? ¡Menudo chico!

— Venga ya, lo que importa es que estamos los... los cuatro —dice Karl, mientras revuelve el cabello de Cris y Leo como si de sus hermanos menores se tratase— Es hora de mostrarle a Sofi nuestro descubrimiento.

No fue sino hasta entonces que todo se mostró con más claridad ante mis ojos, y el significado de la frase que había susurrado Cristian minutos atrás se hizo más que evidente.

Literalmente, los chicos habían encontrado una pequeña puerta en la parte trasera de la tarima de la academia. Una puerta, cubierta tan solo con la misma tela que el resto de la altura de la tarima. Una puerta, con pintura desgastada. Una puerta, sola en la oscuridad... Puerta que cambiaba mi aburrimiento por interés...

Dicen por ahí que la curiosidad mató al gato. Yo respondo que hay quienes creen que los gatos tienen siete vidas... Además, yo no soy un gato... aunque sí bastante curiosa. Quizá es por ello que aparecen tantas preguntas volando desordenada y velozmente por mi mente, varias en torno a una sola:

¿Qué podría ocultarse tras esa puerta?

¿Me amas?   Pff, no me mientasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora