Prólogo

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La vida castigaba a aquel que codiciaba más de lo que estaba dispuesta a ofrecer.

Bajo las luces crecientes de la ciudad, donde los sonidos de los humanos: pasos, risas, respiraciones y el latidos contante de sus corazones eran un ruido que atronaba en mis oídos con mucho menos fuerza que la voz de mi hermana.

—No sé porque me encuentro aquí en tu escapada del castillo.— el murmuro de Ivyridiana sonó agotada y emocionado, como el tono de un niño que sabiendo que hacía algo malo, aún se emocionaba por ello.

En las manos de mi hermana estaban diversas bolsas de compras con marcas famosas y conocidas. Los diversos tonos se opacaban entre las luces cada vez más tenues del callejón anexo a la calle principal por el que pasábamos.

Sonreí. Era la primera vez en mucho tiempo que ella me acompañaba sola, fuera de la custodia de su marido.

Mi hermana Ivy tenía muchos deberes como reina, pero me gustaba que se tomara este pequeño tiempo para mí, aunque fuera solo para comprarle un detalle al rey por su vigésimo aniversario.

Su matrimonio era relativamente joven, las dos éramos relativamente jóvenes.

Cuarenta años era una edad nueva para un vampiro, una que a ojos de los mayores no era más que una burla a la existencia de los inmortales.

Y mi nombre, todavía más vano, se opacaba ante el de mi hermana: reina de los vampiros, Ivyridiana Arscorth.

Las gemelas entre la nobleza eran un suceso extraño que rara vez sucedía en muchos siglos y generalmente termina en desgracia.

Como depredadores que éramos, nuestro instinto era sobrevivir y luchábamos incluso asesinándonos en el proceso, en el vientre de nuestra madre. En los otros tres, solo uno de los gemelos sobrevivía y se convertía en una leyenda.

El más fuerte, más ágil, más letal. Nuestro rey era uno de los gemelos sobrevivientes: ganó su vida a cambio de la de su hermano.

Mi hermana, de alguna manera, me permitió vivir. En nuestro extraño caso, sobreviví convirtiéndome en la más débil vampiresa de todo el reino y mi hermana en la más fuerte.

Según los rumores que corrían, Ivy me había robado mi energía vital como vampiresa, convirtiendo mi cuerpo en frágil, como una humana. Podía romperme fácilmente.

Perdí mi capacidad de regeneración volviendo a mi hermana capaz de sanar sus heridas más rápido que la media. Yo podía morir como humana y sufrir como una. Por ese mismo motivo, cuando el rey propuso casar a una de nosotras con el príncipe, nuestra madre mandó a Ivy, siendo la más fuerte e idónea.

No había rencor. Mi madre tenía razón y era la opción más lógica. Los vampiros solo respetaban la fuerza, algo que a mí me faltaba.

Adoraba a mi hermana, ella nos protegía y al reino. Los vampiros la necesitaban, pero no tanto como al rey.

Era una buena situación. Una buena vida. Debería estar satisfecha. Feliz y orgullosa de la posición que ostentaba a cuestas de mi hermana. Pero no lo estaba.

Porque estaba enamorada de Lucius Arscorth.

Nuestro rey, mi cuñado.

Por ese motivo, conociendo mis errores prefería estar distante del palacio. No era capaz de controlar mi alocado corazón estando a su lado. Y no necesitaba que se dieran cuenta y que los enemigos políticos de mi hermana y de Lucius lo usaran para chantajearme y orillarme a traicionarlos. La etiqueta de mujer fatal sería el menor de mis problemas si era atrapada por las manos equivocadas.

Lucius estaba prohibido para mí.

A Ivy se le rompería el corazón si lo supiera. Mi hermana llevaba un matrimonio satisfactorio y al parecer, los sentimientos que compartían eran recíprocos.

La reina sustituta (La Guerra Eterna Parte I)Stories to obsess over. Discover now