Enfermedad

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Shinsou no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando, de lo que le estaba pasando.

Su tranquilo sueño fue interrumpido por una inmensa y abrumadora necesidad de toser; lo cual lo orillo a sentarse tan rápido como pudo en la obscuridad de su cuarto, mareándose en el proceso agregando un ingrediente más a la sopa de mal sabor que atravesaba su cuerpo como cien espadas incrustándose en su cuerpo.

La tos paro después de lo que pareció una eternidad, dejando una garganta que ardía como el infierno de la cual siquiera su voz podría pasar sin verse afectada, el mareo y el dolor de cabeza también cesaron después de ello, como si fuese una consecuencia en cadena.

Sus ojos cansados ardían tratando de liberar las lágrimas que se habían acumulado copiosas en las esquinas de sus ojos y en medio de la bruma que eran las lágrimas y la obscuridad que era iluminada por una tierna luz planeada otorgada por la luna que se asomaba por su ventana se percató de un pobre y solitario pétalo de lo que parecía un narciso.

Un único pétalo tan pulcro que parecía descendido de la mismísima luna.

Pronto ese único pétalo fue olvidado detrás de sus pensamientos, puesto que su madre adoraba las flores tanto que las plantaba en su jardín con tanta paciencia y devoción. Pero en especial adoraba los Narcisos, no solo por su belleza, si no por su trágico significado al referirse a un amor no correspondido.

Recuerda cuando le enseño a plantarlos; manos llenas de tierra húmeda, semillas en mano, tratando de no regarlas por todo el suelo ya que estas mismas necesitaban su propio espacio su madre le había dicho con amor y ternura digna de una madre: "Shinsou hay que ser cuidadosos, si crece un solo narciso estarás predicando la desgracia, por eso debemos ser metódicos para plantar docenas así podrán traernos alegría y felicidad"

Él todavía era un niño pero estaba maravillado por el conocimiento de su madre.

(Quizá aún lo era)

Abril se abrió paso sin problema, trayendo consigo las flores de Sakura que brotaban por doquier, adornando las calles con sus pétalos, creando alfombras dignas de los mismísimos cuentos de hadas, mundos extravagantes e inimaginables.

Shinsou en silencio admiraba la belleza de las flores.

A pesar de que en esta época del año, como en cada año se había acostumbrado a admirar las flores, este año se había sorprendido a si mismo cuando lo que sus ojos reflejaban no eran las flores, si no unos ojos verdes brillantes, que le recordaban a una rosa verde que alguna vez observo en un viaje. Dicha rosa significaba la esperanza, la juventud y el equilibrio.

Una risa burlona surco sus labios, no había mejor descripción para aquel chico de nombre Izuku Midoriya.

Midoriya tría consigo la esperanza, la resistencia y al mismo tiempo la gentileza plagada de amabilidad.

En un principio lo encontró molesto y tan brillante como si un halo de sol estuviese a su alrededor, tiempo después ese sol fue abrigándolo cálidamente dejándolo sentir como un gato en verano, disfrutando y ronroneando sin darse cuenta.

Cada mirada que era robada por Midoriya tría consigo nuevas revelaciones y fascinaciones, verdades que no le otorgaban una sonrisa verdadera. Logro entenderlo con solo verlo, la forma en que reía, en que el nerviosismo se apoderaba de él y la manera, la manera en que había una mirada diferente para una sola persona.

Ni siquiera la mirada llena de admiración que le dedicaba a All Might era tan brillante y cegadora como lo era cuando miraba a Katsuki Bakugou.

Esa mirada por alguna razón era incomoda de ver, obligándolo a apartar la mirada como si estuviese mirando algo muy íntimo que no debía ser apreciado por los demás, le causaba extraños retortijones en su estómago que le hacían chasquear la lengua incomodidad.

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