Sin final

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CIENCUENTA CENTIMETROS DE SEPARACION

Siete minutos. Veo el reloj en el monitor de la computadora y en lo único que puedo pensar es en salir corriendo.

Este no ha sido un buen día, he estado durmiéndome repetidas veces. Cada vez me resulta más difícil conciliar el sueño y comienzo a divagar, como ahorita.

Apago la computadora y meto todo a la cartera y salgo casi corriendo. Estoy en la tercera planta así que no me entretengo en el elevador, bajo por las escaleras de emergencia, lo hago casi corriendo. Mis pulmones almacenan la mayor cantidad de aire que pueden y al final de las escaleras, logro descansar.

"Oh mierda, lloverá", pienso.

Veo el cielo un poco gris, la brisa malditamente caliente como siempre y es que el clima tropical es siempre el mismo llueva o no.

Sigo desvariando.

Doy dos pasos cuando el chillido de llantas me saca de mi ensimismamiento.

El parachoques de un carro rojo y mi pierna están separados por el universo de 50 centímetros. Por instinto retrocedo un paso y el carro acelera y se marcha dejándome atrás con el corazón bombeando brutalmente que tengo miedo que rompa mis costillas.

Sacudo mi cabeza para ver si de esa manera mis neuronas hacen conexión y sigo caminando hacia mi carro.

"Terminó mi día"

Lo que no sé es que este será el día 1. Aquí empiezan mis encuentros con el carro rojo.

REFLEJO

Sigo soñando despierta, idealizando al amor utópico; ese amor que leo en los libros y que veo en las películas.

¿Es real?

A estas alturas de mi vida, que no es mucha pero si suficiente, me considero una fanática del amor. ¿Me ha ido bien en el amor? ¿Qué significa "bien? No es más que un estado mental en el que caemos los emocionalmente dependientes para permanecer en una fase de auto convencimiento de que todo es una novela de amor.

Sigo desvariando.

Sigo sin dormir.

Cuando salgo de mis pensamientos, sigo sentada en la silla de mi escritorio. Tengo la pantalla frente a mi como amenazándome con un letrero imaginario "sigue trabajando, esclava". Le hago mala cara, solo quiero dormir, lo necesito.

Me doy una palmada mental, cuando se llega la hora de salida. Otro día más superado.

Enciendo el aire acondicionado del carro y le doy "reproducir" a mi lista favorita de Spotify. Suspiro.

Veo la enorme fila para salir del parqueo de mi trabajo y me oscilo entre quedarme en mi puesto o formarme para salir.

"Qué más da", pienso.

Avanzo y me coloco detrás de una camioneta azul, me entretengo viendo los stickers y luego elevo mi vista al retrovisor. Mi corazón da un brinco ridículo en mi pecho, por el reflejo del espejo se descubro al carro rojo que casi me atropelló hace unos días.

Me pongo los lentes oscuros como si eso me hiciera invisible y vuelvo a ver el reflejo.

El carro rojo no está polarizado y eso me permite ver a través de él. Un hombre de unos 30 o 35 años, al que solo se le ve la parte inferior del rostro, maneja el esplendoroso y ahora muy familiar BMW. Su barba es notoria aun a pesar de la distancia, una sonrisa de medio lado se asoma y yo me pongo nerviosa como si supiera q lo estoy viendo.

"Oh mierda", pienso.

Él ya se dio cuenta.

Sonrió tímidamente y me toco el pelo.

"Que estúpida soy, él no puede verme con a esta distancia".

Unos placenteros 15 minutos transcurren, a penas avanzamos y yo no dejo de ver en ningún momento al chico del carro rojo. Sonrió de vez en cuando como una estúpida.

Si, conqueteo con mi espejo retrovisor.

Falta poco para llegar al semáforo y mi mente ya está maquinando miles de pobres y nefastas historias salidas de una novela de E.L James o Stephanie Meyer. Esas historias donde la lógica parece nula, la coincidencia una confabulación del destino que junta a los trágicos amantes. Pero no señores, esta es la vida real, donde estas historias en las que el chico en cuestión se baja del carro y le habla a la chica, simplemente no suceden.

Me rio, sola en el carro.

Color favorito en este momento: rojo. El rojo del semáforo que me da más tiempo de deleitarme con alguien que no conozco y el rojo de su carro.

Color más odiado: verde. El verde que acaba de ponerme de mal humor en este momento. Tengo que avanzar, lo hago lentamente para ver si me sobrepasa y ver de mejor manera su carro o a él. No lo hace, sigue detrás mío todo el tiempo.

Otro semáforo amablemente nos detiene. La sonrisa ladeada del chico me acelera el corazón y vuelvo a imaginarme historias estúpidas.

¿Quién sos?

Verde.

Avanzamos. Yo izquierda y él derecha.

Así termina este día. Así termina el día de encuentros afortunados y coincidencias cósmicas.

Sin embargo no hay nada extraordinario, nada relevante. Así le pongo fin a un breve relato de la vida cotidiana de una romántica.

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⏰ Last updated: May 08, 2017 ⏰

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Breve relato sin finalWhere stories live. Discover now