Las calles estaban vacías.
Una ciudad entera muerta, ya no dormida, sino muerta, apartamentos vacios, locales cerrados.
Aquella ciudad nunca había estado viva. Nunca lo estaría. Y los pocos que vivían allí lo sabían.
Eran cincuenta y ocho, cincuenta y ocho los apartamentos ocupados en un mar de edificios que se extendía más allá de lo que alcanzaba la vista. Eran naufragos en tierra.
Eran espectros, dando vueltas los unos cerca de los otros, siempre cerca, nunca cara a cara. Las luces de los apartamentos eran balizas en la noche.
Todos querían que los otros vinieran.
Ninguno se atrevía a ir.
