Cortes

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Dallas y Porter siempre tuvieron un ideal un poco <<diferente>> como decían los demás, aunque ellos siempre prefirieron <<abierto y creativo>>, aunque no les importaba lo más mínimo la opinión de personas que los despreciaban.

Dallas y Porter se querían, y con eso bastaba para enfrentar lo que los demás pensaban. Aunque, en ciertos momentos habían tenido ciertas crisis, pero siempre se apoyaron.

Dallas era más delicado y comprensivo, le encantaba ver a Porter cuando sonreía, cuando dormía, y cuando estaba triste, porque era un momento perfecto para decirle que todo saldría bien, para abrazarlo y expresar todo lo que sentía.

Porter era más cerrado y tímido, le gustaba estar a solas, sin nadie, a menos que fuera Dallas, y ahí era el mejor momento para decirle cuando lo quería, para estrecharlo entre sus brazos y hacerle pensar que nunca estaría solo, que no le importaba lo que dijeran. Aunque en público no fuera así.

Un día cualquiera, estaban sentados en la mesa de la madre de Dallas, una simpática señora, regordeta y amorosa, al igual que su primogénito.
Hablaban, más bien susurraban, sobre la resiente crisis de Porter, era un tema bastante delicado, y por lo consiguiente, Susan Furter, se encontraba en la cocina, sin escuchar absolutamente nada.

—No está bien, ya lo hemos estado hablando, Porter—dice, acariciándole la muñeca delicadamente—. Qué bueno que no pasara a más.

—Dallas, no soy un niño pequeño, ya no más. Sé lo que está bien y lo que está mal, y yo tomo mis propias decisiones.

—Eso me consta, que ya no eres un niño. Pero acordamos que esto lo afrontaríamos juntos, ¿me entiendes?—levanta la barbilla de Porter con su mano libre, como lo hacía su madre—, esto no puede seguir así.

—Es que ya no lo soporto, ya no...—su voz se quebraba con cada palabra que salía de su boca—, esto es un infierno, Dallas

Dallas miró con delicadeza los cuatro finos cortes en la blanca muñeca de Porter, para el también era un infierno.
No poder quererse como tanto deseaban por la homofobia que caminaba en las calles, no poder hacer cosas que les gustaban juntos por las miradas con asco de los demás, no poder besarse ni abrazarse como tanto ansiaban por el maltrato de sus compañeros hacia ellos.

—Pero yo estoy contigo en este infierno.

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