Una tormenta de nieve acogía la ciudad entera, las agrietadas calles se habían tornado de un distintivo color blanco respaldado por pequeños destellos cristalinos. Dada la poca iluminación de aquella noche, la luz natural de un humilde satélite galáctico se tornaba en la protagonista de la ocasión al regalarle a las calles un brillo tan fino como glorioso. Pareciera ser la mejor noche del año, no solo por aquél acontecimiento magistral, sino por el hecho de poder dormir bajo techo después de meses de intolerable sufrimiento.
El viento agitaba la puerta de manera incesante aunque derrochaba cierta sutileza. De alguna manera, parecía que aquellas ráfagas habían sido testigos de todo el tormento que había experimentado. Ellas se apiadaban de mí.
El fuego se alimentaba de aquella leña que alguna vez conformo parte del tronco de un árbol imponente ante los ojos de quien se atreviese a contemplarlo con el alma en la mano. Dicha fuente de calor y yo compartíamos una misma situación, ambos moríamos segundo a segundo pero, a diferencia de ella, yo no había ayudado a nadie.
Desperté con una mano sobre un libro de King mientras que la otra sujetaba una botella de Johnnie Walker. El supuesto calor otorgado por aquél alcohol añejo me había ayudado a sobrellevar una noche más a pesar de la jaqueca que me había ocasionado, mientras que las sabias palabras de aquél individuo encantado por aterrorizar a sus lectores me ayudaban a reconocer el hecho de que los monstruos sí existen, viven dentro de nosotros y en ocasiones ellos ganan.
Los recuerdos de una antigua vida pasada de mucho tiempo atrás me amedrentaron toda la noche.
La incesante tormenta había logrado descender mi temperatura corporal hasta cierto extremo en el que mi tez atezada cogía un característico tono amarillento. Si me mantenía inmóvil el tiempo suficiente y alguien irrumpía en la cabaña bien podría pasar por un cuerpo en descomposición.
Mis evocaciones, por otro lado, me consumían por dentro. Una bizarra batalla de sensaciones era lo que mantenía mi cuerpo en un estado neutro y con mi cerebro lo suficientemente ocupado como para pensar en una muerte precipitada.
La nevada había ocasionado que más de medio metro de nieve obstaculizara el paso del otro lado de la puerta, lo que dificulto mí salida torpemente. Soy un tipo de poca paciencia, así que en lugar de ser consistente e intentar salir por la puerta impulsando la nieve en dirección contraria decidí salir por la ventana. Caí de manera tan ridícula e hilarante que pudo haber hecho reír hasta al sujeto más indiferente, inclusive al clima mismo pero éste se encontraba demasiado ocupado inutilizando los vehículos de aquellos con prisa. La madre naturaleza ha sido una perra desde que tengo uso de memoria.
Aquél aparentaba ser un terreno hostil y atemorizante, ni una sola alma se reflejaba, por un momento la idea de ser el único ser en el planeta me invadió.
Un bosque de coníferas resguardaba dicha locación, miles de árboles alineados de manera casi perfecta pretendían ser guardianes de aquél lugar, lo protegían de alguien o de algo.
No sabía por dónde comenzar, era una nueva vida, tal vez una anterior, o quizá por algún motivo incierto sería una vida futura.
Hasta cierto punto mi memoria era estable y leal. Ella ha sido la única que, a pesar de sus múltiples alevosías y argucias, ha permanecido a mi lado, aunque no de una manera necesariamente alentadora o conveniente. No recordaba el hecho de haber estado en ese sitio con anterioridad, aunque de alguna manera sensaciones de comodidad y nostalgia me inundaron durante unos segundos.
Metros y metros de casasa orillas de una vieja avenida congelada era lo que conformaba la ciudad, o almenos eso creí al principio, y por alguna razón yo habitaba la única cabaña enmiles de kilómetros a la redonda. Era curioso ya que todas las casas tenían unatonalidad estúpidamente similar al igual que su diseño. Ladrillos rojizos conalgunos detalles poco perceptibles en las ventanas.
Diminutosrayos de sol comenzaron a apoderarse del paisaje. Con aquél rojizo acogedordaba la sensación de ser una locación abrigadora, sin la voluntad de herir aninguno de sus habitantes y lo suficientemente protectora de tal manera que había aprendido a ser despiadadacon aquellos de malas intenciones.
Unavez que se aclaró mi vista, mis ojosmarrones pudieron visualizar una costa abandonada, motivo lógico ya que conaquella nevada solo un desequilibrado mental sería capaz de visitar tal lugar.Quizá yo era más estúpido de lo que creía.
