Si pasa, que estás en medio de una tormenta, en medio de un puto huracán, en medio de un desastre. Y lo sabes, pero no lo sabes. Estás entre esos dos lados de destrucción y dolor, en ese hueco vacío de emociones, de sentimientos, de responsabilidades. Tienes 17 años. A unos meses de ser mayor de edad. A unos meses de que te arroye esa otra mitad, esa otra parte del huracán. Todo gira. Rápido. Todo te confunde. Tu vida se esta desmoronando y tu no sabes que esta pasando. Todo lo sientes superfluo. Todo huele a humo, a sudor y a sueños casi huérfanos. Estás en medio de un divorcio, Estás en la etapa media del cancer. Estás a 1 minuto de que exploten las palomitas. Y sientes el calor, hueles a la tormenta que viene, sientes la edad fluir en todo tu cuerpo. Sientes un poco de ansiedad, pero no lo suficiente como para pararte de tu cama y ponerte a hacer algo. Sientes el calor del cigarro casi tocando tu mano. Pero todavía no tienes ganas de apagarlo. Son las tres de la mañana y aunque sabes que tienes que pararte al día siguiente a las cinco y media no estás lo suficientemente cansado como para irte a dormir. Estas a una cerveza de perder la conciencia. Sientes la presencia del alcohol en tu cuerpo pero no adviertes que en solo unos tragos tomara control de todo. Y entonces pasa. Te caes. Sientes el duro golpe del piso en tu cara. Te das cuenta de las gotas de sudor que escurren por todo tu cuerpo. Notas que te falta cabello, que te falta aire. Que te falta salud. No puedes respirar. Dejas de estar en otoño y el frío invierno baja la temperatura de todo tu cuerpo. El carro que estaba perdido en la noche te atropella y justo en ese momento te das cuenta. Te das cuenta de que ya es tarde. Te das cuenta de que ya estas ebrio, te das cuenta de que otra vez estas en el puto huracán. No te puedes levantar. No puedes gritar, nadie te escucha. No puedes hacer absolutamente nada. Dejas que te arrolle, que te destruya. Que destruya lo poco que habías podido construir en esos meses de cielos sin lluvia. Te acuerdas, que aunque no sentías a la tormenta siempre fuiste capaz de oler la humedad, de ver las nubes. No perdiste nunca los síntomas, incluso cuando el dolor no estaba ahí completamente. Te ríes en medio de todo ese aire, esa agua. Dejas que te ahogué, que te viole y que te limpie. Sientes cada gota, en tu garganta, en tus ojos. No puedes ver nada, no puedes oír nada. Hasta que de repente para. Te avienta a la superficie. Estas inmóvil en el suelo todavía húmedo, con los huesos rotos ¿Y el alma? ¿Y el corazón? Quien sabe. Se lo ha llevado la tormenta. Probablemente sigue dentro del huracán. ¿Y tu? Te estas desangrando. Tienes que hacer algo porque estas muriendo. Sabes que tu débil cuerpo no soportaría volver a entrar a ese huracán a reclamar lo que te ha sido robado. Necesitarías el corazón que te arrebataron para poder convencerte de lo contrario. Y una parte de ti si quiere tu corazón de vuelta, pero quieres salvarte. Quieres sobrevivir. Así que con todas tus fuerzas te levantas. Volteas a ver el huracán que ya se aleja. Sabes que si corres puedes alcanzarlo. Así que antes de pensarlo más empiezas a correr. Corres. Corres. Corres. Carajo, vuelas. y después de lo que parece un maratón sin fin, llegas. Llegas a ese punto en donde el huracán ya no se puede ver. No tuviste que voltear para comprobarlo, sigues corriendo, con la espalda al huracán, corres corres, no dejas de correr. Pero el suelo esta seco, y ya no hay nubes. Sigues corriendo, y aunque nunca volteas, lo sabes. Estas a salvo. Estás lejos. Y con un paraguas. Ahora si puedes decir que ha pasado lo peor. Y aunque sigue habiendo un vacío en tu pecho, la herida ya ha cicatrizado. Algún día regresarás por el corazón que abandonaste. Un día que haya mucho sol y no estés cansado.
