Sabía que moriría pronto. Las heridas infringidas eran demasiado profundas y poco a poco empezaba a perder el sentido de la vista. Únicamente podía sentir lo fría que podía resultarle su propia sangre, con un contraste enorme al cuerpo que le cubría del frío de la nieve y de la sombra del fin de su propia existencia. La herida en el abdomen del demonio provocada por la espada divina de un ángel estaba acortándole el tiempo.
—Mefistófeles. —suspiró el demonio de negros ojos, ya ciegos. —Es tiempo que me dejes ir.
—Yo no permitiré eso. Buscaré al ángel y lo mataré con mis propias manos. Si es posible, puedo ofrecerte su sangre para recuperarte.
—Ya es tarde para eso. —sentenció, hundiéndose aún más en aquellos brazos que amaba. — buscaré una forma de encontrarte, lo prometo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —inquirió Mefistófeles, observándole con angustia.
El demonio dirigió el rostro hacia el origen de la voz de Mefistófeles con una sonrisa de medio lado. Acarició los largos cabellos rubios mientras suspiraba cada vez más superficialmente.
—Siempre tengo a alguien que haga el trabajo por mí.
*
Abrió los ojos abruptamente. La mirada marrón se paseó por toda la habitación. El techo de madera seguía igual, las paredes blanquecinas y la ventana que mostraba un paisaje nevado del exterior.
Se incorporó, para luego llevarse la mano a la sien. Desde que empezó a tener ese tipo de sueños extraños despertaba con un terrible dolor de cabeza.
—¡Yuuri! ¡El desayuno está listo, baja por favor! —escuchó a lo lejos la voz de su madre, Hiroko Katsuki, llamándole desde el comedor.
—¡Voy! —respondió inmediatamente el muchacho, incorporándose, para colocarse rápidamente las zapatillas.
—Buenos días, Mari. —susurró el chico dando un beso a una fotografía de una chica de cabellos coloreados de color rubio y una sonrisa amplia que se encontraba en su mesa de noche.
Yuuri continuó su rutina diaria, ya ignorando a un par de ojos rubíes que le observaban desde el interior del clóset, siempre atentos a cada acción del moreno.
Yuuri Katsuki era un joven de diecisiete años, aparentemente normal. Con su madre, padre y su hermano menor Ryu, de un año de edad. Su hermana Mari había fallecido diez años atrás, bajo circunstancias desconocidas. Su padre nunca le explicó la causa de la muerte de su hermana mayor, inclusive se negó a que alguien más que él viera el cuerpo de Mari.
Yuuri se consideraba un ser aburrido. Sin embargo, lo que lo hacía "diferente" y para mala suerte del chico, "excluido"; eran las terribles sombras que le perseguían de día y de noche desde los seis años, sin ningún otro recuerdo de su infancia además de aquel tipo de acoso sobrenatural.
A los siete años de edad, el pequeño cometió el terrible error de mencionarle a sus compañeros de escuela las visiones que tenía, causando terror y repudio entre los niños.
Su padre, únicamente sonreía mientras lo tomaba en brazos, únicamente diciendo " Te contaremos todo a su debido tiempo". Yuuri ya se había cansado de aquella gastada excusa, únicamente tratando de convivir con aquellas inquietantes presencias.
Katsuki suspiró, antes de dirigirse al comedor de su hogar, donde su familia le esperaba.
La madre, siempre sonriente, le acercó el plato con el desayuno, mientras alimentaba al pequeño Ryu con un biberón.
El padre de los hermanos Katsuki, Toshiya, bebía tranquilamente una taza de té hasta que advirtió la presencia de su hijo.
—Yuuri. Te estaba esperando. ¿Crees que el desayuno pueda esperar un momento? —inquirió sonriendo el hombre, levantándose de la silla.
Yuuri lo observó con desconfianza, sin embargo, asintió. El hombre sonrió aún más, dirigiéndose a la parte posterior del hogar, seguido por Yuuri.
—Hijo, ¿Aún te preguntas por qué sigues viendo esas sombras? —inició él, colocándose las manos en los bolsillos.
—He decidido ignorar el hecho de que no quieres decirme el motivo. Además de otras cosas que jamás quieres compartir con nosotros. —respondió jocoso el chico, haciendo alusión a Mari.
—Creo que ya eres lo suficientemente maduro para entender algunas cosas. —respondió, ignorando el reproche de su hijo.
El hombre se acercó a una puerta cerca del ático, la cual era prohibida para el resto de la familia, excepto para Toshiya y un grupo de hombres que llegaban cada viernes. Abrió la puerta lentamente, dejando ver una escalera que se dirigía a una especie de sótano.
Yuuri siguió a su padre adentrándose en aquella misteriosa oscuridad, antes de perderse en una negrura inquietante.
Inesperadamente, la habitación se iluminó, mostrando un pequeño altar con una figurilla demoníaca color negro justo en el centro, rodeada de velas gastadas y uno que otro signo indescifrable en el suelo y las paredes, hechas de lo que para Yuuri le pareció sangre. Arrugó la frente, todo aquello era tan desconocido.
—Mi pequeño Yuuri, ¿conoces el culto a Belial?
Continuará
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¡Hola! * ('ノ・ω・`)ノ・
Es un gusto que hayas llegado hasta aquí. Es mi primer fanfic en casi 7 años de no escribir nada, y que mejor forma de volver a escribir que con algo de Yuri on Ice. He de decir que este fanfic lo publiqué antes, pero decidí eliminarlo y editarlo puesto que no me gustó el primer resultado. Está basado en un escrito original que publiqué hace un par de años pero no sé porqué no lo continué. Espero que les haya llamado la atención y espero que este capítulo chiquitín haya introducido un poco a este fanfic con mucho drama (MUCHO), y un toque sobrenatural. Así que, de nuevo gracias, y bienvenid@.
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Take me to the Church [Terminado]
Fanfiction"Yuuri no tenía recuerdos antes de los seis años. Lo único presente en su vida fueron sombras acechándolo tanto de día como de noche; así como la soledad y el rechazo. A los dieciséis, se convierte en el heredero del sumo sacerdote de un culto dedic...
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