Doncella Blanca

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Solo un poeta sabe el dulce sabor del tabaco matando sus años de vida, solo él conoce el placer de la nicotina activando cada remota parte de su cerebro. Entre libros de literatura y filosofía yacen sueños rotos de aquel que para ojos inexpertos es un iluso, sentimental y perdedor; pero que para colegas y sabios lectores es un gran erudito. ¿Que mirada vales mas?. ¿La de tristes genios o la de dichosos estúpidos?. 

El sentía en su mano caer la ceniza quemando su muerta piel, sabía que tenía lago importante que hacer esa noche, luego de unas docenas de libros escritos, cientos de párrafos, miles de palabras y millones de ideas, sabía que era hora de su gran cita.

Ella era hermosa, pura como el mas dulce despertar y tan calma como la brisa salada del mar, lo esperaba sentada en el bar "Dulce Esperanza", dos calles mas abajo del lugar donde habitaba el gran poeta, ella conocía bien sus secretos, era la primera vez que se verían pero también la última, la cita mas esperada de todo hombre es aquella que sabe que no se repetirá, no porque no quiera, sino porque aparte de hermosa ella era cruel.

Sabía perfectamente que un corazón roto escribe mejor, porque la tinta que usa es su propia sangre derramada, pero en sus ojos podía verse que esos viejos amores ya no importaban, el estaría sentado con ella, con la que todos fantasean pero también suelen tenerle miedo, tan hermosa, cruel y parecida al amor que un triste poeta nunca podría describirla como se merece, de hecho, nadie puede. 

Se vistió de gala como lo suponía la ocasión y bajo las escaleras con un dolor en el estomago propio de esos amores que nos hacen esperar, sabiendo ver las huellas que dejaba atrás caminaba exhorto bajo la luz de las farolas con una sonrisa en su rostro, tan fuerte y poderosa esa sonrisa, que jamás tendría una igual. Llegó al bar de poca monta y pidió dos de los tragos mas fuertes, pasó toda la noche contado historias y comentándole mientras se sonrojaba, también producto del alcohol, cuanto había fantaseado con ella. Luego del tiempo justo, prudente y pautado sintió que debía irse con ella, para eso fueron a su habitación del solitario departamento alquilado. 

Llegaron y ambos se desvistieron, ella le regaló un hermoso collar color trigo que le había anudado finamente para él alrededor de su cuello, acaricio sus cabellos dejando entrar aire por la ventana que daba a la calle, de los ojos del poeta brotaron algunas lagrimas de felicidad y angustia, sonriendo se dieron un beso para que al instante él se durmieran, en un sueño de amor que posiblemente los diarios de la mañana hablen sobre lo hermoso y triste que fue.

Rayos de lunaWhere stories live. Discover now