El canto de las dunas

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Tengo el cerebro frito... He visto a mi madre, me llamaba con la mano, quizás porque la comida estaba lista, pero es imposible que fuese ella. La mujer que acabo de dejar atrás en lo alto de una duna murió hace varios años por la Plaga Roja, asfixiada y esputando la caliza que tragó durante décadas en la mina de hierro.

Al poco la ilusión se derritió como un holograma y seguí adelante con los pies a rastras, horadando surcos delatores en la arena. Ya iban tres espectros: mi madre, el primo Otto con la cabeza abierta tras el accidente y Bigotes, el gato esquelético que encontré en el Llano y no conseguí esconder más de dos días. Al final terminó en la olla pese a no tener más carne que una lagartija disecada. Sabía que eran alucinaciones, espejismos malintencionados de aquel desierto baldío, pero habría dado cualquier cosa porque fuesen reales y tener un poco de compañía tras un mes de angustiosa soledad.

Seis días atrás se agotó la gasolina del GIP. Los litros con los que me pertreché no dieron más de sí y las garrafas acabaron tan secas como mi garganta, por lo que abandoné el vehículo para seguir a pie. Lo eché de menos hasta que se terminó el agua y tuve problemas más importantes en los que pensar. De eso hacía dos días. Todavía no había encontrado líquido que llevarme a la boca y a esas alturas tenía los labios tan cortantes como desfiladeros, la piel arrugada como un pellejo secado al sol y el cerebro tan recalentado como los posos de una sopa. Si no encontraba agua en las próximas horas, moriría.

Intentar cruzar el desierto en aquellas condiciones era una locura. Salí tan aprisa que ni siquiera me dio lugar de aprovisionarme porque tuve que elegir entre una muerte segura o una muerte probable en apenas unos segundos. La segunda opción me pareció más justa, por eso ahora vagaba entre dunas, perdida en la vasta inmensidad de aquel territorio yermo. Esas tierras llevaban siglos muertas, abrasadas por un sol vengativo que pretendía carbonizar los pecados de los hombres y con ellos al resto de criaturas que alguna vez las habitaron. Todavía quedaban vestigios de tiempos mejores, cuando el agua corría entre árboles y el verde predominaba sobre la ceniza, pero resumidos a lechos pedregosos y cáscaras enraizadas en la arena que despuntaban ramas secas al cielo, a la espera de que cayese un poco de agua.

Agua. Habría dado mi alma por una sola gota. El aire caliente era tan denso que tenía personalidad propia. Lo imaginaba como un ente maligno, ardiente, cuya presencia tórrida era capaz de atravesar mi chilaba y el turbante con el que me protegía la cara. Poco ayudaba la tela sucia, amarilleada por el polvo, pues garras de fuego tostaban mi piel como si fuera un trozo de carne sobre brasas. El suelo que pisaba, recalentado durante siglos, era una parrilla gigantesca que enterraba mis pies llenos de ampollas a cada paso que daba.

Arena, dunas y espejismos componían la dinámica de aquella tumba gigantesca.

Mi ánimo y mi confianza empezaban a flaquear. El mito que perseguía se derretía junto con mis esperanzas. Sabía que los mares se habían secado hacía mucho tiempo pero algunos decían que en cierto lugar, hacia el este, el horizonte se despeña en un acantilado cuyos pies se sumergían en agua. Quizás fuese solo un mito, leyendas de soñadores que anhelaban un mundo verde que nunca habían conocido, ni conocerán jamás. Ese sueño era mi única esperanza de sobrevivir pues no podía volver. Me condenaron porque en mi tribu amar al hombre equivocado era el peor de los delitos. Delito que yo había cometido.

Miré atrás con la mano sobre los ojos. Seguir mi rastro habría sido fácil hasta para un bebé. Ni el viento se atrevía a cruzar el páramo candente por lo que los surcos de mis pies permanecerían impresos en la arena durante décadas. Al menos no divisé amenaza alguna, más que el espejismo que distorsionaba el paisaje y mi cerebro reseco confundía con algún oasis. Lo cierto es que el horizonte hervía como una balsa de aceite en la que me cocía poco a poco.

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