El porqué los suicidas se enamoran de los puentes.

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No me dijo que me mataría. Su rostro como una ventana empañada por gemidos en junio. Su risa parecía estar atrapada en alguna emisora. Me dijo que las mariposas, si las ves de cerca son horribles.

No le creí.

Pero creo que pensó que yo me veía más bonita muerta. Sí. Dime, ¿cuántas veces no he muerto? Hemos tocado fondo. Los pecadores se van al infierno. Los criminales a la cárcel. Los médicos a los hospitales. Los borrachos a los bares.
Y los enamorados, ¿dónde vamos?

Nos vamos a la puta.
Con orgullo o sin él.

Siento que millones de voces taponan mi boca. Los meses se arrastran por las paredes, por el piso, por mi pecho. Es como una rutina. Me encanta doler. Me encanta lo terrorífico, fantasmal, abominable. Me encanta que la muerte me mire. Que mire mis bragas y como me llevo el cigarro a la boca y como dejo la fragancia a frutilla cuando parto. Juego con ella al escondite.
Sé que me atrapará.

-El miedo a la muerte es lo que nos mantiene vivos. -me susurro como una estrella fugaz y el olor a invierno y como si la nieve tratase de cubrir la sangre en un campo de guerra en Rusia.

Le miré brava, juguetona, como si hubiese roto el alma del violín del profesor y nadie me sorprendiese en el acto.

-Lo sé, cariño, pero he salido con la muerte tantas veces que creo que se enamoró de mi, ¿me captas?

las veces que me rompíDonde viven las historias. Descúbrelo ahora