Al cerrar los ojos podía verla. Estaba sentada en el porche de casa, meciéndose hacia adelante y hacia atrás en la vieja mecedora de su abuela. Lee algo, no lo podía distinguir desde allí. Estaba sólo a dos pasos pero ella no me veía. Nunca me ha visto. ¿Fue ella la que me hizo esto o fui yo el que la cagó? Lo único que podía asegurar es que ella no estaba allí conmigo, y que yo sin ella no quería vivir. La imagen se alejó de mi mente a una velocidad vertiginosa y se fundió con la siempre presente oscuridad de mi corazón.
Abrí los ojos y estaba en mi coche. Conducía a treinta por hora por un camino de tierra. Ya no recordaba a dónde iba. ¿Pero acaso importaba eso ya? ¿Importaban mis actos a partir de aquel momento? Sin ella no tenía a nadie, ¿Qué se suponía que debía suceder?
Frené encima de las vías del tren. En veinte minutos pasaba el siguiente. Me quedaban veinte minutos de vida. Encendí la radio y empezó a sonar alguna canción rock de los setenta. La conocía pero no le di importancia al nombre. Simplemente volví a cerrar los ojos y la contemplé por última vez, haciéndome a la idea de, no solo no volver a pensar en ella, sino no volver a pensar en nada ni en nadie. Me dormí y esperé al traqueteo del tren.
Me despertó un ruido insoportable. La música se había desvanecido con el sol. No sabía la hora que era pero todo estaba oscuro. Todo menos la única luz que se acercaba a mí con una rapidez nunca vista. Dicen que cuando estás a punto de morir todo va más lento, pero para mí todo iba más rápido. Me encogí en el asiento del conductor sin saber qué hacer entonces. ¿Sonreía, lloraba, gritaba...? No era importante. Solo... me limitaría a morir, a escapar del sufrimiento.
La luz estaba a metros, después a centímetros y luego a milímetros. En un último instante de adrenalina grité. No de rabia, alegría o tristeza... solo grité sin importarme ni una pizca el por qué. Pero la luz no me empujó a la muerte. La luz me envolvió y se posó con delicadeza sobre la carrocería. El sonido fue disminuyendo. Aquello no era un tren. No sabía qué era, pero no un tren. Y yo no estaba muerto. ¿O sí? Fue entonces cuando escuché por primera vez aquella voz. No era una voz humana, era diferente. Pero no terrorífica. Era tranquilizadora y alentadora:
-Tú... Tú eres diferente. ¿Qué eres?
Yo solo conseguía balbucear cosas sin sentido. Me había quedado mudo. De repente no había coche. Estaba yo, de pié y flotando al mismo tiempo. Estaba sólo y me sentía acompañado. Esa voz me hacía compañía.
-Bueno, hablaremos cuándo estés preparado –continuó-. Ya tengo ganas...
En un último momento me pareció apreciar una figura, una silueta de algo que me agarró del brazo. La luz se fue apagando y todo volvía a estar oscuro. Yo seguía en mi coche, sentado y sudando. No había tren ni luz ni ruido. Solo yo y mi radio. Estaba desconcertado y un poco mareado. No entendía nada. ¿Había sido un sueño? Era tan real... Me dolía el brazo bajo la cazadora. La chaqueta estaba quemada y bajo la chamuscada tela, mi piel también. Aquello había ocurrido de verdad.
Busqué a ciegas las llaves del Ford y las metí en el contacto. Al arrancar me deleité con el ruido del motor del Mustang. A lo lejos se oía el sonido del tren, del verdadero tren. Lentamente fui pisando el acelerador hasta salir completamente de las vías. El semáforo del ferrocarril se puso rojo y comenzó a sonar. Vi pasar los vagones a través del retrovisor. Ya no necesitaba morir. Aquello había pasado por algo. Estaba claro que seguía vivo y, aun sin ser religioso lo tomé como una señal. Una señal de que algo iba mal pero que aquella no era forma de solucionarlo. Iba a averiguar qué había pasado. Porque lo necesitaba, pero sobretodo porque quería. Desde que me dejó Clarice no había querido nada que no terminase con mi muerte. Pero ahora era diferente. Sentía necesario permanecer en esta vida y saber qué era lo que me había salvado.
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Starman
Science FictionHomenaje en forma de relato a David Bowie, uno de los mejores cantantes de rock de la historia.
