Capítulo 1

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En una tierra lejana apartada de grandes civilizaciones, rodeada de grandes bosques y un lago cristalino que delimitaba las fronteras de esta hermosa y desconocida tierra había una pequeña aldea dónde, por lo general, nunca pasaba nada fuera de lo normal.
Por las mañanas bien temprano, sus gentes despertaban y comenzaban con sus labores día tras día.
El lechero repartía los cántaros a todas las familias que lo requerían. La conseguía comprandóla en la antugua granja que se encontraba cerca del bosque que rodeaba la aldea.
En esta granja se criaban vacas y otros animales.
Además del lechero, cada mañana también emprendía camino a cumplir sus funciones el herrero, que salía al amanecer hacía la fragua dónde pasaba el resto del día hasta el atardecer. Allí fabricaba desde herraduras para los caballos de la aldea hasta pequeñas herramientas. Nunca había fabricado armas, en su pequeña aldea nunca habían sido necesarias.
Pero esta historia no trata sobre todos los habitantes de esta maravillosa y tranquila aldea situada lejos, en una tierra lejana rodeada de un hermoso bosque y delimitada por un lago. No, esta historia empieza, es más, al anochecer de un día cualquiera en invierno y cuenta la historia de una persona, que en principio, no iba a tener mayor relevancia que el lechero o el herrero.
Esta historia comienza con una impresionante nevada, a eso del atardecer, ya casi anochecer, en una de las casas más humildes de esta idílica aldea.
Un grito desgarrador perturbó por completo la tranquilidad de esa preciosa tarde invernal.
Cerca de un antiguo abeto, había una casita blanca con un tejado varias veces reparado y algo endeble, pero aún resistente. Cercada con una valla de madera oscura, tenía un pequeño huerto dónde había toda clase de verduras plantadas. Tambíen, pegada a la valla de madera oscura había una pequeña caseta llena de herramientas que habían sido compradas al herrero y que habían sido usadas, más de una vez para arreglar el viejo tejado.
Dentro de la casa vivía una feliz pareja con sus dos perros pastores. Entonces, la pareja había tenido una cantidad considerable de cabezas de ganado, pero dado el acontecimiento que iba a acontecer habían decidido venderlas todas.
Dicho acontecimiento vino por sorpresa esa misma noche ya descrita de invierno.
Ese día se había desatado una gran tormenta que había cubierto de blanco el paisaje. Al atardecer solo caían unos cuantos copos de nieve, suficientes para mantener a las familias dentro de sus casa pero no tantos como para no poder caminar por las calles.
Como decía esa noche un espantoso grito rompió la tranquilidad de la pequeña aldea.
El hombre de la pareja corría por los pasillos de la casita blanca cargado con jarras de agua caliente, mantas y toallas. El grito no había sido otra cosa que el aviso de su joven esposa de que estaba a punto de dar a luz.
El momento que llevaban años esperando por fin iba a llegar, ¡ Iban a ser padres! Por fin podrían legarle sus pertenencias a un heredero, sangre de su sangre, podrían transmitir sus conocimientos a alguien que les tendría como referente.
Él estaba nervioso, más nervioso de lo que había estado jamás en su vida, más incluso que cuando recibió su primera tanda de ganado siendo él un adolescente recién independizado.
La noche era fría pero, dadas las circunstancias, bastante agradable, aunque también frénetica.
No hacía demasiado que la joven pareja se había unido en matrimonio, ya que habían decidido vivir sin esa atadura durante un tiempo antes de unirse para siempre.
Entonces, el matrimonio solo significaba que pasarías unido a la persona escogida hasta que el último pedazo de tu alma desapareciese, no había divorcios, aunque tampoco había un Dios que todo lo regentaba y decidía. Cada uno era libre de creer en el Dios que más le convenciese. En ese sentido era una cultura muy liberal.
El caso, que me disperso de la historia que nos atañe...
La joven esposa iba a dar a luz y se encontraba en la acogedora bhuardilla de la casita blanca, rodeada de mantas y sacos de serrín que usarían tras el parto para limpiar la sangre. Pas mujeres daban a luz en las casas y eran los hombres los encargados de aprender junto a mujeres ya curtidas en varios partos como ayudar a la esposa.
Los nervios le pasaban una mala jugada ya que al llegar junto a su mujer sintió nauseas y un cosquilleo que le recorría las piernas y le llegaba a las palmas de las manos. Se iba a desmayar lo más seguro, nunca estuvo hecho para atender a enfermos y mucho menos a parturientas, el cuerpo humano le repugnaba en estos casos. Pero no podía permitirse perder la consciencia, era su deber en ese momento atender con la cabeza fría a su esposa, y debía hacerlo perfecto, ya que llevaba meses aprendiendo junto a la "partera" ( así llamaban a las instructoras).
La joven muchacha no dejaba de resoplar y llorar, agarraba las mantas con una fuerza fuera de lo común y estaba empezando a ponerse del color de las fresas...
No me voy a extender demasiado en como fue el parto. Dada la época podría haber ido muy mal, pero esta vez, y contra todo pronostico, siendo un parto invernal y bajo la tormenta todo salió bien, más que bien, aquel preciso instante en que la calma volvió a la aldea, todo había salido perfecto.
El chico miraba a su mujer con los ojos llenos de lágrimas y ella le devolvía la mirada aún jadeante por los esfuerzos.
Ambos entre lágrimas, rodeados de mantas, sábanas y sus dos perros pastores, que miraban a ambos con expresión orgullosa, miraban a su vez su pequeñísima creación.
Un bebé. Su bebé.
Era una niña, una pequeña muñequita de la que sentían un profundo cariño irracional incluso antes de haberla visto.
Una niña maravillosa, perfecta.
Esa niña que a partir de ahora sería toda su vida, la dueña desde ese momento de todo cuanto les aconteciese fue otorgada con el nombre que marcará un antes y un después en esta historia.

Noira.

Vida incompletaWhere stories live. Discover now