Hoy llegó un señor de estatura mediana; muy tatuado, demasiado. Estaba rapado, vestido como cholo. La muchacha que cocina al verlo se puso muy nerviosa, su apariencia le asustaba.
— Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar?
El señor se veía muy cansado, su pecho subía y bajaba y sudaba. Le ofrecí un vaso con agua el cuál aceptó sin pensarlo.
— Está muy fuerte el sol— le dije mientras bebía su agua.
Solamente asintió mientras ponía el vaso en la barra. Ordenó su comida para llevar.
— Así es, vengo del banco, acabo de depositarle el dinero a mi esposa para que se lo dé a mis niños, ya no los veo pero ah como piden los cabrones, con ellos el dinero no alcanza. Ellos viven en Estados Unidos.
La muchacha que cocina sólo sonreía y asentía aún nerviosa.
Esta ciudad en muy pequeña, más que ciudad parece un pueblo; y solo hay dos bancos en este pueblo, ambos están muy lejos así que creo saber más o menos la distancia que recorrió.
— ¿Usted es... — la muchacha que cocina después de empezar la oración dudó en terminarla.
— Si, soy deportado. Hace un mes me sacaron. — respondió sin darle importancia.
Ella ya no sabía qué decir, se sentía un poco entrometida.
— Ay, pero mire oiga, lo bueno es que siguen en comunicación y apoya a su esposa con lo niños.
— Pues si, no hay de otra. Pero ella es muy celosa, últimamente nos peleamos muy seguido. Siempre quiere saber dónde estoy. Creo que la voy a dejar.
— Si... Tal vez sea más sano para los dos.
Dicho esto, ella le dio su comida para lleva, le cobré y él se fue.
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El restaurante de los corazones tristes
Non-FictionHola, me llamo Abigail y desde hace tres meses que trabajo en un pequeño restaurante, no estoy segura si debería de llamarlo restaurante pues es demasiado pequeño, solo cuenta con una cocina y una barra que divide en dos el pequeño negocio donde se...