Dichacosta estaba conformada, en su totalidad, por un tipo de arena granulada. Eraposible su visualización a pesar de la nieve sobrepuesta. Una clase de océanogrisáceo ayudaba a mantener en equilibrio el sitio. La marea llegaba a talpunto de elevación que en ese momento comencé a dudar de la fortuna de loshabitantes del núcleo urbano a mis espaldas, puesto que con una simple anomalíamarítima se pondría en riesgo la estabilidad de dicha metrópoli.
Piedrasdel tamaño de un anillo de compromiso daban cierto aspecto rustico a tal lugar.A pesar de ser una cantidad minúscula, el contraste era suficiente pararesaltar a metros de distancia y de una manera sobresaliente.
Toméuna vara de madera, que había sido halada por el mar desde el otro lado del mundo, y comencé a cavar. Ansiabaencontrar nada. Por algún motivo me cautivaba el hecho de hacer cosas sinpropósito alguno.
Algo me dice que realmente estoy luciendo como un estúpido, aunque meparece divertido —pensé, mientras quea lo lejos divise una pequeña señal de vida por el rabillo del ojo.
Untipo de aproximadamente 1.80 de estatura rondaba la zona. Se veía bastantecalmo a la distancia. Pareciera estar buscando un lugar a donde ir queestuviera más allá del enorme charco situado a unos pocos metros de nuestroalcance. Vestía un singular chaquetón devorado por pelusas, lo que le daba unaspecto de desgaste a pesar de haber sido adquirido apenas hace un par demeses. Unos jeans rasgados, pero no lo suficiente como para permitir la entradade aire gélido. Y unas botas prácticamente nuevas, con un diseño trillado y unaimagen de una mujer desnuda sobre una antigua Harley. Probablemente la únicamujer que le ha sonreído en su vida.
Pasadosunos minutos de su minuciosa visualización hacia el horizonte, y habiéndosedado cuenta que el único lugar al que podía ir era no más allá de un simpáticokiosco en una moderada isla ligada a la playa gracias a un puente de roble, eltipo se aproximó a mí. Se percibía su curiosidad inclusive estando a metros. Seacercaba usando de pretexto una roca que improvisadamente comenzó a patear.
— ¿Te gustan las rosquillas? —preguntó con ciertaemoción en su voz.
¿Qué carajo me preguntó este tipo? —pensé, mientras mantenía mimirada y mis manos en el desorden de arena que había hecho.
—Ehh...¿Hola? —respondí. El «hola» más incómodo demi vida.
—¿Te gustan? Yo amo las de chocolate. Las glaseadas saben bien aunque laconsistencia es un poco desagradable, al menos para mí.
¿Este tipo realmente me está hablando derosquillas? —pensé. Me encontraba confundido y fascinado hasta ciertopunto. ¿Por qué yo no podía hacer eso? Aproximarme a quien sea que aparente serbuena compañía e iniciar una conversación con un argumento cualquiera,inclusive sin sentido.
—Losé —decidí contribuir con su muy peculiar conversación—. Pero en lo personal megustan más cuando solo tienen azúcar encima, es la gloria para mi paladar.
—¡Cierto!—se exaltó de tal manera que me provocó soltar la vara de madera con la cualescarbaba. Se mostró más feliz por el hecho de que haber obtenido respuesta demi parte que por el hecho de continuar su simpática charla sobre rosquillas.
De un momento a otro la miradade aquél simpático personaje se perdió en la fusión entre arena y nieve. Demanera inesperada la idea de deleitarse con dicho dulce frito cubierto de algúningrediente azucarado cambió por una expresión distante e indiferente.
Enun segundo comencé a cuestionarme lo ocurrido. ¿Aquella conversación enrealidad había sucedido o quizá sólo fue producto de mi hiperactiva forma derazonar?
—¿Estásbien? —pregunté con la esperanza de continuar con la conversación deinsignificantes rosquillas, pero no hubo respuesta.
Será mejor que comience a alejarme —pensé.
Lacosta empezó a distanciarse de mí. Un rastro en la arena de pies ligeros y unhumilde boquete eran simples rastros de mi presencia en aquél sitio, pero nodurarían mucho.
Por alguna razón sin explicación alguna me sentí familiarizado con dichasituación bizarra e incómoda. Todo era temerario y me provocó cierta sensaciónde temor a volver a encontrarme con tal persona.
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Relaciones del Mundo Salvaje
Mystery / ThrillerA pesar de que una bizarra vida posterior respaldaba su memoria, Clayton no era capaz de recordarla y el hecho de tener cierta afición a los estupefacientes no le favorecía en lo absoluto. Sin embargo, ahora tenía un problema mayor; un asesino iba t...
