Zero

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Mi hermana siempre fue la mejor en todo, no como una genio que descubre la cura contra el cáncer, sino para toda la secundaria, la primaria, básica, guarderia, amigos y nuestros padres. Siempre fue así.

Tocaba la ármonica, el piano y el bajo.

A Jelly en realidad no le importaba lo que nuestros padres pensaran de ella, no le importaba nada, no le importaban sus amigos, y dudo que se importara a sí misma.

Le gustaban las cosas paranormales y que implicaran mucha curiosidad; como extraterrestres, rocas lunares, de esas sagas ridiculamente largas en donde se puede asistir a convenciones detrás del centro comercial o en él mismo. Debo admitir que yo compartía aquellos mismos gustos, con la diferencia de que me inclinaba más hacia los videojuegos.

Era tan imperfecta y a la vez perfecta que llegaba a ser hermoso, a tal punto de parecer lo único que quisieses llegar a monopolizar.

De las dos, ella es quien resalta más, a pesar de que hagamos exactamente las mismas cosas, tengamos las mismas costumbres, los mismos gustos, y hasta la misma cara; Jelly siempre e indudablemente resaltará más.

No hallo la razón del por qué. Puede que me haga preguntarme sí en verdad hago algo mal o la vida es quién tuerce las cosas a su manera egoísta y ambiciosa de obligarnos a ser quien no queremos o arrebatarnos con lo que soñamos.

Jelly y Ellie Rocket. Esas éramos nosotras, dos gemelas hijas del psicólogo y doctor Mark Rocket y la dietista Haruka Shuziku. Las hijas preciadas y perfectas del más querido doctor en el condado de Rittchwood.

Mi padre, un Norteaméricano que se enamoró de una chica japonesa cuatro años menor que él en uno de sus viajes a Japón por su carrera. Para ese entonces mamá tenía diecisiéte años, y papá veintiuno. Salieron por un año hasta que Mark le propuso matrimonio a Haruka y cinco años más tarde llegamos nosotras. Jelly y yo fuimos el rayo de luz para nuestros padres, aquél milagro del que nunca te arrepientes por muy malos ratos que te haga pasar.
A Haruka se le hacía difícil dar a luz, debido a que su óvulo se volvía débil una vez el bebé cumplía las cuatro semanas, cosa que llevó a Haruka a tener tres abortos.

Hasta que, luego de cinco años de intentarlo ardua y desesperadamente, mientras papá trabajaba con una imprenta, ése pequeño, corto y frío martes del veinticiéte de noviembre de milnovesciendos noventa y nueve, el día logramos pasar las cuatro semanas.

Cuando escuché la historia se me hizo que Jelly y yo éramos como las superheroínas de los cómics; por lo que sobrevivimos al nacimiento.

Ahora ya no me parece que seamos tan increíbles. Corrección: Jelly siguió siendo igual de increíble, yo, por otro lado, me volví una adolescente absurdamente normal, perezosa y debastada por los tormentos de mi juventud.

Jelly puede parecer inofensiva, callada y sorprendentemente cool. Pero no la ves cuando se enoja, no la ves cortando sus muzlos o razgando sus brazos con sus propias uñas cada noche. Oh, no, tú no sabes quién es Jelly, sólo sabes lo que ella quiere que sepas.

Puedo soportar que Jelly Rocket sea mi rival en todo lo que haga, pero cuando me enteré de que incluso Samers se moría por ella, las cosas se torcieron desdichadamente, llevandome a mi a hacer lo que jamás habría hecho por amor.

Se equivocan sí creen que le haré algo malo a Jelly por celos, es lo contrario, rezaré porque Jelly no le haga daño a Samers. Sólo yo sé lo que hace Jelly a las personas que se enamoran de ella, sólo yo sé quién es Jelly en realidad. Y eso, es lo único que nos diferencia. No me importaron los trece chicos con los que Jelly a salido y de los que nunca supe de nuevo. Soy igual de culpable que ella, porque nunca hice nada, nunca les advertí de lo que les pasaría luego de un mes junto a ella. Pero sí se trata de Samers, todo cambia. Sí se trata de Samers, no me quedará más remedio que dejar de observar y empezar a jugar éste juego.

Nunca te enamores de un astronauta, menos de Jelly. Oh, pobre Samers.

Astronauta.Where stories live. Discover now