Sophie decide irse de intercambio a Francia luego de la muerte de su hermano, para distanciarse de la habitación vacía que él había dejado América. Su nuevo vecino de habitación, un par de gemelos y dos chicas de personalidades completamente opuest...
El hermano de Sophie era su mejor amigo, su compañero. Él era tres años mayor pero nunca la había tratado como a una pequeña, siempre como a una igual. Peleaban, claro, como cualquier persona que comparte un espacio cerrado para convivir, pero fuera de eso, cualquiera diría que tenían una relación de hermanos cercana.
Él la incluía en sus grupos de amigos, e incluso permitía que saliera a citas con algunos -si él encontraba al chico decente-. No era celoso pero era protector. Era perfecto, ella lo veía perfecto... Y ahora estaba muerto.
"Hey, enana... dile a mamá y papá que llegaré tarde, que no se preocupen".
Esa había sido la última conversación que habían tenido, su última llamada. El siempre había sido cuidadoso de no beber cuando conducía, pero el conductor que lo chocó no lo fue.
Sophie entró en un estado de trance cuando escuchó la noticia. Su cuerpo no reaccionó y se sintió abstraída por un par de días en los que miró el techo de su habitación sin aún procesar lo sucedido. Sin saber cómo, llegó el día del funeral. Cuando vio el cuerpo de su hermano le susurro palabras que solo él habría entendido.
Al regresar a casa reparó en un detalle. Su habitación , que quedaba al final del corredor del segundo piso, era contigua a la de él. Había que atravesar ese espacio vacío, que siempre estaría vacío, si quería llegar a su cuarto. Trató de mantener la compostura, pero pronto no lo soportó y tuvo que correr a su habitación para que el dolor no le oprimiera demasiado el pecho.
Permaneció en su habitación por varios días. No quería salir y encontrarse con... Bueno. Al pasar el tiempo se hizo más difícil permanecer en el cuarto sin el reproche de sus padres. Era normal que tuviera una especie de depresión por el hecho, pero pronto tendrían de tomar medidas. Era su último año antes de entrar a la Universidad, y no había pensado en su futuro, lo que preocupaba a sus padres.
Eventualmente tuvo que salir de su habitación pero cada vez que cruzaba el pasillo se sentía mas angosto, mas angustioso.
- Padre, Madre... - dijo un día en la cena, rozando con la yema de sus dedos una carpeta con formularios -quiero irme a estudiar a Francia. - Ella sabía que pedir a su familia que se separaran de la única hija que les quedaba era demasiado, pero no podía seguir en esa casa mientras no hubiera superado, al menos en parte, la pérdida. También sus padres, al saber el tipo de relación que tenían, comprendían lo doloroso que había sido para ella. Es por esto que accedieron a su petición.
Le gustaba el sonido del francés y había tomado un par de cursos en su instituto, por lo que había decidió ir a París. Además, había encontrado un programa en que reforzaba el francés en el primer semestre universitario por lo que no tenía que aprobar ningún examen excluyente.
Había encontrado información de una pensión para estudiantes, dirigida por una señora inglesa, lo que ayudaba con el idioma. Tenía habitaciones de un tamaño razonable y quedaba a poca distancia de su universidad. En el lugar residían estudiantes de diferentes edades que tenían situaciones similares al intercambio de ella.
Pasaron dos meses antes de que todo estuviera listo, y había fijado la fecha de partida un par de días antes de que comenzara la universidad. Mantenerse ocupada era lo que necesitaba. Tomó un curso de francés de verano y trató de pasar tiempo con sus padres... pero sabía que sería mas feliz cuando se fuera de esa casa. A términos del verano partió.
París era hermoso, pero la gente poco amable en lo que había tratado de conseguir direcciones. Es por eso que se sorprendió cuando la señora de la pensión la recibió cariñosamente. Luego de un pequeño papeleo le señaló la escalera y dijo:
-Por ahora descansa, en la cena conocerás a todos.Tu habitación está al final del corredor del segundo piso.-.
Esa última señalización le estremeció la espina dorsal, pero al ver que los colores y distancias de aquel pasillo eran distintas a las de su casa... Se relajó.
Al llegar a la puerta indicada sintió que la contigua se abría.
-Hola enana.-
Por un momento se le heló la piel. Se dio vuelta.
Junto al umbral de la puerta aledaña un chico, algo mayor que ella, estaba apoyado con una sonrisa de medio lado.
Le había dicho "enana", como le decía su hermano. Su hermano, que medía un metro noventa y cinco y era pálido era muy diferente físicamente a este chico de piel algo bronceada y que medía como mucho, metro ochenta.
Sintió que iba a llorar ante el recuerdo de su apodo... Pero esa no sería una buena impresión para un extraño. Decidió disfrazarlo con rabia, en cambio.
-Disculpa, no tengo tiempo para esto, "gigante".-dijo con ironía y haciendo mueca de comillas con los dedos.- Acabo de llegar de un vuelo de varias horas, y no tengo las fuerzas para hablar con los de tu tipo. - acto seguido cerró de un portazo. Trató como pudo de controlar las lágrimas... No sabía que significaba o siquiera si tenía sentido lo que había dicho, pero era lo primero que se le había ocurrido. No importaba. Lo importante era controlarse. Se trató de concentrar en desempacar lo poco que había llevado consigo en el vuelo (Lo demás llegaría en cajas en unos días).
La habitación tenía un escritorio, una cómoda y una cama. El colchón estaba a la vista y a los pies había un juego de sábanas limpios y una colcha, suficiente para los días aún calurosos. En el escritorio había una hoja con las reglas de la casa. Al lado había una nota cuadrada de papel con algo escrito.
"Bienvenida. -de tu vecino"
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