La última pieza

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Capítulo I - Mentiras

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Capítulo I - Mentiras.  

El dolor que padecía le hacía darse cuenta de que aún seguía estando consciente, lo que era un verdadero calvario para su ser. Había probado en los últimos cinco minutos a cambiar la posición de sus brazos entrelazándolos, separándolos, dejándolos caer a cada lado de su cuerpo, y ni con todo ello

había logrado deshacerse en ningún momento del dolor flagelante que azotaba cada centímetro de su ser, pues con este constante martirio era imposible olvidarse de dónde estaba y el motivo que le había incitado a citarse en un lugar tan desagradable como aquel recinto estrictamente vigilado con cámaras de seguridad de última generación, colocadas en todas direcciones y con multitud de agentes de la ley posicionados delante de las amplias puertas abatibles, vigilando el constante trajín de carros metálicos empujados de un lado para otro por asistentes vestidos con uniformes blancos, en cuyo único bolsillo colocado en la parte superior izquierda, a la altura del pecho, se podía apreciar la tarjeta identificativa del individuo. A Evelyn le sorprendió que una empresa pública como aquella tuviese tantos recursos económicos, pero por otro lado tampoco quería darle vueltas al asunto, por lo que dejó de pensar en ello, intentando olvidarse por un momento de todo y de todos, incluso de ella misma.

Parecía casi imposible no perder el juicio, pero debía intentar hacer todo cuanto estuviera en sus manos para alcanzar, aunque fuese de manera momentánea, un ligero estado de paz que le permitiera tomarse un respiro. Para poder lograrlo cerró los ojos, tomó aire y se mantuvo quieta durante una milésima de segundo; fue un estado llevadero, agradable, pero breve, demasiado breve; la conocida voz de un hombre entrado en años le hizo volver en sí misma y la ansiedad recayó de nuevo sobre todo su ser, ahogándola de nuevo en la más absoluta y depravada desesperación.

- Evy. ¿Por qué estamos aquí?

La voz de su padre la alertó. Notó su fatiga y su dolor incluso con el uso de aquellas cuatro palabras.

- Por Adalin, papá. Hemos venido por ella.

Su padre asintió con la cabeza, como si la idea de oír el nombre de su hija mayor fuese un bálsamo de alivio en su penitente dolor.

- ¿Hemos venido por su trabajo? Ya sabes que ella es muy reservada con respecto a su vida personal, no creo que estar aquí sea la mejor de las ideas.

Evelyn, que en aquellos momentos tanto le costaba respirar, tuvo que realizar un abismal esfuerzo para poder articular todas y cada una de las palabras que a continuación siguieron a la pregunta de su padre.

- No papá. No hemos venido exactamente por el trabajo de Adalin. Estamos aquí...

Sus palabras dejaron de oírse por el sonoro golpe de una puerta abriéndose. No estaba segura de si su padre la había oído, esperaba que sí, pues no se sentía lo suficientemente motivada como para repetirlo, pero fue un alivio para ella no tener que seguir hablando de algo tan desagradable como aquello. Simplemente quería quedarse allí sentada, callada, sumida en un estado letárgico esperando a que todo aquello se acabase de una vez por todas, en un abrir y cerrar de ojos. Lamentablemente ese deseo no se haría realidad, al menos no durante un largo periodo de tiempo, por lo que necesitaba mantener la mente ocupada en algo, lo que fuera no importaba el que, solamente sabía que necesitaba estar abstraída para no tener que pensar en la muerte de su hermana.

De inmediato le vino a la cabeza la de idea de que si la situación se hubiera dado de manera distinta, si en lugar de Adalin fuese ella misma la que estuviese ocupando una plaza en el interior de una cámara frigorífica en una morgue estatal, su hermana mayor habría sabido encajar mejor el duro golpe, habría sabido resolver el problema con papá diciéndole lo que de verdad necesitaba oír, al fin y al cabo ella nunca habría dejado que las emociones la atormentasen de aquella manera.

La última pieza.¡Lee esta historia GRATIS!